Mateo Kyros
Él cerró la puerta con seguro. Dejó escapar un suspiro largo, como si con él pudiera desprenderse de la tensión acumulada durante el día.
—Bueno… ya me quité una preocupación menos —murmuró.
Se desvistió y luego retiró con cuidado las vendas que oprimían su pecho. Todo aquello quedó a un lado antes de ponerse el pijama y dejarse caer sobre la cama. La comodidad fue inmediata.
—Qué cansancio… disfrazarse y fingir ser hombre agota —dijo en voz baja, mirando el techo.
Cerca de la cama, comenzó a brillar una luz roja, tenue pero viva. Desde ese resplandor surgió una voz de una niña pequeña suave, cargada de inquietud.
—Suri, ¿Crees que es buena idea dejarlo compartir el cuarto contigo? ¿Y si te descubre?
Suri cerró los ojos por un instante antes de responder.
—No pasará —dijo con seguridad contenida—. Si hubiera seguido sola en este cuarto, tarde o temprano habrían sospechado o se habrían quejado como siempre. Ya estoy cansada de eso.
Otras luces rojas tenues aparecieron alrededor de Suri.
—¿Estás segura de que no quieres que lo espantemos? —dijo otra luz roja.
—Si, estoy segura. No hay de qué preocuparse. Además —continuó —, quién imaginaría que una mujer… o mejor dicho, que la princesa destinada al sacrificio estaría en esta escuela
Abrió los ojos y dejó escapar una risa breve, amarga.
—Fingiendo ser un hombre.
El dormitorio quedó en silencio unas horas después de escuchar entrar a su compañero, Suri se acomodó bajo las mantas, consciente de que al amanecer tendría que volver a su acto como siempre y ser otra vez Mateo.
El sueño descendió sobre Suri como un velo antiguo. La oscuridad no era completa. Ardía en ella una luz rojiza, palpitante, y en medio de ese resplandor apareció la figura encapuchada que apareció en la ceremonia. No caminó: simplemente estaba ahí, como si siempre hubiese formado parte del sueño.
—Ha pasado tiempo desde la última vez que nos vimos, princesa Suri.
Ella lo observó sin retroceder y con una atención tensa, despierta.
—Gracias por advertirme sobre la bestia durante la ceremonia —respondió—. Me tomó por sorpresa.
El hechicero dejó escapar una risa breve, seca.
—Lamento haberte asustado. Pero escuchar esa historia… —su voz se ensombreció— me enfureció.
—Entonces ya es hora, ¿no?. Me imaginó que me dirás que es lo que debo de conseguir para romper esta maldición—dijo Suri, mirándolo fijamente.
Hubo un silencio espeso antes de la respuesta.
—Sí. El tiempo ha llegado. Comenzaremos con el primer objeto —dijo el hechicero—. Necesito que consigas una llave con forma de rosa. Se encuentra en el castillo de Chryseón.
La palabra resonó como un eco antiguo.
—Y escucha bien —añadió— esos recuerdos que te visitan en sueños no son fragmentos inútiles. A veces contienen las respuestas que buscas. Otra cosa, solo por un breve momento la princesa Anna recordará una cosa que te ayudará. Cuando obtengas la llave, te diré qué sigue.
El hechicero juntó las manos y aplaudió una sola vez.
—La charla ha terminado. Es momento de despertar.
Suri abrió los ojos sobresaltada.
Se incorporó en la cama y apoyó una mano en la frente, respirando hondo. Había llegado el momento que llevaba años esperando.
<<Conseguiré esa llave —pensó—. Esta misma noche>>
Pero no podía hacerlo sola. Antes, necesitaba la ayuda de alguien especial para ella.
La noche envolvía el dormitorio cuando Suri se colocó la capucha. Se acercó a la cama de Leo y lo observó dormir un rato, ajeno a todo.
<<Bien… —pensó—. Está dormido>>.
Se dirigió a la ventana y la abrió, salió con cuidado y la cerró sin hacer ruido.
Una figura flotante aguardaba afuera: una niña con rostro de rosa y cuerpo humano, usando un vestido verde.
—¿Estás lista? —preguntó.
Suri asintió.
El cuerpo de la figura flotante se transformó en aquella luz roja y, a su alrededor, surgieron otras luces semejantes. La elevaron en silencio, cruzaron la reja y la depositaron suavemente en tierra firme. Un caballo oscuro aguardaba. Sobre él, un hombre con capucha y usando una máscara extendió la mano.
—Hola otra vez, preciosa.
Suri sonrió al reconocerlo.
—Hola, querido Santiago.
Tomó su mano y partieron juntos hacia el castillo.
Se detuvieron a cierta distancia. Suri descendió y se acercó a la reja, observando la silueta del castillo de Chryseón. Una sensación extraña le recorrió el cuerpo. Había estado allí antes. No de ese modo, no con esos ojos, pero lo sabía.
—Esta es… mi casa —murmuraron algunas niñas flor.
—Sí —respondió Suri—. Y ahora que lo pienso… lo vi en mis sueños. Desde aquel lugar.
Giró la cabeza y apareció un joven sin rostro sujetando su mano. Se sorprendió y decidió seguirle la corriente. Avanzó guiándose por aquel joven y su memoria del sueño. Llegaron a una zona cubierta de arbustos. En el centro, casi oculta, había una puerta enterrada. Suri la abrió y descendió. La oscuridad era absoluta, pero las luces rojas la rodearon, iluminando el camino. Subió por unas escaleras hasta una trampilla en el techo.
—Asegúrense de que no haya nadie afuera —ordenó—. Necesito que sea seguro.
Las luces se dispersaron y regresaron minutos después.
—Está despejado.
Suri salió y avanzó.
—Bien. Debemos encontrar la llave. Aunque la cuestión es dónde podría estar
—¿Cómo es la llave? —preguntó una niña flor.
—Tiene una rosa roja como decoración —respondió.
Una luz roja se intensificó.
—Recuerdo este lugar —dijo otra niña flor—. Y creo que vi esa llave en la oficina.
—¿En serio? —Suri la miró—. ¿Sabés en dónde se encuentra esa oficina?
—Si, también recuerdo dónde está mi habitación y la de mis padres.
—Perfecto Anna, entonces por favor podrías llevarme a la oficina y después traer a tu padre a ese lugar.