Cerré la puerta con el seguro puesto y, con las manos temblando de una mezcla de rabia y terror, marqué el número de mi padre. El tono de llamada me pareció eterno hasta que escuché su voz profunda al otro lado.
—¡Papi! —susurré con urgencia—. Escúchame bien. Alessandro lo sabe. Sabe que hablé contigo y ha amenazado con destruirte. Dice que va a desmoronar todo lo que tienes, que te va a hundir...
Escuché la risa seca y ronca de Nathaniel Volkov al otro lado de la línea. Era una risa que desbordaba poder y una confianza que solo un hombre como él podía tener.
—Que lo intente, hija mía —respondió con una calma que me heló la sangre—. Alessandro es un perro que ladra fuerte, pero olvida quién le enseñó a cazar. No podrá conmigo, Amarantha. Mi imperio tiene raíces más profundas de lo que sus ambiciones pueden alcanzar. No dejes que te asuste con sus juegos mentales.
—¿Puedes buscarme? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta—. ¿Puedes sacarme de aquí?
—Puedo, y lo haré. Pero necesito precisión. Dijiste Sicilia, pero eso es demasiado grande.
—No sé la dirección exacta —dije, acercándome a la ventana para observar el terreno con ojos de espía, tal como él me había enseñado de niña—. Pero voy a activar la ubicación en tiempo real ahora mismo. Escucha: es una mansión de estilo neoclásico rodeada de viñedos secos hacia el este. Hay tres anillos de seguridad. El primero está en la puerta principal, el segundo son patrullas de dos hombres con perros cada veinte minutos, y el tercero son cámaras térmicas en el perímetro del jardín. Los guardias cambian de turno a las 6:00 AM y a las 6:00 PM; es ahí cuando la vigilancia es más débil, justo en el cambio de guardia del ala norte, cerca de las caballerizas.
—Perfecto —dijo mi padre, y pude notar cómo su tono cambiaba al de un estratega militar—. Quédate tranquila, Amy. Mantén ese teléfono oculto. Ahora que sé cómo se mueven sus hombres, encontraré la grieta. Tú solo aguanta un poco más.
Colgué la llamada sintiendo un peso enorme levantarse de mis hombros. Por primera vez en semanas, tenía un plan real. Había traicionado a mi marido entregando la seguridad de su casa, pero
en mi mente, solo estaba comprando mi libertad.
La puerta de mi habitación no se abrió, se desintegró bajo la furia de Alessandro. Entró como un huracán, con el rostro desencajado y una oscuridad en los ojos que me hizo retroceder hasta chocar con la pared. Antes de que pudiera esconder el teléfono, su mano me atrapó el brazo con una fuerza brutal.
—¡Ah! ¡Alessandro, me duele! —un grito de dolor real escapó de mis labios mientras las lágrimas empezaban a rodar por mis mejillas. Sentía que sus dedos iban a quebrarme el hueso.
—¿Te duele, Amarantha? —rugió él, ignorando mi llanto—. ¡Más me duele a mí ver cómo vendes mi cabeza!
Sin darme tiempo a responder, me levantó en vilo, cargándome sobre su hombro como si no pesara nada. Forcejeé, golpeando su espalda con mis puños, pero él era una mole de músculo y rabia.
—Se están intentando meter en la mansión —soltó él con una voz cargada de veneno mientras bajaba las escaleras a zancadas—. Y lo más gracioso es que van directos a los puntos ciegos que solo tú podrías haber entregado. Ya sé quién viene, Amy. Tu padre ha enviado a sus perros.
En ese momento, a pesar del miedo, una chispa de triunfo cruzó mi mente. Hace apenas dos horas que llamé a mi padre... pensé mientras apretaba los dientes por el dolor del brazo. O es el hombre más eficiente del planeta, o ya estaba en Sicilia esperando mi señal. Sabía que no me fallarías, papi.
Alessandro no se detuvo en la planta baja. Bajamos más, hacia las entrañas de la casa, donde el aire se volvía húmedo y frío. Llegamos al sótano, una zona reforzada con hormigón y puertas de acero. Me lanzó sobre una silla metálica y, antes de que pudiera levantarme, escuché el tintineo metálico.
Click.
Me había encadenado del tobillo a la base de una tubería de acero.
—¡No puedes dejarme aquí como a un animal! —le grité, tirando de la cadena.
—Te quedas aquí porque es el único lugar donde no puedes seguir traicionándome —respondió él, cerrando la puerta blindada y quedándose dentro conmigo.
Sacó su comunicador, ajustándose el auricular mientras caminaba de un lado a otro en el reducido espacio, ignorando mis sollozos de rabia.
—Aquí Moretti —dijo con una autoridad gélida—. Informe de situación. ¿Cuántos han caído en el perímetro norte? ¿Tienen visual de Nathaniel Volkov? No quiero heridos, los quiero muertos a todos antes de que toquen el segundo anillo.
Me quedé allí, temblando en el suelo frío, escuchando cómo el hombre que decía amarme coordinaba la masacre de la gente que venía a salvarme.
Alessandro se detuvo en seco, con el rostro iluminado apenas por la luz mortecina del sótano. Alzó un dedo, señalando hacia el techo, obligándome a escuchar el caos que vibraba sobre nuestras cabezas.
—¿Escuchas eso, Amarantha? —su voz era un susurro que cortaba más que un cuchillo—. Es una masacre. Gente que ha servido a mi familia por años está muriendo ahí arriba, y la sangre de tus propios hombres está empapando mi jardín. Todo por tu culpa. Por tu maldita traición.
Me encogí en el suelo, el frío de la cadena quemándome el tobillo. Las lágrimas me nublaban la vista y el pecho me ardía de angustia.
—¡Yo no quería esto! —le grité, con la voz rota por el llanto—. Nada de esto habría pasado si no me trataras así, si no me tuvieras como una prisionera, si no me trataras tan mal desde que llegué a esta casa.
Alessandro soltó una carcajada seca, carente de cualquier pizca de humor. Se arrodilló frente a mí, tomándome del rostro para obligarme a mirarlo. Sus ojos eran dos pozos de furia y dolor.
—¿Tratarte mal? ¡Amarantha, más bien no he podido ni tratarte! —rugió, sacudiéndome apenas—. No tienes idea de quién soy realmente en este mundo. No sabes a cuántas personas he ejecutado por el simple hecho de alzarme la voz, por mirarme mal o por dudar de una orden. Y tú... tú me has escupido, me has mentido, has vendido mi seguridad y has puesto mi cabeza en una bandeja de plata. ¡Y aquí estás, sin que te haya tocado un solo pelo!