El búnker, que debía ser el lugar más seguro del mundo, se sintió de pronto como una tumba de lujo. El aire estaba viciado y el sonido de las detonaciones arriba llegaba como un latido sordo. Estaba sentada en el suelo, temblando bajo el brazo de mami, hasta que un estruendo metálico hizo que las paredes de hormigón vibraran.
No era una explosión externa. Alguien estaba forzando los conductos de ventilación secundaria.
—No estamos solas, Amy —susurró mami, soltándome. En un segundo, la madre protectora desapareció y emergió la Reina de la Bratva. Sacó una segunda arma de su tobillo y me lanzó un cargador extra—. Arriba. El miedo ya tuvo su momento, ahora nos toca a nosotras.
Me puse en pie, obligando a mis piernas a dejar de temblar. Mis 1.50 metros de estatura me permitieron deslizarme bajo la mesa de control de las cámaras mientras mami se posicionaba tras una columna.
La rejilla del techo colapsó. Tres hombres vestidos de negro cayeron como sombras, con silenciadores listos. No eran mercenarios comunes; eran profesionales enviados específicamente para eliminarnos mientras los hombres peleaban arriba.
—¡Ahora! —gritó mami.
El fuego comenzó. Mami disparaba con una precisión quirúrgica, moviéndose con una elegancia letal que me recordó por qué todos le temían. Yo, desde mi posición baja, logré recuperar la compostura. El miedo seguía ahí, pero la rabia por haber sido humillada por mi propia debilidad era mayor.
Uno de los hombres avanzó hacia mami, ignorando mi posición por mi tamaño. Error fatal. Salí de mi escondite y le disparé directo a la rodilla. Cuando cayó, no le di oportunidad; cerré los ojos un segundo y apreté el gatillo de nuevo.
—¡Amy, a tu izquierda! —gritó mami.
Me arrojé al suelo, rodando sobre el frío metal, mientras las balas de un segundo intruso pasaban rozando mi cabeza. Mami lo interceptó con dos disparos al pecho, pero un tercero logró acorralarla contra la consola de seguridad.
Ver a mi madre en peligro borró el último rastro de parálisis. Me impulsé con fuerza, saltando sobre la espalda del atacante como una fiera. Era mucho más grande que yo, pero mi peso lo desequilibró. Saqué el puñal de plata que mami me había dado —el mismo con el que sellé el trato con Ale— y se lo clavé en el hombro con toda la fuerza de mi desesperación.
Él rugió de dolor y me lanzó contra la pared, pero mami aprovechó el segundo de distracción para terminar el trabajo.
El silencio volvió al búnker, roto solo por nuestras respiraciones agitadas y el goteo de la sangre sobre el suelo pulido. Mami se acercó a mí, me tomó de la cara y me revisó rápidamente.
—Estás bien, Amy. Lo logramos —dijo, limpiándome una mancha de pólvora de la mejilla—. Has defendido tu casa.
Miré los cuerpos en el suelo y luego a las pantallas de seguridad. En una de ellas, vi a Alessandro y a mi padre peleando hombro con hombro cerca de la entrada. Ale estaba cubierto de hollín, disparando con una furia ciega, buscando desesperadamente una forma de entrar de nuevo para vernos.
—Mami —dije, tomando mi arma con firmeza—, diles por el radio que el búnker está despejado. Que no se distraigan por nosotras.
El alivio de haber acabado con esos tres fue solo un espejismo. Justo cuando mami y yo bajábamos la guardia para recuperar el aliento, un ruido ensordecedor llegó desde el pasillo principal del búnker. No eran solo unos infiltrados por la ventilación; habían volado la cerradura electrónica de la entrada secundaria.
—¡Son demasiados, Amy! ¡Detrás de la consola, ya! —gritó mami, empujándome mientras una lluvia de balas empezaba a destrozar las pantallas de cristal y los muebles del refugio.
Eran al menos seis hombres más, equipados con visión nocturna y moviéndose en formación. El búnker, que debía ser nuestro santuario, se había convertido en una ratonera de metal. Mami y yo disparábamos desde nuestra posición, pero nos estaban flanqueando. Sentí el calor de las balas pasando a centímetros de mi oreja; mi corazón latía tan fuerte que sentía que me iba a estallar en el pecho.
—¡Se nos acaba la munición! —le grité a mami, viendo cómo el grupo se acercaba cada vez más.
De repente, una ráfaga de fuego pesado desde la puerta destrozó a los dos hombres que estaban a punto de saltar sobre nuestra posición.
—¡ABAJO TODO EL MUNDO! —rugió una voz que conocía mejor que la mía.
Dmitry irrumpió como un ángel de la muerte, con su ametralladora barriendo la habitación con una precisión brutal. Detrás de él, dos de sus hombres de absoluta confianza terminaron de despejar el área en segundos. Mi tío no perdió ni un instante; se acercó a nosotras, nos agarró a ambas de los hombros y nos levantó con una fuerza desesperada. Tenía la cara manchada de sangre, pero sus ojos estaban fijos en la salida.
—Este búnker ha sido comprometido, Nathaniel dice que hay un topo. ¡Tenemos que salir de aquí ahora! —dijo Dmitry, su voz grave no aceptaba discusiones.
—¿Y Nathaniel? ¿Y Alessandro? —pregunté, tropezando con mis propios pies mientras Dmitry nos arrastraba por un túnel de servicio que yo ni siquiera sabía que existía.
—Peleando para darnos tiempo. ¡No te detengas, Amy! —ordenó mi tío.
Caminamos por un pasadizo estrecho y oscuro durante lo que parecieron horas, aunque solo fueron minutos. Mis 1.50 metros me permitían moverme rápido, pero el miedo seguía ahí, latente. Finalmente, salimos a una zona boscosa a varios kilómetros de la mansión, donde una furgoneta negra nos esperaba con el motor en marcha.
—Aquí estaréis seguras por ahora —dijo Dmitry, ayudándonos a subir—. Es una casa franca que nadie conoce. Ni siquiera la mayoría de la Bratva sabe de su existencia.
Me senté en el suelo de la furgoneta, abrazando mis rodillas. Mami se sentó a mi lado, todavía con el arma en la mano, vigilando la oscuridad del bosque. Estábamos a salvo, pero la incertidumbre de no saber si mi padre o Ale seguían con vida me estaba matando por dentro.