Leo
El director tomó la palabra con visible nerviosismo e intentó tranquilizar a los estudiantes, asegurando que la aparición del hechicero no representaba peligro. Les explicó que la bestia se manifestaría y que todos tendrían la oportunidad de verlo. Para protegernos, se nos entregaría un pétalo de la rosa, cuya eficacia fue puesta en duda por uno de los alumnos. Sin responderle, el director se hizo un corte en la mano y demostró cómo el pétalo sanaba la herida al instante, probando así su poder. Finalmente, nos ordenó dirigirnos al comedor para celebrar nuestro inicio de clases con un gran banquete y en compañía de todos los estudiantes de la academía.
El gran comedor rebosaba de voces y movimiento. Estudiantes de todos los grados ocupaban sus lugares. Cuando Leo se acercó a la mesa, uno de sus amigos, Alan lo recibió con preguntas ansiosas.
—¿ Por qué tardaron tanto? y ¿Qué tal estuvo la ceremonia?
Leo relató lo ocurrido. Las miradas de asombro no tardaron en aparecer.
—Ahora ese tipo debe creerse especial —dijo Alan con desprecio—. El hechicero estuvo cerca de él. Lo odio.
—¿A quién? —preguntó Leo.
—A Kyros, aquel joven que tiene una corbata con líneas rojas —respondió Alan, señalándole con la mirada.
Leo miró en aquella dirección que señalaba Alan y lo reconoció de inmediato, era aquel joven que estaba en el escenario y leyó aquella historia. Él estaba caminando a cierta distancia y se sentó. Parecía tranquilo, aunque Leo notó que sus piernas temblaban levemente. Él se colocó unos guantes de plástico sobre otros guantes, algo que no tenía demasiado sentido.
—¿Por qué lo odias? —preguntó Leo mirando a Alan.
—Porque se cree superior e inteligente y es el elegido para ir al reino Niebla—rio sarcásticamente.
— Una cosa que te falto agregar, es raro. ¿Quién come con guantes de doctor? –dijo otro.
—Tiene a todos los profesores en la palma de su mano y siempre está leyendo —añadió otro más—. A veces parece que habla solo. Si lo saludas, te ignora. Y ni se te ocurra tocarlo, Montiel te parte la cara.
—Lo bueno es que Montiel está suspendido —dijo Alan entre risas.
Cuando llegó el momento de servirse la comida, Leo tomó su bandeja y regresó a la mesa. Estaba a pocos pasos de llegar a su mesa cuando alguien chocó contra él haciendo que toda la comida que llevaba en la bandeja cayera.
—¡Ohhh! —exclamaron varios.
—Lo siento —dijo una voz, sobándose la cabeza.
La comida cayó sobre un estudiante sentado ... .Mateo.
Él se levantó cubierto de restos de comida y fijó la mirada en Leo.
—¡Perdón! —dijo Leo, agachándose para recoger lo que había caído al suelo —. Fue un accidente.
De repente, sintió algo frío y húmedo caerle sobre la cabeza. Al alzar la vista, Mateo le estaba vaciando un jugo de naranja encima.
—¿Qué demonios te pasa? —exclamó Leo—. Te dije que lo sentía.
—¿De verdad creíste que un “lo siento” lo solucionaba todo? —respondió Mateo con una sonrisa cargada de ironía y alzando una ceja—. Además, necesitas refrescarte un poco la cabeza.
Se miraron fijamente hasta que una voz los interrumpió.
—A la oficina. Ambos.
En la dirección, cada uno explicó su versión. Los testigos confirmaron que el choque había sido un accidente. Mateo se disculpó por el malentendido y Leo aceptó, el director dio el asunto por terminado y le pidió a Leo que se retirara.
Más tarde, Leo fue al dormitorio. Necesitaba desempacar, bañarse y prepararse para las clases de mañana. El cuarto dondé se quedaría era acogedor, grande y ordenado, vio el lado de su compañero y se preguntaba cómo sería él. Tras bañarse y cambiarse, escuchó la puerta abrirse lentamente.
—Ah, debes ser mi… —giró su cabeza para verlo y se sorprendió.
Era Mateo.
—¿Qué haces en mi cuarto Quintana? —exigió Mateo.
—Nuestro cuarto Kyros —respondió Leo—. Soy tu nuevo compañero.
—Imposible. Este cuarto es de Igor y mío. Yo pagué por él.
—Supongo que no fue suficiente.
Le dedicó una sonrisa, Mateo masculló algo y salió del cuarto.
—De todas las personas… —Leo suspiró rodeando los ojos.
Una alarma resonó en la academia.
Esta noche aparecerá la bestia. Lleven siempre el pétalo con ustedes.
Quienes deseen verlo, diríjanse al tejado.
Leo no dudó y fue con mucha curiosidad al tejado.
La noche cayó sobre la academia. Desde el tejado, los estudiantes observaban el horizonte. Una silueta colosal emergió a lo lejos entre la niebla y se escuchó un rugido que cortó el aire, no duró mucho. Al poco tiempo, la bestia se perdió entre la neblina y todos regresaron a sus dormitorios, algunos estaban asombrados y otros con miedo.
En el momento que Leo entró al cuarto estaba a oscuras y había un olor desagradable que flotaba en el aire. Leo se tapó la nariz, encendió la lámpara y abrió la ventana. Vio a Mateo y su dosel de cama estaba cerrado.
<<¿Cómo puede dormir con este olor…?>> – pensó y después apagó la lámpara.
Al día siguiente Leo despertó demasiado tarde y llegó a clases cuando la primera hora ya había terminado, logrando incorporarse justo a tiempo para la segunda. Al sentarse, notó un asiento vacío junto a la ventana y se enteró de que pertenecía a Mateo, lo que le resultó inesperado al descubrir que también compartían aula.
Durante el descanso, un compañero presumió una fotografía de la bestia, en la que se apreciaba su tamaño descomunal, sus ojos rojos, colmillos afilados, ramas por todo su cuerpo y un pelaje de colores irregulares que la hacían parecer una criatura antinatural. En medio de la conversación, Leo mencionó que se hospedaba en la habitación 101 junto a Mateo, lo que provocó reacciones de sorpresa y advertencias. Le contaron que aquel cuarto estaba marcado por sucesos extraños desde hacía cinco años: objetos que se movían solos, olores desagradables, susurros, mensajes amenazantes en las paredes y la presencia de ojos rojos en la oscuridad. Aunque Leo admitió haber notado un olor extraño la noche anterior, aseguró que, hasta el momento, nada más había ocurrido.