Rosas de Acero

Capítulo 7

El Tintero y la Sangre

​La mañana pasó como un borrón de grises. No dormí; me quedé abrazada a mi peluche, mirando la réplica exacta de mis paredes mientras sentía que el aire de esa casa me asfixiaba. Mis muñecas, ahora vendadas con limpieza, me recordaban cada segundo que era una prisionera de lujo.

​A las cuatro de la tarde, el sonido de un motor rompió la calma del bosque. Un coche negro se detuvo frente a la entrada. Alessandro apareció en el umbral de mi puerta, impecable en un traje oscuro que ocultaba las heridas que yo misma le había causado.

​—El notario está aquí, Amy —dijo con voz neutra—. Baja cuando estés lista.

​Me puse un vestido de seda negra que encontré en el armario y bajé las escaleras con la cabeza alta, aunque por dentro me sentía quebrada. En el gran salón, un hombre mayor con gafas y un maletín de cuero esperaba sentado frente a una mesa de madera maciza. Al verme entrar, se puso de pie con una reverencia tensa.

​—Señorita Volkov —saludó con un hilo de voz.

​Sobre la mesa descansaban varias carpetas con el sello oficial. Alessandro se mantuvo de pie a un lado, como un guardián silencioso. El hombre empezó a pasar las páginas, señalando los lugares donde mi firma sellaría mi destino.

​—Este documento —explicó el notario— formaliza la unión legal y patrimonial entre las familias Vinciguerra y Volkov. Al firmar, usted adquiere el estatus de esposa legal bajo la ley italiana y rusa, con todos los derechos de protección que la Famiglia otorga.

​Tomé la pluma estilográfica. El peso del metal se sentía como una pistola cargada. Miré a Alessandro; él no me quitaba los ojos de encima, buscando cualquier rastro de duda o de esa locura que me había invadido ayer.

​—Firma, Amy —susurró él—. Y la cacería de Lorenzo se detendrá. Tu padre estará a salvo de esta guerra interna.

​Mis dedos temblaron sobre el papel. Firmar significaba aceptar que ya no era solo la hija de Nathaniel Volkov; significaba que, ante el mundo, pertenecía al hombre que me había secuestrado. Con el corazón latiendo en la garganta y pensando en la seguridad de mis padres, deslicé la pluma sobre la línea de puntos.

​El trazo fue rápido, pero para mí, sonó como el cierre de una celda definitiva.

En cuanto el notario cerró su maletín y salió de la habitación escoltado por la seguridad, el silencio volvió a ser asfixiante. Miré el documento sobre la mesa, esa hoja de papel que acababa de vender mi libertad por la paz de mi familia.

​Agarré la carpeta con una rabia contenida y, con un movimiento rápido, se la lancé con todas mis fuerzas al pecho de Alessandro. Los papeles salieron volando, esparciéndose por el suelo de mármol.

​—¡Ahí tienes tu maldito trozo de papel! —le grité, con las lágrimas ardiendo de nuevo en mis ojos—. Ya eres legalmente el dueño de mi desgracia. Ahora cumple tu parte.

​Me acerqué a él, invadiendo su espacio, sin miedo a su tamaño ni a su poder.

​—Quiero hablar con mis padres. ¡Ahora mismo, Alessandro! —le exigí, golpeando su pecho con el dedo índice—. Me dijiste que esto los mantendría a salvo, así que quiero escucharlos. Necesito saber que están bien, que no les ha pasado nada por culpa de tus malditas guerras familiares.

​Me sentía al borde de un ataque de nervios. La dependencia me estaba matando; necesitaba la voz de papi para sentir que todavía existía una salida en algún lugar de este infierno.

​—Si no me dejas hablar con ellos, te juro que este papel no servirá de nada, porque me tiraré por esa ventana antes de que anochezca —amenacé, con una frialdad que hasta a mí me asustó.

Alessandro vio la desesperación en mis ojos y supo que no estaba bromeando con lo de la ventana. Con un suspiro pesado, sacó su teléfono satelital, marcó y me lo entregó.

​—Solo diez minutos, Amy. Por seguridad.

​En cuanto vi el rostro de mi padre en la pantalla de la videollamada, se me rompió el alma. Papi se veía agotado, con el rostro endurecido por la preocupación, y a su lado apareció mami, con los ojos rojos de tanto llorar.

​—¡Amy! ¿Hija, estás bien? —gritó mi padre, pegándose a la cámara.

​—Papi... —sollocé, apretando el teléfono contra mi cara—. Estoy bien, estoy a salvo. Solo... solo quería escucharlos. Por favor, díganme que están bien.

​Hablé con ellos atropelladamente, bebiéndome cada una de sus palabras, asegurándoles que Alessandro me estaba cuidando a pesar de todo, solo para que no cometieran una locura que terminara en una masacre. Necesitaba sentir su calor a través de la pantalla, esa conexión que es mi único oxígeno.

​En cuanto corté la llamada, le arrojé el teléfono a Alessandro sin decir una palabra. No podía siquiera mirarlo a la cara después de haber tenido que mentirles a mis padres sobre mi felicidad. Me di la vuelta y corrí escaleras arriba, entrando en mi habitación y cerrando la puerta con doble llave.

​Me desplomé contra la madera, deslizándome hasta el suelo mientras abrazaba mis rodillas. Estaba legalmente atada a él, encerrada en una réplica de mi pasado, y el peso de la firma que acababa de estampar en ese papel se sentía como una sentencia de cadena perpetua.

Pasaron un par de horas hasta que el hambre y el agotamiento físico pudieron más que mi orgullo. Necesitaba algo de azúcar o mi cuerpo simplemente se apagaría. Abrí la puerta de mi cuarto con cautela y bajé las escaleras, tratando de no hacer ruido, pero me detuve en seco al llegar al salón.

​Alessandro estaba frente al gran espejo del vestíbulo. Se había quitado la ropa cómoda de casa y ahora lucía un traje gris marengo hecho a medida, impecable, ajustándose los gemelos de plata con una frialdad absoluta. Su rostro estaba impasible, como si las heridas del cuello y la nariz ni siquiera existieran.

​—¿Para dónde vas? —le solté desde el último escalón, cruzándome de brazos. Mi voz sonó más afilada de lo que pretendía.

​Él ni siquiera se giró. Terminó de colocarse la chaqueta y revisó su reloj de pulsera antes de mirarme de reojo a través del espejo.



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En el texto hay: romance, mafia ...

Editado: 29.01.2026

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