El eco de la ausencia
El silencio que siguió a la llamada fue más pesado que cualquier grito de Alessandro. Limpié mis lágrimas con el dorso de la mano, sintiendo el vacío que dejaron las palabras de mi padre. "Aprender a vivir sin mí"... esa frase se repetía en mi cabeza como una sentencia.
Me levanté del suelo y escondí el teléfono en el hueco del colchón, justo cuando escuché los pasos pesados de Alessandro regresando por el pasillo. Su respiración era agitada; venía frustrado por la búsqueda inútil en el jardín.
La puerta se abrió sin previo aviso. Alessandro entró, todavía con el arma en la mano antes de guardarla en su funda. Me miró fijamente, escaneando mi rostro enrojecido y mis ojos hinchados.
—No encontramos nada —dijo con voz ronca, acercándose a mí—. Pero parece que tú también has estado sufriendo tu propia batalla aquí dentro.
Se detuvo a pocos centímetros, su presencia llenando cada rincón de la habitación. Me analizó con una mezcla de sospecha y algo que casi parecía culpa.
—¿Por qué lloras, Amarantha? ¿Tanto te dolió que te quitara ese aparato o es que el "intruso" te asustó más de lo que admites?
Le sostuve la mirada, ocultando el temblor de mis manos.
—Lloro porque estoy en una jaula, Alessandro. Y porque sé que mientras tú juegas a los soldados afuera, mi familia se está rompiendo por tu culpa.
Él dio un paso más, invadiendo mi espacio personal, y me tomó de la barbilla obligándome a mirarlo. Su mirada bajó a mis labios y luego volvió a mis ojos, buscando una mentira que no iba a encontrar, porque mi dolor era real, aunque mi secreto estuviera bien escondido bajo las sábanas.
Aparté su mano de un golpe seco, sintiendo el contacto de su piel como si fuera fuego sobre hielo. Retrocedí un paso, marcando una distancia que no era solo física, sino absoluta.
—No me toques —le dije con una voz tan gélida que pareció congelar el aire entre nosotros—. No te atrevas a fingir que te importa mi dolor cuando eres tú quien lo causa.
Me crucé de brazos, mirándolo con un desprecio que no intenté ocultar. Alessandro se quedó inmóvil, con la mano aún suspendida en el aire, y pude ver cómo una chispa de irritación cruzaba sus ojos azules antes de ser reemplazada por esa máscara de piedra que siempre lleva.
—Si terminaste de jugar al guardia heroico, vete —sentencié, dándole la espalda para caminar hacia la ventana—. No quiero que estés aquí. Prefiero el silencio de esta jaula a tener que escucharte a ti.
Escuché cómo tensaba la mandíbula detrás de mí. Sabía que su ego estaba sufriendo, acostumbrado a que todos se dobleguen ante él, pero conmigo no iba a ser así. Él podía tener el papel firmado, podía tener las llaves de la casa, pero nunca tendría mi voluntad.
—Como quieras, Amarantha —respondió él con un tono peligrosamente bajo—. Pero no olvides que, aunque no quieras verme, sigues bajo mi techo y bajo mis reglas.
Se dio la vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí. En cuanto escuché el seguro, corrí al colchón para asegurarme de que mi teléfono seguía a salvo.
En medio de la noche, mientras revisaba el teléfono con el brillo al mínimo, me di cuenta de algo que me heló la sangre. El guardia, en su desesperación por no morir, no solo me había devuelto el aparato; me había dejado abierta una carpeta de archivos compartidos de la red local que Alessandro usa para coordinar a sus hombres.
Mis ojos se abrieron de par en par al ver los registros de llamadas entrantes de la casa. Había una lista de números con prefijos rusos y, entre ellos, uno que me hizo saltar el corazón: el contacto de Tsar.
—¿Tsar? —susurré para mí misma—. ¿Qué tiene que ver la Bratva de Rusia con los negocios de Alessandro en Sicilia?
Sabía que si Alessandro descubría que yo tenía acceso a esto, el guardia sería el menor de sus problemas; me encerraría en un sótano sin ver la luz del sol. Pero la curiosidad pudo más que el miedo. Empecé a descargar los audios de seguridad de las últimas 24 horas.
De repente, la puerta se abrió de nuevo. Alessandro no llamó. Entró con una calma que me dio mucho más miedo que sus gritos. No encendió la luz, se quedó allí, como una sombra imponente en el umbral.
—He estado pensando, Amarantha —dijo con voz ronca, acercándose lentamente a la cama—. Me extrañó mucho que supieras exactamente en qué ala de la casa estaban los "ruidos". Eres muy inteligente... quizás demasiado.
Se sentó en el borde de la cama, justo sobre el lado donde yo tenía el teléfono escondido bajo el colchón. Sentí el peso de su cuerpo y cómo el dispositivo se hundía un poco más.
—Dime una cosa —continuó, inclinándose hacia mí hasta que pude oler su perfume y el rastro de tabaco—. ¿Por qué el guardia que estaba en el pasillo se ve como si hubiera visto a un fantasma y tiene marcas de uñas en el cuello?
Solté una risa seca, cargada de todo el desprecio que pude reunir, y me recosté contra el cabecero de la cama con una indiferencia fingida, a pesar de que el teléfono me quemaba a través del colchón bajo su peso.
—¿Marcas de uñas? —arqueé una ceja, mirándolo a los ojos con burla—. Por Dios, Alessandro, tus hombres son unos ineptos. Ese pobre infeliz se asustó tanto con la "falsa alarma" que él mismo debió haberse provocado esas marcas de puro nervio. O quizás es que no están acostumbrados a que alguien les responda con autoridad.
Me encogí de hombros, restándole importancia al asunto mientras mi corazón latía a mil por hora.
—Si tus soldados son tan débiles que una mujer encerrada los pone a temblar, el problema no soy yo, es tu entrenamiento. Ese chico es un cobarde que no sabe ni dónde está parado. ¿De verdad vas a venir a interrogarme por la incompetencia de tus empleados?
Alessandro no apartó la vista. Sus ojos brillaron en la oscuridad, analizando cada milímetro de mi expresión. Se inclinó un poco más, su peso hundiendo el colchón peligrosamente cerca de donde estaba oculto el iPhone.