Lo que guardamos detrás de los ojos.
Era una nueva noche, y Mizuki avanzaba por los pasillos perdida en sus pensamientos.
Su andar era tenso, rígido, casi automático. Sus ojos vagaban sin dirección, como si en cualquier momento pudiera desmayarse. La respiración se le hacía corta, el aire frío y pesado.
Estaba confundida, conmocionada, con miles de preguntas en la cabeza… y ninguna respuesta.
Cada fibra de su ser parecía cuestionarse a sí misma. Estaba, simplemente, perdida.
Al doblar una esquina, chocó de golpe con alguien. Su maleta, cuadernos y hojas cayeron al suelo, desparramándose por todas partes. Ella también terminó en el piso, y enseguida notó que no estaba sola: había varias personas alrededor.
—Ugh, qué vergüenza… —pensó, apretando los labios.
Entonces, una mano delicada y pálida se extendió hacia ella.
—¿Estás bien? Perdona, qué torpe soy… —dijo una voz suave.
La chica se inclinó ligeramente, apartando con sutileza su cabello largo y liso detrás de la oreja. Mizuki quedó paralizada por un instante: aquellos ojos la observaron con dulzura, expresivos hasta el exceso. Negros, con un matiz vinotinto… y bajo cada uno, un pequeño lunar que resaltaba como un detalle imposible de olvidar.
La desconocida la ayudó a levantarse y a recoger sus cosas. Entre ellas, tomó un objeto que se detuvo a mirar: un pequeño prendedor para el cabello. Dudó un segundo antes de entregárselo.
—Lo siento mucho… —repitió, con una sonrisa suave y una voz dulce.
—N-no te preocupes… —murmuró Mizuki, temblorosa, incapaz de apartar sus ojos de los de ella.
La muchacha le devolvió una breve sonrisa y, antes de marcharse con el grupo que la acompañaba, llevó su antebrazo hacia atrás para apartar su largo cabello en un gesto tan elegante como natural.
Mizuki permaneció inmóvil. Ni siquiera había alcanzado a ver su rostro completo… solo sus ojos, y aquel gesto delicado con el cabello.
Intrigada, sintió cómo algo en su interior había despertado.
Mizuki la encontraba “casualmente”.
O, al menos, eso quería creer.
Era una mentira que se repetía en silencio para calmarse, aunque en el fondo sabía que no era casualidad. Estaba siguiéndola. Sus pasos terminaban siempre cerca de ella, como atraídos por un imán invisible.
En las aulas, entre los rosales, en los pasillos abarrotados de estudiantes. Incluso en la biblioteca, donde el murmullo de las páginas y el olor del papel antiguo parecían envolver a todos en un silencio solemne… allí también aparecía.
Zulyne no se perdía entre la multitud. Todo a su alrededor parecía conspirar para hacerla resaltar.
El viento jugaba a su favor, levantando su cabello negro y liso con una gracia imposible de imitar. El uniforme, igual que el de cualquiera, se transformaba en algo distinto sobre ella: el saco desabotonado caía con descuido elegante, las medias largas —poco comunes entre las demás— se ceñían como un detalle de rebeldía sutil, y los pendientes de perla atrapaban la luz como si el mundo entero quisiera mirarlos.
Pero lo que más cautivaba a Mizuki no era la apariencia, sino los gestos pequeños.
Cómo se apartaba el cabello del rostro con una delicadeza casi ritual.
Cómo sus ojos reían un segundo antes que sus labios.
Cómo caminaba por pasillos donde cualquiera se perdería, nombrando lugares y maestros que Mizuki jamás había escuchado.
Ella sabe más de lo que aparenta —pensó Mizuki, apretando el cuaderno contra el pecho—. Demasiado.
El aire se volvió más pesado en la biblioteca. Mizuki, escondida entre estantes, observaba de lejos, tan inmóvil que hasta su respiración parecía traicionarla.
Y entonces, sin aviso, una voz clara y melodiosa atravesó el silencio como un hilo de cristal:
—Sé que me has estado observando. —Zulyne rio suavemente, con una chispa burlona que no llegaba a ser cruel—. Deberías salir ya… antes de que yo vaya por ti.
El corazón de Mizuki se desbocó. Su cuerpo se tensó, como si hubiese sido atrapada en un delito imperdonable. Dudó entre fingir ignorancia o admitirlo todo, pero la duda no le dio tiempo: sus pies ya la habían empujado hacia delante.
Salió de su escondite casi temblando, con los ojos clavados en el suelo y las manos entrelazadas, nerviosas.
—L-Lo siento mucho… —murmuró, apenas audible—. Si te molesta, lo dejaré de hacer.
Zulyne ladeó la cabeza, estudiándola, como si disfrutara del momento. Sus labios esbozaron una sonrisa leve, casi imposible de descifrar.
—¿Y qué es lo que quieres de mí, Mizuki?
Mizuki levantó la mirada de golpe, sorprendida.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Lo escuché en los pasillos. —Zulyne alzó un hombro, restándole importancia—. Además, tú también me generas curiosidad. —Sus ojos brillaron, dejando un silencio calculado—. Pero está claro que eres tú quien está más interesada en mí. Hace tiempo noté lo que hacías.
El calor subió al rostro de Mizuki, que no hallaba respuesta.
—Y si sabes mi nombre… ¿cuál es el tuyo?
Con un gesto elegante, casi teatral, Zulyne inclinó levemente la cabeza, como quien ofrece un saludo de otro tiempo.
—Qué descortés de mi parte. Un gusto: soy Zulyne.
Mizuki vaciló.
—¿Nos conocemos de alguna parte?
La risa de Zulyne fue baja y vibrante, como el tañido de una campana ahogada.
—Puede que sí. Pensé que eras alguien desafiante… y quizá lo seas. Pero conmigo resultas bastante torpe.
—Bueno… yo no sabría cómo describirme a mí misma —confesó Mizuki, sintiéndose desnuda bajo aquellas palabras.
—Supongo que estás perdida. —La voz de Zulyne sonó más suave, como si de pronto su burla se hubiera vuelto comprensión—. No te preocupes, yo también soy nueva. No tienes que sentirte así.
Hubo un silencio pesado. Mizuki dudó si hablar, pero las palabras se escaparon solas:
—Yo pienso que sabes más de lo que dices.