Leo
Durante tres días, la Academia Espina de Oro se transformó en un campo de prueba. Los maestros descargaron sobre los alumnos montañas de teoría y tareas, preparándolos para un examen destinado a medir algo más que conocimiento: su verdadero potencial. Leo apenas tuvo tiempo para respirar entre una lección y otra.
Mateo estuvo suspendido durante dos días. Leo se ofreció a prestarle sus apuntes, pero él los rechazó con una seguridad que rozaba la arrogancia, asegurando que no los necesitaba. Aquello no hizo más que aumentar la tensión silenciosa entre ambos. Además, se percató que no usaba la corbata con líneas rojas, trató de no darle importancia.
El día del examen llegó envuelto en un silencio solemne. Al día siguiente, los resultados fueron anunciados. Cinco alumnos destacaron por encima del resto: Leo, uno de sus amigos, Mateo y dos más que lograron superarlo por unos cuantos puntos. La diferencia era mínima, pero suficiente para incomodarlo. No era imposible alcanzarlos, se dijo, aunque sabía que tendría que esforzarse más que nunca.
Había materias que se le resistían como viejos enemigos: historia y lectura. A eso se sumaban los puntos perdidos por llegar tarde a las primeras horas de clase, una debilidad que arrastraba desde siempre. Si realmente quería conocer el reino Niebla, necesitaba una estrategia.
En la academia se aplicaban los exámenes trimestralmente y sólo quienes tuvieran el deseo de entrar al reino niebla, tenían que hacer dos exámenes decisivos. Estos se realizaban cada dos meses antes de las vacaciones de invierno, eran los más importantes. También contaban los viajes escolares y el servicio a la institución. La competencia era feroz; pedir ayuda resultaba inútil. Nadie quería compartir ventaja.
Aun así, superar a Mateo, aunque fuera por poco, le dio una satisfacción inesperada. Sus amigos parecían aún más felices por ello. Mateo, en cambio, no ocultó su disgusto. Aseguró que podía vencerlos a todos sin ayuda. Leo no pudo evitar pensar que, al menos en arte y matemáticas, Mateo no destacaba tanto, y que su aislamiento no le jugaba a favor.
Durante el descanso, el ambiente se alivió.
—Al fin terminaron esos primeros exámenes infernales —comentó uno de los chicos.
—Hay que celebrar —añadió Alan—. Nuestro querido Leo y Scott vencieron a ese idiota prepotente. Estoy seguro de que ambos podrán ir al reino Niebla.
Propusieron reunirse después de clases en un lugar apartado. Leo aceptó sin pensar demasiado.
Antes de marcharse, encontró un papel sobre su pupitre. Decía: No vayas con tus amigos. No tenía firma. Leo frunció el ceño, pero lo ignoró y se marchó con los demás.
El lugar era una habitación alejada del dormitorio. Uno de sus amigos llevaba un par de cervezas en la mano, pese a estar prohibidas. Leo se negó a beber, incómodo. Le advirtieron que no dijera nada a nadie. Alan y Simón aún no llegaban al cuarto. Se escucharon pasos, pensando que era Alan pero entonces la puerta se abrió de golpe.
Un maestro los descubrió.
No hubo escapatoria.
Fueron llevados ante el director. Dos de sus amigos fueron expulsados. A Leo lo suspendieron dos días. El director le agradeció a él y a otro alumno por haber revelado una conducta inapropiada, eso no se lo esperaba. Además, le asignaron servicio obligatorio para recuperar los puntos perdidos. Desde el día siguiente trabajaría en la biblioteca.
Los fines de semana los alumnos podían salir de la academia, pero el castigo se lo impedía. Así que Leo se dirigió directamente a la biblioteca.
Era inmensa, antigua, y desde sus ventanales se extendían algunas de las mejores vistas del reino. El encargado lo recibió y le pidió que esperara; pronto llamarían tanto a él como a Mateo para ayudar.
Que Mateo estuviera allí lo tomó por sorpresa nuevamente y rodeó los ojos con disgusto.
Leo salió a uno de los pasillos exteriores. A un lado, arbustos llenos de flores se mecían con el viento. Caminó hasta ver una banca. Al principio parecía vacía, pero al acercarse distinguió a alguien sentado.
Era Mateo.
Leía un libro, el viento movía suavemente su cabello y el sol iluminaba su rostro. Sonreía. Leo nunca lo había visto así. Se quedó observándolo más de la cuenta, consciente de una incomodidad nueva, extraña… y de que, en ese momento, Mateo resultaba peligrosamente atractivo.
Mateo alzó la vista mirándolo y su sonrisa desapareció. Cerró el libro con fuerza. En el momento que él lo miró, sintió una sensación extraña. Mateo habló.
—¿No te dije que no me miraras Quintana? —dijo, arqueando una ceja.
Leo apartó la mirada.
—Esa regla solo aplica en el cuarto. Además, ni te estaba mirando Kyros.
—Nunca te había visto por aquí. No me digas que elegiste la biblioteca como castigo —dijo sarcásticamente.
Leo se acercó un poco.
—¿Cómo sabes que estoy castigado?
—Solo lo sé. Si hubieras hecho caso a ese papel, no estarías aquí.
Leo lo miró con sorpresa.
—Así que tú me lo mandaste. ¿Cómo sabías lo que iba a pasar?
—Un pajarito me lo dijo —respondió Mateo con frialdad—. Además, estaba esperando que los descubrieran. Valió la pena… aunque faltó Alan Navarro. De él me encargaré después.
—¿Y por qué me advertiste a mí?
Mateo lo observó unos segundos.
—¿Tiene que haber una razón?
Leo se sentó junto a él, sonriendo.
—Entonces debe ser porque te importo mucho.
—No me agradas —replicó Mateo—. Solo lo hice porque quiero vencerte.
—El sentimiento es mutuo —respondió Leo—. Y dudo que puedas hacerlo.
Mateo entornó los ojos y prosiguió en su lectura.
—Si tú lo dices. Por cierto… tienes un animal en el hombro.
Leo se giró y vio una araña.
Gritó.
Saltó, se sacudió, dio vueltas sin control hasta que, agotado y con los ojos húmedos, se detuvo respirando agitado. Miró su hombro, ya no estaba la araña. Cerró los ojos aliviado.