Leo Quintana
Cinco años atrás, desde aquel mismo acantilado, el castillo de Valrose se alzaba visible a la distancia, dominando el horizonte del reino de Rosvannia. Ahora no quedaba nada. El antiguo reino yacía sumido en un silencio perpetuo, cubierto por una neblina espesa que nunca se disipaba. En Acanthia se conocía la razón de aquella niebla. O al menos, eso se decía. Rosvannia era conocido por sus cultivos de rosas aromáticas y cuevas ricas en minerales preciosos. Simbolizaba la diplomacia, belleza y poder. Ahora no se sabe con certeza si sigue luciendo así, nadie puede entrar ni salir a su antojó, es una prisión y un castigo, para aquellos que viven en ese lugar. En cuánto Acanthia, el lugar donde él había nacido, es conocido por sus imponentes montañas en forma de picos, lagos hermosos y sus minas subterráneas antiguas. Además de cultivar las flores Bear 's Breech y ser una cultura basada en el equilibrio, introspección y sabiduría.
Él tras ver ese barranco que le traía recuerdos, lo dejó atrás caminando y apreciando ahora aquella institución a la que asistirá, por primera vez. La Academia Espina de Oro se erguía como un vestigio de otra era. Antigua, solemne e inquebrantable. Fundada siglos atrás por Louis Valrose, del reino de Rosvannia, y Elián Chryséon, del reino de Acanthia. Había sido concebida como símbolo de amistad entre ambos reinos. Con el paso del tiempo, ese símbolo se había transformado en privilegio. Solo hombres de linaje adinerado y mente excepcional podían cruzar sus puertas. Y aun entre ellos, únicamente los más destacados, que cursan el segundo año en adelante—elegidos por el rey y el hechicero—, tendrían el acceso al antiguo reino de Rosvannia, hoy conocido como el reino Niebla. Él había ingresado allí buscando respuestas sobre ambos reinos y aquello que el tiempo se había empeñado en ocultar, tan sumido estaba en sus pensamientos cuando escuchó el tañido de una campana, haciéndolo regresar al presente en un instante, porque era momento de ir a su ceremonia de bienvenida.
En el gran salón se encontraban nuevos estudiantes, jóvenes de distintos reinos, todos reunidos bajo las altas bóvedas de piedra. Una orquesta abrió el acto y, tras el último acorde, el director de la academia apareció en el escenario, dándonos la bienvenida con una sonrisa y sin más preámbulos, mencionando acerca de una historia sobre una maldición, que atormenta a ambos reinos. Preguntó quiénes la conocían, algunas manos se alzaron y otras permanecieron inmóviles. El director los tranquilizó y anunció a un alumno excepcional, que relataría la historia completa, Mateo Kyros, subió al escenario con un libro antiguo entre las manos y comenzó a leer.
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Hace mucho tiempo, en el reino de Rosvannia, gobernaba allí una princesa llamada Rubí Valrose. Su nombre era conocido más allá de las fronteras del reino. Se decía que su cabello ardía como el fuego y que sus ojos reflejaban el color del cielo antes de la tormenta. Ella amaba a su pueblo, y el pueblo la veneraba. Príncipes de tierras lejanas deseaban su mano, y las cortes la nombraban la más hermosa de su tiempo, pero el corazón de la princesa no estaba dispuesto a obedecer la voluntad del trono.
El rey, temiendo por el futuro del reino, decidió unirla en matrimonio con un príncipe extranjero. El destino fue sellado y la boda fue anunciada, aunque la ceremonia nunca fue concluida.
El fuego descendió sobre la iglesia. Las llamas consumieron los muros, los altares y a quienes se encontraban dentro. El prometido cayó, así como el rey y la reina de Rosvannia. El príncipe del reino de Acanthia, testigo del crimen, fue silenciado para siempre. La princesa intentó huir, pero fue alcanzada antes de abandonar el reino. El juicio fue inmediato y el castigo, ejemplar. Rubí fue decapitada. Su cabeza fue alzada ante el pueblo como advertencia y recuerdo.
Pasaron los años, Rosvannia y Acanthia continuaron celebrando el día en que sus reinos habían sido unidos por la amistad. En una de esas celebraciones, un hechicero encapuchado apareció entre la multitud. Su ira no conocía medida. Con su voz, selló una maldición sobre ambos reinos.
Desde entonces, cada princesa nacida con cabello y ojos rojos, marcada en la espalda con una rosa carmesí única de su creación, estaría destinada al sacrificio. En el décimo aniversario de su nacimiento, durante una luna sangrienta, sería entregada a la bestia. Si la princesa moría, los reinos recibirían una flor capaz de otorgar protección y salud. Si no, ambos reinos perecerían lentamente, devorados por la maldición y por la bestia.
Así ocurrió, generación tras generación. Hasta que, en una noche de luna sangrienta, una princesa conocida como Suri, escapó de su destino y sin dejar rastro. Desde entonces, Rosvannia quedó cubierta por la niebla como castigo y la bestia aún sigue buscando a aquella princesa que debía ser sacrificada.
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Cuando aquel joven terminó de leer la última frase, la luz se extinguió y todo el salón quedó sumido en la oscuridad absoluta. Leo no podía distinguir nada a su alrededor. El aire se volvió denso, cargado de una presencia invisible, y algo atrapó con fuerza alrededor de sus piernas, sujetándolo al suelo e impidiéndole moverse. Empezó a extenderse por todo el salón una luz roja, tiñendo las paredes y las columnas como si la sangre misma se hubiera despertado. Sobre el escenario apareció un humo blanco y de ahí emergió un hombre encapuchado con cuernos. Su cuerpo estaba cubierto por una túnica negra y encajes con forma de rosas, entrelazados con ramas espinosas que parecían surgir de su propia carne. Su rostro permanecía oculto bajo la sombra de la capucha, pero sus ojos rojos brillaban con una intensidad antinatural, clavándose en cada rincón del salón.
Un estudiante que se encontraba junto a Leo, rompió el silencio con un grito desesperado, forcejeando para liberarse de aquello que lo retenía. Las sombras ascendieron por todo su cuerpo, atraparon sus brazos y le cubrieron la boca. El sonido se apagó de golpe, como si nunca hubiera existido. El hombre encapuchado comenzó a aplaudir, y el eco de sus palmas resonó en el salón.