El precio del retorno
Me quedé helada. Antes de que pudiera procesar la amenaza de su cercanía, mi mami, Dasha, apareció a nuestro lado. Su presencia era como una ráfaga de viento gélido que ponía a todo el mundo en su sitio.
—Alessandro —dijo ella, con una elegancia letal—. Veo que ya has saludado a Amarantha. Espero que en Italia también te hayan enseñado a respetar las distancias. En esta casa, las flores tienen espinas que cortan muy profundo.
Ale se enderezó y le dedicó una inclinación de cabeza a mi madre. El respeto que les tenía a mis padres era real, pero el hambre en sus ojos cuando volvía a mirarme a mí... eso era otra cosa.
—Por supuesto, señora Volkov —respondió él con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Solo estaba recordando viejos tiempos.
Mi padre se acercó, colocando una mano posesiva en mi hombro. Sentí el calor de su protección, pero también la presión de saber que, si Ale daba un paso en falso, mi papi no dudaría en teñir el mármol de rojo.
El ambiente en el salón era sofocante. La mano de mi padre en mi hombro era un recordatorio de que, aunque para el mundo él fuera el ejecutor más temido, para mí era mi protector. Pero ni siquiera su sombra podía ocultar el rastro de fuego que las palabras de Ale habían dejado en mi piel.
—Alessandro se instalará en el ala oeste —sentenció mi padre, dirigiéndose a los presentes, aunque sus ojos no dejaban de estudiar la reacción de Ale—. Mañana discutiremos los términos de la nueva ruta siciliana. Por hoy, la hospitalidad de los Volkov es tuya.
Ale asintió, pero su mirada volvió a clavarse en la mía antes de retirarse con un grupo de soldados. En cuanto se alejó lo suficiente, sentí que finalmente podía soltar el aire que tenía retenido en los pulmones.
—Amarantha, ve arriba —me dijo mami en un susurro apenas audible, pero cargado de esa autoridad que solo ella poseía—. Tu padre y yo nos encargaremos de cerrar la velada.
Asentí sin rechistar. Sabía que cuando usaban mi nombre completo, no había espacio para discusiones.
Caminé por los pasillos de mármol, esquivando a un par de invitados que intentaron detenerme, hasta que finalmente cerré la puerta de mis aposentos. Solo entonces, con el cerrojo echado, me permití desmoronarme un poco. Me acerqué al tocador y me arranqué los pendientes de diamantes, dejándolos caer sobre la madera con un sonido seco.
—Maldito seas, Alessandro —murmuré para mi reflejo.
Mis dedos volaron a mi cuello. Saqué la cadena de acero de debajo del escote del vestido. Mis manos temblaban. Él la había reconocido. Había pasado una década, él se había convertido en un monstruo de la mafia italiana y yo en la heredera de un imperio ruso, pero esa estúpida cadena seguía siendo el hilo que nos unía.
De repente, un golpe suave en la puerta me hizo saltar.
—¿Amy? ¿Estás ahí, cariño? —era la voz de mi madre. Había dejado de ser Dasha, la mujer de hielo, para volver a ser mami.
Corrí a abrir. Ella entró y cerró la puerta tras de sí, evaluándome de arriba abajo con una sola mirada.
—Papi está abajo despidiendo a los últimos consejeros —dijo, acercándose para tomar mis manos—. Estás pálida. ¿Qué te dijo ese chico al oído, Amy? Sabes que a tu padre no se le escapa nada, y a mí mucho menos.
Miré a mi madre a los ojos. Ella mejor que nadie sabía lo que era amar a un hombre peligroso, pero esto era diferente. Esto era una deuda del pasado que venía a cobrarse en el presente.
El eco de los invitados desvaneciéndose en la planta baja me permitió relajar los hombros. En cuanto mami cerró la puerta de mi habitación, el aire gélido de la etiqueta rusa se evaporó, dejando solo el calor de nuestro hogar.
—Ese muchacho tiene una mirada que no me gusta, Amy —dijo mami en español, acercándose para acariciarme el rostro. Su acento venezolano siempre era mi refugio, ese recordatorio de que, aunque estuviéramos rodeadas de nieve y sangre en Moscú, mi sangre también tenía sol y fuego—. Papi está allá abajo conteniéndose, pero tú sabes cómo es él. Si Alessandro te incomodó, solo tienes que decirlo.
—No es eso, mami —respondí en el mismo idioma, sintiéndome de nuevo como la pequeña consentida—. Es solo que... no esperaba que volviera así. Tan cambiado. Tan... él.
Me senté en el borde de la cama mientras mami me soltaba el peinado con delicadeza. Recordé cómo Ale se había inclinado hacia mí en el salón. Su ruso había sido impecable, sin rastro del acento italiano que esperaba encontrar. Esa era su nueva arma: el camuflaje perfecto en mi propio terreno.
—Habló en ruso conmigo, mami. Perfecto. Casi mejor que los hombres de confianza de papi —le conté, sintiendo un escalofrío—. Y me dijo cosas que no debería haber dicho frente a todo el mundo.
—Ese es el problema de los hombres que creen que el mundo les pertenece, mi amor —susurró ella, dejando un beso en mi frente—. Pero recuerda quién eres tú. Eres una Volkov. Tienes la astucia de tu padre y la fuerza que yo te enseñé. No dejes que esos ojos azules te distraigan de tu posición.
Mami salió de la habitación tras darme un último apretón de manos, dejándome sola con mis pensamientos. Me cambié el vestido de seda por algo más cómodo, pero no podía dormir. La curiosidad y la rabia eran una mezcla peligrosa.
Salí al balcón de mi habitación, que daba hacia los jardines nevados. El frío de Moscú me azotó la cara, pero me gustaba; me mantenía alerta. De repente, vi una silueta en el ala oeste, justo en el balcón que correspondía a la habitación de invitados.
Era él. Alessandro estaba fumando, con la camisa blanca desabrochada a pesar de los grados bajo cero. Se dio cuenta de mi presencia de inmediato. No necesitó gritar; su voz viajó por el aire frío con una claridad aterradora, esta vez en un inglés fluido y cargado de arrogancia.
—You’re still wearing it, Amarantha. I can see the glint of the chain from here —soltó, con una sonrisa que pude sentir incluso en la oscuridad—. Did you miss me, or were you just waiting for someone to finally claim what’s his?