Rosas de Acero

Capítulo 6

Me quedé ahí, en medio de las ruinas de lo que debía ser mi habitación, respirando el aire frío que entraba por la ventana. Mi piel estaba erizada, pero no por el clima, sino por la furia que aún vibraba bajo mi superficie. Los cristales rotos brillaban como diamantes sangrientos bajo la luz de la mañana.

​Me puse una bata de seda negra, apretando el cinturón con tanta fuerza que casi me cortaba la respiración. Me negaba a que me vieran débil. Me pasé las manos por el cabello, intentando poner orden al desastre, pero mis dedos aún temblaban.

​Escuché pasos pesados en el pasillo. No eran los de Alessandro; eran más rítmicos, más seguros. Un golpe firme sonó en la puerta.

​—Amy, abre la puerta. Soy yo —la voz de papi, cargada de una autoridad que no admitía réplicas, me hizo reaccionar.

​Caminé descalza sobre la alfombra, evitando los vidrios más grandes, y quité el cerrojo. Al abrir, me encontré con Nathaniel y Dmitry. Mi padre bajó la mirada hacia mis manos manchadas y luego recorrió la habitación destruida. Sus ojos se oscurecieron.

​—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó Dmitry, entrando y viendo las gotas de sangre en el suelo—. Alessandro está en la planta baja, sangrando y con una expresión que asustaría al mismísimo diablo. Dice que te volviste loca.

​—No me volví loca, tío —le dije, mi voz sonando como el hielo quebrándose—. Me volví consciente.

​Miré directamente a mi padre, ignorando el nudo en mi garganta.

​—Papi, no habrá boda. No me importa el tratado, no me importa la Bratva, y no me importa Italia. Alessandro Vinciguerra es un traidor o, en el mejor de los casos, un mentiroso incompetente que no puede controlar a su propia gente. No voy a entregarle mi vida a alguien que nos vende por la espalda.

​Nathaniel se acercó a mí y me tomó de los hombros. Su mirada era una mezcla de orgullo por mi valentía y terror por lo que esto significaba para la guerra que se avecinaba.

​—Amy, si rompemos el compromiso ahora, los Vinciguerra se convertirán en nuestros enemigos declarados antes del anochecer —advirtió él en voz baja—. Y Grigori sigue sin decirnos quién era el contacto directo en Italia.

​—Pues que vengan —respondí con una sonrisa amarga—. Prefiero morir peleando con ustedes que ser asesinada mientras duermo por el hombre que dice protegerme.

​Dmitry suspiró y miró por la ventana hacia el jardín, donde los hombres de seguridad se movían nerviosos.

​—Tenemos un problema más grande —dijo mi tío, señalando hacia afuera—. El equipo de Alessandro está cargando sus armas. Él no se va a ir de aquí sin ti, Amy. Dice que su honor está en juego y que, según su ley, una vez que hay sangre de por medio, solo hay dos caminos: el altar o la tumba.

Bajé las escaleras a toda velocidad, casi volando, con la bata de seda ondeando tras de mí como una bandera de guerra. No me importó que mis pies estuvieran descalzos ni que el desorden en mi cabello me hiciera parecer una deidad de la venganza. Al llegar al salón, lo vi: Alessandro estaba de pie junto a la chimenea, con un vendaje improvisado en el hombro que ya empezaba a mancharse de rojo.

​En cuanto me vio, dio un paso al frente, pero yo no me detuve hasta quedar a un palmo de su pecho.

​—¡Mátame, Alessandro! —le grité, mi voz resonando en cada rincón de la casa de campo—. ¡Saca tu arma y acaba con esto de una vez! Porque te juro por mi apellido que prefiero que me pegues un tiro ahora mismo a pasar un solo segundo más atada a un italiano imbécil, arrogante y rastrero como tú.

​Los hombres de la Bratva y los sicilianos se quedaron congelados, con las manos en las culatas, pero a mí me importaba un bledo si estallaba una guerra ahí mismo.

​—¿Crees que tu "honor" me importa? —seguí, escupiéndole las palabras con un asco infinito—. Tu honor es una basura, igual que tú. Eres un perro faldero que ni siquiera sabe quién le pone la correa en su propia casa. ¡Eres patético! Un pedazo de carne con músculos y acento ridículo que cree que puede venir a Rusia a decirme qué hacer.

​Me reí en su cara, una risa histérica y afilada.

​—¡Eres un desperdicio de piel, un muerto de hambre siciliano que solo sirve para recibir tajos de tijera! ¿Eso es lo que quieres llevar al altar? ¿A una mujer que te desprecia con cada fibra de su ser? —le puse el dedo índice en el pecho, justo sobre su herida, y presioné sin piedad—. Lárgate de mi vista antes de que le pida a mi padre que te envíe de regreso a tu isla en una bolsa de basura. ¡No eres hombre, Alessandro, eres solo un cobarde que necesita un contrato para que una mujer lo mire!

​Él apretó la mandíbula tanto que creí que se le romperían los dientes. Su mirada era puro fuego, pero yo no retrocedí ni un milímetro. Estaba disfrutando ver cómo mis insultos le dolían más que las heridas físicas que le había causado arriba.

El rostro de Alessandro se transformó en una máscara de furia animal. Ignorando el dolor de sus heridas, lanzó su mano hacia adelante y me atrapó por el cuello, estampándome contra la columna de mármol del salón. Sus dedos se cerraron con una fuerza que me cortó el aliento.

​—¡Alessandro, suéltala ahora mismo o no saldrás vivo de Rusia! —rugió papi, desenfundando su arma al instante junto a Dmitry.

​Pero antes de que pudieran dar un paso, los hombres de seguridad de Alessandro, que ya habían rodeado el salón, formaron una barrera humana con sus armas en alto. Eran muros de acero bloqueando el paso de mi padre.

​—¡No te metas, Nathaniel! —le espetó Alessandro sin apartar sus ojos inyectados en sangre de los míos—. Estos son problemas entre mi mujer y yo. Ella necesita aprender quién manda.

​Él creía que me tenía sometida, pero no sabía que yo seguía siendo una Volkov. En el bolsillo de mi bata, mi mano se cerró sobre el pedazo de espejo roto que había recogido antes de bajar. Con un movimiento rápido y desesperado, saqué el vidrio y lo deslicé por la piel de su cuello.



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En el texto hay: romance, mafia ...

Editado: 29.01.2026

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