El sol de las 9:00 am se filtraba con timidez por las rendijas de la cabaña, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire. Me desperté sintiendo una calidez que no tenía nada que ver con el frío polar de la madrugada. Estaba en medio de mis padres, protegida por los dos pilares de mi vida.
Sentí una mano grande y áspera, pero llena de una ternura infinita, acariciarme el cabello. Abrí los ojos y me encontré con la mirada de Nathaniel. A pesar del cansancio y la herida de su hombro, me sonreía con esa paz que solo reservaba para nosotras.
—Buenos días, mi pequeña zvezda (estrella) —susurró papi, dándome un beso en la sien mientras mami se desperezaba a nuestro lado, observándonos con amor.
—Parece que alguien extrañaba su verdadera cama —comentó mami con una sonrisa suave.
Papi me estrechó más contra él, rodeándome con su brazo sano.
—No importa cuántos años pasen, ni cuántos tratados firmemos. Mi bebé siempre estará conmigo. Este es su lugar.
Me hundí en su pecho, aspirando el olor a tabaco y hogar que siempre lo acompañaba. El nudo en mi garganta regresó, pero esta vez no era de miedo, sino de una nostalgia anticipada.
—Papi... —murmuré, escondiendo el rostro en su hombro—. Va a ser muy difícil. No quiero mudarme con Alessandro. Estoy demasiado acostumbrada a estar con ustedes, a este cuarto, a nuestra vida. No sé cómo ser una mujer casada en otra casa... con él.
Nathaniel suspiró, y sentí la vibración de su pecho contra mi mejilla. Intercambió una mirada larga con mami antes de volver a enfocarse en mí.
—Lo sé, Amy. Pero eres una Volkov. Llevas nuestra fuerza en la sangre. Alessandro es un gigante difícil de domar, pero anoche demostró que prefiere recibir una bala antes de dejar que te toquen. Eso no significa que dejes de ser nuestra; solo significa que tu imperio se está haciendo más grande.
Me quedé allí un rato más, disfrutando de los últimos minutos de paz antes de que la puerta de la habitación se abriera de golpe. Alessandro estaba allí de pie, ya vestido y con cara de pocos amigos tras haber despertado en una cama vacía.
—Nathaniel, Dmitry ha encontrado algo en los registros del topo —dijo Ale, su voz rompiendo la burbuja familiar—. Es hora de trabajar.
Caminamos de vuelta a la zona común. Yo todavía arrastraba los pies, envuelta en esa camisa de lana que me quedaba como un vestido gigante, cuando escuché la voz de Alessandro.
—Amy —me llamó, deteniéndome en seco. Señaló un bulto sobre un banco de madera—. Aquí tienes ropa. Dmitry la trajo de uno de los suministros de emergencia.
Agarré el montón de tela negra, pero cuando miré hacia el baño, escuché a papi refunfuñando dentro.
—El baño está ocupado —dije, mirando a Ale con fastidio—, y según escucho, no hay agua porque la bomba está desconectada para no hacer ruido. No tenemos presión.
Miré a mi alrededor. La cabaña era un espacio minúsculo, diseñado para esconderse, no para tener privacidad. Alessandro se quedó apoyado contra la pared, cruzado de brazos, observándome con esa intensidad azul que siempre me ponía de los nervios.
—¿Y bien? —preguntó él, alzando una ceja—. No tenemos todo el día.
Suspiré, ignorando el pudor que me quedaba. En este lugar, después de haber matado y haber llorado frente a él, la modestia se sentía como un lujo ridículo. Empecé a desabotonar la camisa de lana justo frente a él. Sentí su mirada quemándome la piel mientras la prenda caía al suelo, dejándome de nuevo en mi ropa interior negra. Mi piel blanca seguía marcada por el color rojo del roce de anoche y por algunas manchas de pólvora que no salieron del todo.
Me puse los pantalones tácticos y la camiseta térmica con movimientos rápidos, sin darle importancia a su presencia. Alessandro no apartó la vista ni un segundo; su mandíbula estaba tensa, pero no se movió de su sitio.
—¿Vas a seguir mirando o vas a ayudarme con las botas? —le solté, sentándome en el banco y extendiendo un pie hacia él con toda mi arrogancia recuperada.
Ale soltó un suspiro pesado, pero se arrodilló frente a mí. Sus manos grandes tomaron mis pies con una firmeza que me hizo estremecer, ajustando los cordones de mis botas militares con fuerza.
—En esta casa no hay secretos, piccola —dijo sin levantar la vista, concentrado en el nudo—. Ni para las balas, ni para nosotros.
Cuando terminó, se puso de pie, superándome por completo en altura, y me tendió la mano para que me levantara.
—Ya pareces una Volkov otra vez —añadió con un rastro de esa sonrisa de medio lado que tanto me irritaba—. Vamos, Dmitry nos espera en la mesa. Ha encontrado al topo.
Me levanté del banco, sintiendo el peso de las botas militares dándome una seguridad que me faltaba minutos antes. Alessandro se giró para recoger su chaqueta táctica, y en ese movimiento descuidado, un pequeño trozo de papel doblado cayó de uno de sus bolsillos interiores.
Él no se dio cuenta. Aproveché mis 1.50 metros para agacharme con rapidez, fingiendo que me ajustaba el pantalón, y lo oculté en la palma de mi mano. Lo guardé en el bolsillo trasero mientras mi corazón empezaba a martillear de nuevo. No era el momento de mirar.
Caminamos hacia la sala. Papi y mami ya estaban allí, sentados a la mesa de madera cruda, con rostros de piedra. Dmitry tenía una tableta encriptada frente a él, iluminando sus rasgos duros en la penumbra de la cabaña.
—Ya estamos todos —dijo mi tío, su voz sonando como el juicio final—. He rastreado la señal que abrió la puerta del búnker desde el exterior. El código de acceso no era genérico. Era un perfil de administrador nivel tres.
Sentí que el aire se congelaba. Solo había cinco personas en toda la organización con ese nivel de acceso.
—¿Quién fue, Dmitry? —rugió papi, golpeando la mesa.
—Fue Grigori —soltó Dmitry.
El nombre cayó como una bomba. Grigori era el jefe de seguridad de la dacha, un hombre que había servido a mi padre durante quince años. Lo había visto en cada cena, en cada evento; era casi parte del mobiliario de nuestra vida.