Alianzas de Sangre y Seda
La mañana en la mansión no trajo paz. Me desperté con el sonido de los motores de los camiones de seguridad llegando a la propiedad. Alessandro no solo se había instalado, sino que sus hombres de Sicilia empezaban a mezclarse con la Bratva en los jardines. Era una visión que hacía que a papi se le saltaran las venas del cuello.
Bajé al comedor, donde mami ya estaba revisando catálogos de encaje francés y seda italiana como si estuviéramos planeando un evento de caridad y no una unión de mafias.
—Buenos días, Amy —dijo mami sin levantar la vista—. El sastre de la familia llega a las diez. Si vamos a hacer esto, lo haremos para que el mundo entero se arrodille cuando entres a esa iglesia.
—No sé si habrá iglesia, mami. A este paso, habrá un funeral antes —respondí, sentándome a su lado.
En ese momento, Alessandro entró al comedor. No llevaba la chaqueta, y su antebrazo estaba vendado con una pulcritud profesional. Se sentó a la mesa con una calma que me irritó profundamente.
—Buenos días, familia —dijo él, su voz cargada de un sarcasmo elegante—. Espero que el desayuno hoy sea más tranquilo que el de ayer.
Papi entró justo detrás de él, con Dmitry pisándole los talones. Nathaniel se sentó en la cabecera, ignorando el saludo de Ale.
—He revisado tus "condiciones", Alessandro —soltó papi, lanzando un fajo de documentos sobre la mesa—. La boda será en tres semanas. En la Catedral de San Basilio. Pero hay un detalle: el control de las rutas del Báltico no se te entregará hasta que el sacerdote diga "amén". Antes de eso, si intentas mover un solo gramo por mis puertos, te mato.
Ale tomó un trozo de pan, lo untó con calma y me miró a mí.
—Tres semanas es mucho tiempo para esperar por lo que es mío, Nathaniel. Pero acepto. Amarantha vale la espera.
—No me llames así —le espeté, clavando el tenedor en la mesa—. Para ti soy la mujer que te cortó anoche. No lo olvides.
—Es difícil olvidarlo cuando me duele cada vez que muevo el brazo —respondió él con una sonrisa que solo yo pude ver que era de pura provocación sexual—. Pero el dolor es un buen recordatorio de lo que me espera.
—Basta —intervino mami con voz de mando—. Amy, el sastre te espera en el salón de baile. Alessandro, tú tienes una reunión con los capitanes de la Bratva en el despacho de Nathaniel. Es hora de que vean que no eres solo un niño con suerte, sino el hombre que va a proteger sus intereses en el sur.
Me levanté sin mirar a nadie. Necesitaba salir de esa mesa. Dmitry me siguió, como siempre, su presencia dándome esa seguridad que solo un tío hermano de tu padre puede dar.
—Amy —me susurró Dmitry cuando estuvimos lejos del comedor—, ten cuidado. He visto cómo se miran esos dos. Tu padre quiere matarlo, pero tú... tú lo miras como si quisieras quemar el mundo con él.
—Solo quiero que esto acabe, tío —mentí, sintiendo el calor subir por mi cuello.
—No mientas a quien te enseñó a ocultar tus cartas —dijo Dmitry con una sonrisa triste—. Prepárate. Esta boda va a ser el día más peligroso de nuestras vidas.
El salón de baile estaba lleno de rollos de seda blanca y encajes traídos de París, pero el ambiente no tenía nada de nupcial. El sastre, un hombrecillo nervioso que apenas se atrevía a tocarme el hombro para ajustar los alfileres, temblaba cada vez que un grito resonaba desde el ala de los despachos.
—¡Amy, por favor, quédate quieta! —me pidió mami, aunque ella misma tenía la mirada clavada en la puerta, con una mano apretando el respaldo de una silla dorada.
De repente, un estruendo de muebles cayendo y un grito en ruso que solo podía ser de uno de los capitanes más viejos y tercos de la Bratva, Sergei, atravesó las paredes.
—¡No voy a recibir órdenes de un siciliano que aún huele a leche materna! —rugió la voz de Sergei.
No aguanté más. Me arranqué el velo que el sastre me estaba probando y, con el vestido de novia a medio hilvanar, salí del salón. Mami no me detuvo; al contrario, sus tacones repicaron detrás de los míos con la misma urgencia.
Llegamos al despacho de papi. La puerta estaba abierta. El ambiente estaba cargado de humo de tabaco y testosterona. Sergei estaba de pie, con la cara roja de furia, señalando a Alessandro con un dedo tembloroso. Papi estaba sentado en su trono de cuero, observando todo con una calma aterradora, evaluando si su futuro yerno sobreviviría a la jauría.
Alessandro ni siquiera se había levantado de su silla. Se estaba ajustando el vendaje del brazo —el que yo le había hecho anoche— con una parsimonia que era un insulto directo para Sergei.
—Si vuelves a señalarme, Sergei —dijo Ale con una voz tan baja y gélida que el aire pareció congelarse—, el dedo que te quede no servirá ni para apretar un gatillo.
—¿Qué pasa aquí? —solté, entrando en la habitación como una ráfaga blanca.
Todos se giraron. Ver a la heredera Volkov vestida de novia, con los ojos echando chispas y un alfiler de costura todavía prendido en la mano como si fuera un arma, los dejó mudos por un segundo. Mami se puso a mi lado, cruzando los brazos sobre su pecho, su presencia dominando la habitación de inmediato.
—Parece que tus capitanes no saben tratar a un invitado, Nathaniel —dijo mami en español, mirando a mi padre con reproche.
—El invitado cree que puede cambiar nuestras rutas sin consultarnos —escupió Sergei, mirando a mami con poco respeto.
Alessandro se puso en pie entonces. Se acercó a Sergei con una lentitud de depredador y, antes de que el ruso pudiera reaccionar, Ale le propinó un cabezazo tan seco y brutal que el hombre cayó de rodillas, con la nariz estallada en sangre.
Ale se limpió una gota de sangre de Sergei de su pómulo y me miró a mí. Su mirada recorrió mi vestido blanco, deteniéndose en mi escote y luego en mis ojos.
—Te ves hermosa de blanco, Amarantha —dijo, ignorando por completo al hombre que gemía en el suelo—. Pero el rojo te queda mejor. Sobre todo cuando es la sangre de los que no saben cerrar la boca.