Fue la última noche. El aire en San Petersburgo se sentía cargado, eléctrico, como si la atmósfera misma supiera que el plazo de Alessandro expiraba al amanecer. Dormía de nuevo en la habitación de mis padres; a pesar del entrenamiento y de los músculos que ahora tensaban mi cuerpo, estar entre ellos era el único lugar donde mi mente se permitía bajar la guardia.
A mitad de la noche, un chasquido metálico y un gruñido sordo me arrancaron del sueño. Mis ojos se abrieron de golpe. Me incorporé sin hacer ruido, sintiendo el frío del suelo en mis pies mientras salía del cuarto sin despertar a nadie. Bajé las escaleras a oscuras, con una mano en el cuchillo que ahora siempre dormía bajo mi almohada.
Al llegar al gran ventanal del salón, vi una sombra moverse en el jardín nevado. Alguien había soltado a Brutus, el doberman guardián más feroz de la mansión. El perro corría de un lado a otro, inquieto, olfateando el aire con una desesperación que nunca le había visto. No había nadie fuera, solo el rastro de unas pisadas que se perdían en el bosque de abedules.
A la mañana siguiente, el comedor estaba en un silencio sepulcral. Mi padre revisaba informes y mi madre me servía café con manos temblorosas.
—Anoche soltaron al perro —dije, rompiendo el silencio. Mi voz sonó como el cristal rompiéndose—. Alguien estuvo en el perímetro. Y hoy se cumplen los dos meses.
Mi padre dejó los papeles y suspiró, frotándose las sienes.
—Lis, mis hombres han patrullado cada centímetro. No hay rastro de él en kilómetros a la redonda. Quizás solo estaba tratando de jugar con nuestras mentes, Amarantha. Quiere que te desgastes con la paranoia para que cuando realmente aparezca, estés agotada.
Negué con la cabeza lentamente, sintiendo el peso de la gargantilla de cuero que aún llevaba puesta, como si fuera un sensor de su proximidad.
—No —sentencié, poniéndome de pie. Mi mirada era gélida, fija en la ventana—. Mi marido es un monstruo, pero es un monstruo de palabra. Él jamás rompe una sentencia. Si dijo dos meses, es hoy. Estén atentos, no bajen la guardia ni un segundo.
Me retiré del comedor sin mirar atrás, con la espalda recta y los sentidos alerta. Caminé hacia el gimnasio, pero antes de entrar, me detuve en el pasillo principal. El aroma a jazmines y pólvora que había sentido en la caja meses atrás volvió a golpear mi nariz, pero esta vez no venía de un recuerdo. Venía de las sombras del corredor.
Apreté el mango de mi cuchillo, sintiendo el frío del acero contra la palma de mi mano. Mis sentidos estaban disparados; cada sombra en las paredes de la mansión parecía cobrar vida, pero no me detuve. Caminé por los pasillos con pasos felinos, silenciosos, tal como Dmitry me había enseñado. El aroma a jazmines se hacía más intenso a medida que me acercaba al gimnasio subterráneo, una mezcla dulce y letal que me revolvía el estómago.
Crucé el umbral del gimnasio con el arma en guardia. Las luces parpadeaban, bañando el tatami en una penumbra inquietante.
—¿Alessandro? —susurré, pero mi voz no era una súplica, era un desafío.
No vi a nadie. El gimnasio estaba desierto, las pesas y los sacos de boxeo colgaban inmóviles como centinelas mudos. Di un paso hacia el centro, girando sobre mis talones, pero el vacío era absoluto.
De repente, un estruendo metálico me hizo saltar. La pesada puerta de acero por la que acababa de entrar se cerró de golpe. El sonido seco del cerrojo deslizándose por fuera retumbó en todo el sótano.
—¡No! —corrí hacia la puerta y tiré del pomo con desesperación, golpeando el metal con el puño—. ¡Abran! ¡Papá! ¡Dmitry!
Forcejeé con el cerrojo, pero estaba bloqueado. Estaba encerrada. Me pegué a la puerta, respirando agitadamente, y fue entonces cuando sentí ese calor familiar en la nuca, una presencia que no necesitaba ver para reconocer.
—Has estado entrenando duro, mamantha —la voz de Alessandro surgió de la oscuridad, profunda, aterciopelada y cargada de una satisfacción oscura—. Te dije que volvería. Y nunca dejo que mi esposa me espere ni un segundo más de lo prometido.
Me giré lentamente, con el cuchillo en alto. Él estaba allí, apoyado contra la pared junto a las sombras, vestido de negro impecable, como si la oscuridad misma lo hubiera engendrado. Sus ojos recorrieron mi cuerpo, deteniéndose en mis músculos definidos y luego en la garganta, donde el diamante del collar brillaba bajo la luz mortecina.
—Te queda perfecto —dijo, dando un paso hacia la luz con esa sonrisa de depredador que me heló la sangre—. Ahora, veamos si todo ese entrenamiento sirve para algo más que para lucir esas nuevas curvas.
Me quedé inmóvil contra la puerta de acero, dejando que mis hombros cayeran ligeramente, fingiendo una derrota que estaba lejos de sentir. Alessandro acortó la distancia con la parsimonia de quien se sabe dueño de la situación. Sus manos se apoyaron a ambos lados de mi cabeza, atrapándome entre sus brazos, y se inclinó hasta que su aliento, con ese rastro de tabaco caro, acarició mi mejilla.
—¿Dónde quedó esa fiereza, Amarantha? —susurró, bajando la mirada hacia mis labios—. ¿Tanto esfuerzo para terminar así de rápido?
Era el momento. Aprovechando que él se confiaba en su cercanía, deslicé mi mano con la velocidad que Dmitry me había grabado a fuego. Con un movimiento ascendente y letal, hundí el cuchillo con toda mi fuerza directo hacia su abdomen, buscando el hueco entre sus costillas.
El golpe fue seco, metálico. No hubo el sonido de carne desgarrándose, sino el impacto del acero contra una superficie rígida.
Alessandro ni siquiera se inmutó. No retrocedió ni soltó un quejido. Solo soltó una risa baja que me erizó la piel. Bajó una de sus manos y atrapó mi muñeca con una presión que me obligó a soltar el arma, la cual cayó al suelo con un tintineo sordo.
—Precaución por ti, esposa mía —dijo, abriéndose apenas la chaqueta para dejar ver el brillo de un chaleco táctico de Kevlar de última generación—. Sé que ahora tienes garras, y no pensaba dejar que me abrieras el estómago antes de darte los buenos días.