Gentiana.
El aire era denso y estaba cargado de niebla. Las hojas y las flores de cerezo chocaban entre sí al compás del viento. Mizuki había perdido la cuenta de cuántas ovejas llevaba desde que se había acostado. Por alguna razón, no había ni una sola señal de que el amanecer estuviera cerca.
Se incorporó lentamente. Su cuerpo estaba agotado, pero su mente no dejaba de girar alrededor de Zulyne.
¿Cómo alguien así podía existir?
Tan elegante. Tan dulce. Tan perfecta.
Las paredes de su habitación comenzaron a resultarle asfixiantes, así que decidió salir. Sus dedos se detuvieron a mitad de camino sobre la manija de la puerta. Sintió el frío del exterior filtrándose por las rendijas como el aliento de un hospital abandonado, pero no le dio importancia. Solo quería respirar.
Mientras caminaba por los silenciosos pasillos, no pudo evitar preguntarse dónde estaría la habitación de Zulyne.
Tal vez ella también seguía despierta.
De repente, una voz susurró junto a su oído.
—Qué valiente eres al salir a estas horas.
La piel de Mizuki se erizó de inmediato.
Se giró bruscamente.
Adrien.
—Casi me da un paro cardíaco.
Adrien soltó una risa seca, breve y afilada.
—¿Y qué haces caminando por aquí?
Mizuki retrocedió un paso con cautela.
—No podía dormir... —desvió la mirada—. ¿Y tú? ¿Por qué estás aquí?
Adrien tomó con delicadeza la mano de Mizuki y la acercó a su mejilla.
—Tenía algo de hambre.
Su voz sonó suave.
Demasiado suave.
Entonces inclinó la cabeza y besó con elegancia el dorso de su mano.
El miedo trepó por la garganta de Mizuki como una enredadera. Se convirtió en un nudo que le impidió hablar.
Su expresión, sin embargo, lo decía todo.
Justo cuando el silencio comenzaba a volverse insoportable, una voz dulce, casi celestial, resonó detrás de Adrien.
—Supongo que hoy dormirás con el estómago vacío.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Zulyne mientras apoyaba una mano sobre el hombro del vampiro.
Adrien apartó la mano de Mizuki con brusquedad.
—Tsk. Esta me la debes, Zulyne.
Y sin añadir nada más, desapareció entre la niebla y la penumbra del pasillo, dejando atrás únicamente el eco de sus pasos.
Como un fantasma.
Mizuki permaneció inmóvil.
Por un instante, las nubes se apartaron y permitieron que algunos rayos de luna descendieran sobre Zulyne. La luz se deslizó sobre su piel pálida y arrancó destellos plateados de su cabello oscuro.
Parecía irreal.
—Si eres valiente. No cualquiera se atreve a salir así. —Zulyne extendió la mano hacia ella—. Este lugar es peligroso. ¿Me sigues?
Mizuki dudó apenas un segundo antes de tomar su mano.
—Voy contigo.
El contacto la sorprendió.
Era cálido.
Reconfortante.
—Ojalá nunca me soltara... —pensó.
Zulyne la condujo por pasillos y salones que Mizuki jamás había visto, moviéndose con la seguridad de quien conocía cada rincón de la academia.
—¿A dónde me llevas?
—A un lugar que probablemente nadie conoce. Bueno... solo yo. Y pronto tú también.
—¿Y qué tiene de especial?
—Solo espera.
Finalmente llegaron a una zona descubierta.
La luna parecía disfrazarse de sol, iluminando cada rincón con una claridad espectral.
Se detuvieron frente a unos arbustos.
Zulyne observó a Mizuki con evidente expectación.
—¿Unos arbustos? ¿Eso es lo especial?
Zulyne soltó una pequeña carcajada y se cubrió la boca para ocultarla.
—No, tonta. Solo sígueme.
Antes de que Mizuki pudiera preguntar algo más, Zulyne se abrió paso entre las ramas.
Y ella la siguió.
Al otro lado, el mundo parecía distinto.
Una pequeña colina se extendía ante ellas. En su centro se alzaba un enorme cerezo cubierto de flores recién abiertas. El viento agitaba sus ramas y dejaba caer pétalos que descendían lentamente como nieve rosada.
Mizuki observó el paisaje sin perderse un solo detalle.
Como un artista contemplando una obra imposible.
—¿Ves? Es hermoso. Nadie imaginaría que seguimos dentro de la academia.
—¿Esto es para crear una ilusión o para conservar la esperanza?
Zulyne alzó la vista hacia el cerezo.
—Es para la fe.
Sus ojos azules encontraron los de Mizuki.
Por un instante, parecieron atravesarla.
—El ser humano no puede vivir sin fe. Este lugar me hace pensar que no todo está perdido. A veces me pregunto si alguien lo plantó... o si simplemente creció aquí por su cuenta.
—Es probable que lo hayan plantado.
—Si fue así... —bajó la mirada durante unos segundos—. ¿Por qué lo esconden?
—No lo sé. Tal vez para protegerlo.
—Jah...
La risa escapó de sus labios cansada y apagada.
—También lo pensé. Pero esa respuesta nunca me convenció.
Zulyne le dio la espalda y contempló el árbol mientras el viento danzaba entre su cabello.
—Creo que hay algo más.
Mizuki se quedó pensativa.
¿Y si tenía razón?
¿Y si aquel árbol era una pista?
¿O acaso estaba dejándose arrastrar por ideas absurdas?
¿Y si Zulyne también estaba jugando con ella?
Las preguntas se acumularon una tras otra hasta que la voz de Zulyne interrumpió aquel torbellino.
—No me mires así. —rió suavemente—. Si te parece una locura, olvídalo. Tal vez la falta de sueño me está haciendo delirar.
Se acercó a los arbustos y se agachó para comprobar que no hubiera nadie cerca.
—Será mejor que salgamos. Si nos encuentran aquí, terminaremos convertidas en carne molida.
—No bromees con eso, Zulyne. Solo logras ponerme más nerviosa.
Mizuki salió primero y luego le tendió la mano.
Zulyne la tomó.
—Este es nuestro secreto. Si alguien se entera, seguro cortarán el árbol o levantarán un muro alrededor.
Llevó un dedo a sus labios.
—Lo prometo.