Rosas de Acero

Capítulo 2

El juego del Tsar

​Subí las escaleras del búnker tratando de normalizar mi respiración. Sentía los labios hinchados y el pulso todavía me martilleaba en los oídos. Al llegar al pasillo principal, me detuve frente a un espejo antiguo de marco dorado. Maldito Alessandro. Tenía esa mirada de "recién besada" que mami detectaría a kilómetros.

​Me froté los labios con el dorso de la mano y me acomodé el cabello. Tenía que ser Amarantha de nuevo, no Amy.

​—Señorita Volkov, su padre la espera en el despacho —dijo Dimitri, uno de los hombres de confianza de papi, apareciendo como una sombra detrás de mí.

​—Dile que voy en un momento, Dimitri.

​—Dijo que era inmediato, señorita. El ambiente no está para esperas.

​Asentí con la mandíbula tensa. Si papi estaba así, era porque la conversación con Ale en el desayuno le había dejado un sabor amargo que solo la sangre suele quitar.

​Caminé hacia el despacho principal. Las puertas dobles de roble se abrieron y el olor a tabaco de pipa me inundó. Papi estaba de pie junto al ventanal, mirando hacia el jardín nevado, con las manos entrelazadas en la espalda. Mami estaba sentada en uno de los sillones de cuero, sosteniendo una copa de vino tinto, aunque eran apenas las once de la mañana.

​—Siéntate, Amarantha —ordenó papi sin darse la vuelta.

​Me senté frente al escritorio. Mami me lanzó una mirada escrutadora, deteniéndose un segundo más de lo debido en mi boca. Sus ojos se entrecerraron; ella lo sabía. Siempre lo sabía.

​—Ese imbécil italiano no solo quiere las rutas —empezó papi, dándose la vuelta finalmente. Su rostro era una máscara de piedra—. Ha traído documentos firmados por la comisión de Sicilia. Dicen que el pacto que hiciste a los seis años fue registrado como un compromiso formal de unión entre familias. Si rompo eso unilateralmente, entramos en guerra con Italia en un momento en que la Bratva necesita estabilidad.

​—¡Papi, era una niña! —exclamé en español, olvidando por un segundo mi fachada—. No pueden validar algo así.

​—En nuestro mundo, el acero aceptado es ley, Amy —dijo mami con voz suave pero firme—. Lo que nos preocupa no es el papel, sino lo que Ale está dispuesto a hacer para cobrarlo. Ha bloqueado dos de nuestros cargamentos en el puerto de Odessa como "muestra de buena voluntad".

​Un golpe seco en la puerta interrumpió la tensión. Alessandro entró sin esperar permiso, ya cambiado y luciendo una sonrisa impecable, como si no acabara de desordenarme la vida en el sótano.

​—Espero no interrumpir la reunión familiar —dijo Ale en ruso, sentándose en el brazo del sofá, peligrosamente cerca de mami—. Solo venía a entregarle esto al Tsar.

​Lanzó una carpeta de cuero sobre el escritorio de mi padre.

​—Son las coordenadas de los cargamentos de Odessa. Los liberaré en el momento en que Amarantha y yo cenemos a solas esta noche. Sin guardias. Sin micrófonos. Solo nosotros dos terminando de... negociar.

​Papi se tensó tanto que creí que saltaría sobre el escritorio para degollarlo. Yo miré a Ale con fuego en los ojos. Me estaba usando como rehén de sus negocios.

​—¿Y si me niego? —le pregunté, desafiante.

​Ale se inclinó hacia adelante, capturando mi mirada.

​—Entonces los cargamentos arden, y con ellos, la tregua entre Moscú y Palermo. Tú decides, piccola. ¿Vale tu orgullo más que la paz de tu padre?

Papi se soltó una carcajada seca, carente de cualquier pizca de humor. Se acercó al escritorio y se apoyó sobre él, invadiendo el espacio de Alessandro. El aire en el despacho se volvió tan pesado que apenas podía respirar.

​—Eres valiente, Alessandro, te daré eso. Pero también eres un estúpido si crees que voy a dejar a mi hija a solas con un lobo hambriento sin poner mis propias reglas —papi lo miró con una frialdad absoluta—. Amarantha irá a esa cena. Pero no será en un restaurante público donde tus hombres puedan cubrirte, ni en tu ala de la mansión.

​Ale enarcó una ceja, manteniendo la calma.

​—¿Entonces?

​—Será en la dacha del lago. A treinta kilómetros de aquí. Sin escoltas dentro de la casa, tal como pides —papi hizo una pausa dramática—. Pero con una condición: si al terminar la cena Amarantha no sale por esa puerta por su propio pie y me dice que acepta el compromiso, no solo quemaré tus rutas, sino que enviaré tu cabeza de regreso a Sicilia en una caja de madera de abedul. Y no me importará la guerra.

​Mami apretó su copa, mirando a papi con advertencia, pero él no cedió. Luego, él me miró a mí.

​—¿Amy? —su voz era una mezcla de orden y súplica. Me estaba pidiendo que jugara el papel de mi vida para salvar el imperio.

​Miré a Alessandro. Él me observaba con una confianza insultante, como si ya hubiera ganado. El sabor de su beso todavía quemaba mis labios y la rabia por ser usada como moneda de cambio me hervía en la sangre. Pero no tenía opción. Los cargamentos de Odessa eran vitales para la lealtad de los capitanes de la Bratva.

​—Acepto —dije en español, mirando directamente a mami para buscar fuerzas—. Iré a esa cena.

​—Perfecto —dijo Ale, poniéndose de pie con una elegancia depredadora—. Te recogeré a las ocho, Amarantha. Asegúrate de llevar algo que sea fácil de quitar... me refiero a esa actitud defensiva, por supuesto.

​Le dedicó una inclinación de cabeza a mis padres y salió del despacho. En cuanto la puerta se cerró, me puse en pie, temblando de furia.

​—¡Papi! ¿Cómo pudiste? —le reclamé, volviendo a mi idioma de casa.

​—Tranquila, mi amor —dijo mami, levantándose para abrazarme—. Tu padre sabe lo que hace. En la dacha del lago no hay micrófonos, es cierto... pero hay una caja fuerte bajo el suelo del comedor.

​Papi se acercó y me tomó por los hombros, besando mi frente.

​—Dentro de esa caja hay una Beretta con silenciador y dos cargadores, Amy. Si ese imbécil intenta forzar el pacto más allá de un simple contrato, quiero que le demuestres por qué eres una Volkov. Cenarás con él, le sacarás información sobre sus aliados en Italia, y si se sobrepasa... bueno, el lago está congelado y es muy profundo.



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En el texto hay: romance, mafia ...

Editado: 14.01.2026

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