Flor en tierra dividida.
Mizuki, tras sus últimas clases y antes de volver a su próxima aula, caminaba por el jardín.
Es de noche, la luna llena se filtra entre los árboles.
Las rosas del invernadero —blancas, azules, rojas— brillaban como si fuesen de cristal.
Nérel la esperaba recostado contra una pared,
como si supiera que ella iba a pasar por ahí.
Nérel:
—¿Me buscabas… o simplemente sabías que me ibas a encontrar?
Mizuki (mirándolo de reojo):
—Jaja, ¿te crees muy importante, no? Solo estoy paseando. El aula es realmente asfixiante.
Nérel (acercándose con su sonrisa suave):
—Si te ahogan, huye. Si te miran, desvía.
Pero si te sientes viva conmigo… quédate.
Él toma una rosa blanca marchita del suelo y se la entrega.
Ella la acepta con cierta duda, porque la hace sentir acompañada.
No es amor.
Ni siquiera sabe lo que es.
Pero no suelta palabra.
En ese momento, una sombra aparece entre los arbustos.
Desde lejos, Adrien observa. Su expresión no es clara.
Ni enojo, ni tristeza… es algo contenido.
Mizuki no lo nota; está más que distraída con Nérel.
Cuando se da la vuelta para volver,
pasa frente a Adrien sin notar su presencia.
Solo cuando escucha su voz, se detiene.
Adrien:
—¿Ya tienes un nuevo guía en esta jaula?
Mizuki (confundida):
—¿A qué te refieres?
Adrien (acercándose, sin dejar de mirarla):
—Nérel. Ten cuidado. Él tiene un don para lo trágico.
Mizuki (molesta):
—¿Por qué me adviertes de alguien que apenas conozco? ¿Me estás prohibiendo algo?
¿Estás… celoso?
Adrien (serio, casi frío):
—No. Estoy observando.
Aunque supongo que eso ya lo hace otro por mí.
Ella intenta ignorarlo, pero antes de alejarse, él agrega:
—Él y yo no somos tan distintos como crees…
Hermanos.
Aunque yo no le diría familia.
Mizuki, sola en su cuarto, mira la rosa blanca que Nérel le dio.
La pone en un vaso con agua.
Pero antes de acostarse, nota que la mariposa blanca de antes está posada en su ventana…
pero esta vez, tiene una mancha roja en una de sus alas.
“Algo dentro de ella despertaba,
y no era amor.
Era algo más frágil.
Algo que no buscaba ser
correspondido…
solo existir.
Y la mariposa lo supo primero:
con su ala manchada,
como prueba de una mordida
que no le pertenecía.”