Sin previo aviso, Julius toma mi rostro entre sus manos con cierta ternura, me mira con firmeza y niega.
—¡Jamás!—me asegura sin apartar la mirada de mí. El calor de sus labios roza los míos, es como un aroma embriagante que me invita a probarlo, pero un leve sonido me obliga regresar a la realidad. Parece el sonido de una puerta al ser cerrada.
Me aparto ligeramente de Julius y trato de observar mi entorno, no hay nadie, al menos no aquí, sino que más bien parece provenir de un pasillo, que no dudo lleve a alguna otra parte de la iglesia, quizás las oficinas.
—¿Que fue eso?—me atrevo a preguntarle a Julius, a diferencia de mí, él no parece estar nervioso. ¿Acaso vino con alguien más?
—Es el sacerdote—asegura, pero no me parece normal, él no suele estar aquí tan tarde, de hecho nadie.
—¿Por qué esta aquí?—insisto. Lo único que puedo pensar, es que tal vez pidió que abriera la iglesia para nosotros, para que pudiéramos hablar sin que nadie nos interrumpiera y claro, sin ponernos en peligro por estar juntos.
—Yo le pedí que viniera—dice mientras busca algo en el bolsillo de su chaqueta. Segundos después saca una pequeña caja de terciopelo rojo y la extiende hacia mí.
—¿Que es eso?—digo con voz nerviosa, no sé lo que es, pero intuyo algo malo, algo que nunca debería ocurrir.
—No hay más tiempo, Romy— dice mientras se inclina sobre su rodilla y abre aquella cajita. En el interior se encuentra dos argollas doradas, una delgada y con una línea de pequeños diamantes incrustados alrededor y la otra un poco más gruesa y con ligeros detalles diminutos en las orillas.
—No, Julius, no podemos. Nos matarían—le recuerdo, alla afuera las cosas están muy mal, hacer esto ahora sería demasiado riesgoso para los dos— mi padre nunca lo aceptará.
—Él no tiene por qué saberlo ahora— dice mientras se levanta de aquella posición que le resta movilidad—ni el tuyo ni el mío.
—¿Entonces de que serviría casarnos ahora?—impugno confundida.
—Guardemos el secreto hasta que todo se tranquilice. Mientras tanto convenceré a mi padre que puedo hacerme cargo del negocio, pondré de excusa la muerte de Leonardo y cuando él me ceda su lugar, hablaré con tu padre. Le diremos la verdad juntos.
—¿Que esperas que suceda? ¿Que mi padre te acepte porque te casaste con su hija en secreto?—protesto, mientras doy un paso hacia atrás y me doy vuelta hacia una imagen de la Madonna.
Inevitablemente, escucho los pasos de Julius aproximarse, toca mi hombro e instintivamente giro en su dirección.
—Le ofreceré algo que no podrá rechazar—dice tratando de animarme, pero dudo de él y en sus palabras. ¿Esto podría traernos realmente la paz?
—¿Que podrías darle para que aceptara esta locura?
—El poder de los Carusso. Las armas, las rutas comerciales, todo. Te lo daré a ti.
—¿Y que te hace cree que no te va a traicionar?—insisto
—Porque sé perfectamente que tú nunca me traicionarías—afirma y por un momento dudo en sus palabras.
Entonces me pregunto que haría mi padre con tal ofrecimiento. Obtendría todo el poder y control de Verona. ¿Quien se opondría a él?
Las ideas y pensamientos que se cruzan por mi cabeza me asustan, puesto que temo por la vida de Julius, con mi padre controlándolo todo, Julius sería solo un estorbo y mi padre aprovecharía cualquier oportunidad para asesinarlo sin importar si es o no mi esposo, únicamente para deshacerse de los cabos sueltos. Julius es demasiado ingenuo como para creer que mi padre se quedara con los brazos cruzados y estará conforme con lo que hemos hecho.
Eso es lo que pienso, pero, por otro lado, no quiero ignorar esta parte de Julius que desea la paz, yo también la deseo, pero no quiero que mi padre sacrifique su vida para lograrlo. ¿Que puedo hacer? ¿Como puedo proteger a Julius?
—¿Acaso no es verdad?—dice Julius interrumpiendo mis pensamientos— ¿Me traicionarías?
—Por favor, Julius. Me ofendes, sabes bien que jamás lo haría. Nunca te traicionaría, sobre todo viendo todo lo que quieres sacrificar por el bien de Verona. Simplemente no podría.
—Entonces casate conmigo—insiste, toma mi mano izquierda para después, tomar el anillo más delgado y deslizarlo sobre mi dedo anular.
Antes de que pueda responder, el sacerdote de la basílica se hace presente. No lo conozco, pero cuando nos ve en ese lugar, parece reconocernos a los dos.
Lleva puesto una sonata, más no la de color negra, que se supone es la más común, sino que es blanca, la que se utiliza para la realización de una misa o una ceremonia.
—Así que es cierto—expresa mientras mira Julius con cierto desconcierto.
—Así es padre—le responde Julius con firmeza y por como nos ha mirado y como acaba de pronunciar aquellas palabras, me parece que Julius le ha contado todo, quienes somos y quizás porque estamos aquí— quiero casarme con ella.
El hombre hace una señal con la mano para que nos aproximemos, así que Julius no duda y yo le sigo el paso mientras me lleva de la mano.
—¿Están seguros de que desean hacer esto?—cuestiona el padre, quien parece estar algo nervioso— porque no habrá marcha atrás, el sacramento del matrimonio no es algo que pueda disolverse. Será para toda su vida
—Por supuesto—dice Julius, pero enseguida el sacerdote me mira a mí esperando mi respuesta.
En ese instante medito todo lo que ha acontecido hasta este momento, lo que he pasado junto a Julius y también la guerra de mi familia contra la suya. Tengo miedo por lo apresurado de la situación, pero algo me dice que no tengo otra opción, ademas de que el simple hecho de pensar que estaré casada con Julius hace a mi corazón brincar de emoción. ¿Realmente estoy tan enamorada de él como para realizar esta locura?
—Si—digo quizás no para el sacerdote, sino para convencerme de que estamos haciendo lo correcto.
Entonces el hombre toma un libro del altar, veo varias partes, quizás un sermón previamente escrito para una boda común, pero supongo que debido a las circunstancias, salta aquella parte para leer el rito de la celebración del matrimonio.
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Editado: 06.04.2026