El peso de la corona de los Cruzado no se lleva en la cabeza, se lleva en la espalda, y la mía estaba a punto de romperse.
Me miré al espejo una última vez. El vestido blanco contrastaba con la oscuridad de mis pensamientos, pero lo único que realmente importaba estaba oculto bajo la tela: el frío metal de la cadena de Ale. Papá siempre dice que las joyas son para presumir el poder, pero esta pieza de acero era mi único secreto, mi única propiedad privada en un mundo donde todo le pertenece al Tsar.
—Amy, es hora —la voz de mi papi, Nathaniel, retumbó desde el pasillo.
— ya voy papi. —conteste
No era una invitación, era una orden. Bajé las escaleras con la barbilla en alto. El salón estaba lleno de hombres armados vestidos de etiqueta y mujeres que sonreían con falsedad. La Bratva en todo su esplendor.
Me detuve en seco cuando las puertas principales se abrieron de par en par. El aire del salón cambió, se volvió denso, eléctrico. Un hombre cruzó el umbral. No era un soldado, era un verdugo con clase. Su traje italiano gritaba dinero y sus ojos... esos malditos ojos azules que me habían perseguido en mis pesadillas durante trece años, recorrieron el lugar con desprecio.
Se detuvo frente a mi padre, pero su mirada se desvió hacia mí por un segundo que pareció una eternidad.
—Nathaniel —dijo él, con una voz que era puro veneno y terciopelo—. Italia envía sus saludos. Y yo... yo vengo a cobrar una deuda pendiente.
Mi mano subió instintivamente a mi cuello. Me costaba respirar. Ale había vuelto, y por la forma en que me miraba, la niña que él dejó atrás ya no existía para él.
Mantuve la mano en mi cuello, ocultando el temblor de mis dedos bajo el encaje del vestido. Mi papi dio un paso al frente, estrechando la mano de Ale con una firmeza que parecía un duelo silencioso. Nathaniel no regalaba sonrisas, y menos a un hombre que caminaba como si fuera el dueño del mundo.
—Alessandro. Han pasado muchos años desde que te enviamos a limpiar los desastres de tu familia en Sicilia —dijo mi papi, con ese tono gélido que hacía que los soldados se cuadraran—. Veo que Italia te ha sentado bien. O quizás, te ha vuelto demasiado confiado.
Ale soltó su mano y, sin romper el contacto visual con él, ladeó la cabeza ligeramente hacia donde yo estaba. Una sonrisa ladeada, casi imperceptible y cargada de una arrogancia letal, se dibujó en su rostro.
—La confianza es lo único que no se puede comprar en Palermo, Nathaniel. Se gana sobreviviendo —su voz era más grave, más áspera—. Y yo he sobrevivido a cosas que harían temblar estos muros.
El silencio que siguió fue asfixiante. Los invitados contenían el aliento. Yo quería gritar, quería correr hacia él y, al mismo tiempo, quería abofetearlo por haber vuelto con esa mirada de extraño.
—Amarantha —me llamó mi papi sin mirarme—. Saluda a nuestro invitado. Después de todo, fuiste tú quien más lloró su partida, ¿no es así?
La provocación de mi papi fue como un latigazo. Caminé hacia ellos, sintiendo que cada paso sobre el mármol era una sentencia. Me detuve a escasos centímetros de Ale. Podía olerlo: sándalo, pólvora y un toque de ese aire frío que solo traen los que no tienen nada que perder.
—Bienvenido a casa, Alessandro Moretti —dije, forzando una voz de acero que no sentía—. Aunque dudo que reconozcas algo de lo que dejaste aquí.
Él se inclinó hacia mi oído, tan cerca que su aliento me quemó la piel.
—Te equivocas, piccola —susurró para que solo yo lo oyera—. Reconozco el brillo del acero en tu cuello. Todavía te pertenece, igual que tú me perteneces a mí.
— veo que perfecciono su ruso señor Moretti — solté con arrogancia.
— el tiempo hace de todo.