Rosas de Acero

Capítulo 11

El sótano olía a hierro y a miedo. Mikhail estaba atado a una silla frente a Alessandro, quien observaba la escena con una mezcla de fascinación y rabia contenida. Me acerqué a la mesa de herramientas y elegí un escalpelo largo, haciéndolo girar entre mis dedos con la destreza que solo la falta de piedad otorga.

​—¿Te pareció buen negocio, tío? —le pregunté a Mikhail con voz suave, casi cariñosa—. ¿Valía tanto ese puerto en el Mediterráneo como para entregarme a un hombre que prometió quemar este mundo por mí?

​Mikhail, con los ojos inyectados en sangre, me miró con desprecio. Sabía que estaba muerto, y eso le dio el valor de los cobardes.

​—Eres solo una moneda de cambio, Amarantha —siseó—. Tu padre es débil por ti, y tú no eres más que el capricho de un italiano.

​Antes de que pudiera responder, Mikhail lanzó un escupitajo que aterrizó justo en mi mejilla. El silencio que siguió fue sepulcral. Alessandro rugió, tensando las cadenas del techo con una fuerza tal que el metal gimió, sus músculos se marcaron hasta el límite mientras intentaba lanzarse sobre Mikhail a pesar de estar colgado.

​—¡TE VOY A ARRANCAR LA LENGUA CON MIS PROPIAS MANOS, MALDITO HIJO DE PERRA! —gritó Alessandro, sus ojos negros inyectados en puro odio—. ¡NADIE TOCA A MI MUJER!

​Me limpié la mejilla con el dorso de la mano, muy despacio. No sentí asco, solo una chispa de adrenalina que me encendió la sangre. Miré a Alessandro un segundo; ver su instinto protector, incluso estando él mismo cautivo, me dio un extraño poder.

​—Tranquilo, esposo mío —dije sin mirarlo—. Yo me encargo de mi basura.

​Me giré hacia Mikhail y, sin mediar palabra, descargué un puñetazo con el peso de todo mi cuerpo directamente en su cara. El sonido del tabique nasal rompiéndose fue nítido, un crack seco que resonó en toda la mazmorra. Mikhail echó la cabeza hacia atrás, la sangre brotando como una fuente.

​No le di tiempo a recuperarse. Di un paso lateral y conecté un golpe de gancho en sus costillas inferiores.

¡CRACK!

​El sonido de los huesos quebrándose fue música para mis oídos. Mikhail soltó un alarido sordo, doblándose sobre sí mismo mientras el aire abandonaba sus pulmones.

​—Esa es mi chica —murmuró Alessandro desde las cadenas, con una sonrisa sangrienta y la respiración agitada.

​Me incliné hacia el oído de Mikhail, que ahora jadeaba de dolor, y le mostré el escalpelo.

​—Ese golpe fue por el escupitajo. Ahora vamos a empezar a pagar por la traición.

Me puse de pie, sacudiendo mis manos para aliviar la tensión del golpe. Mikhail gemía, con la sangre bañándole la camisa y la respiración silbante por las costillas rotas. Giré la silla para quedar frente a mi esposo.

​—Alessandro —dije, limpiando el escalpelo con un trapo blanco—, tú eres el experto en cobrar deudas. Este hombre te vendió a mi familia, pero también intentó usarte a ti como un simple peón. ¿Qué castigo crees que merece un traidor que no sabe mantener la boca cerrada?

​Alessandro dejó de forcejear con las cadenas y me miró. Una chispa de orgullo diabólico brilló en sus ojos; le encantaba que lo hiciera partícipe de mi carnicería.

​—Ese escalpelo que tienes es muy limpio para un tipo tan sucio, mamantha —dijo con voz ronca, una sonrisa letal dibujándose en su rostro—. Si fuera yo, empezaría por los dedos. Un hombre que firma contratos a espaldas de su sangre no necesita manos para contar dinero. Quítale las uñas, una a una, y veamos si sigue teniendo ese valor para escupirte.

​Mikhail sollozó, intentando sacudir la cabeza, pero yo ya me estaba acercando a él con las pinzas de presión en la mano derecha.

​—Uñas... me gusta la idea —murmuré, agarrando la mano temblorosa de mi tío—. ¿Escuchaste, Mikhail? Mi marido tiene gustos clásicos.

​Alessandro soltó una carcajada que retumbó en las paredes de piedra mientras yo posicionaba la herramienta.

​—Hazlo despacio, loba —susurró él, observándome con una intensidad que quemaba—. Quiero ver cómo pierdes la inocencia del todo antes de que salgamos de este sótano.

El frío del acero contra la raíz de la uña de Mikhail fue el principio del fin. No hubo piedad en mis movimientos; cada grito que escapaba de su garganta rota era una nota en la sinfonía de mi venganza. Alessandro observaba desde sus cadenas con una fascinación casi religiosa, siguiendo cada uno de mis gestos. Cuando finalmente el cuerpo de Mikhail quedó flácido, bañado en su propia miseria y con los dedos destrozados, solté las herramientas.

​Me acerqué a la polea que sostenía a mi marido. Mis ojos se clavaron en los suyos, desafiantes.

​—Ya hice mi parte —dije, y mi voz era puro hielo—. Ahora te toca a ti.

​Hice girar el mecanismo y Alessandro descendió lentamente hasta que sus pies tocaron el suelo, aunque sus manos seguían esposadas por encima de su cabeza. Saqué la llave y, con un chasquido, lo liberé por completo. Él se frotó las muñecas, haciendo crujir su cuello, mientras sus músculos se tensaban como los de un depredador que acaba de ser liberado de su jaula.

​—Te voy a soltar por tres minutos, Alessandro —sentencié, mirando el cronómetro de mi reloj—. Tienes exactamente ciento ochenta segundos para rematar a este traidor y sacarte la rabia de encima. Después, te vas a volver a amarrar tú solo, o haré que Dmitry entre y te obligue.

​Alessandro soltó una carcajada oscura, una mezcla de dolor y pura adrenalina. Se acercó a mí, me tomó del rostro con una mano manchada de sangre y me plantó un beso violento, casi caníbal, que sabía a hierro.

​—Me sobran dos minutos, esposa mía —susurró contra mis labios.

​Se giró hacia Mikhail, quien apenas abría los ojos para ver a su verdugo final. Alessandro no usó armas; quería sentir la vida escapando de ese hombre con sus propias manos. Empezó a descargar una furia que llevaba ocho meses contenida, mientras yo me apoyaba contra la pared de piedra, cruzada de brazos, observando cómo el reloj avanzaba.



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En el texto hay: romance, mafia ...

Editado: 29.01.2026

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