Rosas de Acero

Capítulo 12

Me subí a la camioneta blindada rodeada de mis diez sombras. El mall de lujo en Sicilia no sabía lo que le esperaba. Entré como una exhalación, ignorando las miradas de los civiles; mis guardias apartaban a la gente como si fueran maleza. Compré seda, encaje, cuero y ese vestido vintage que parecía tejido con sombras.

​Cuando regresé a la mansión, el sol se estaba ocultando, tiñendo el Mediterráneo de un rojo sangre. Subí a la habitación, me puse el vestido, ajusté mis nuevas armas y me miré al espejo. El cabello corto me daba un aire de depredadora que me encantaba.

​Bajé las escaleras despacio. Alessandro estaba al pie, con un traje negro que le quedaba impecable, sosteniendo una copa. Al verme, la copa se detuvo a medio camino de sus labios. Sus ojos recorrieron cada centímetro de piel que el vestido dejaba al descubierto, y por un segundo, vi al gran Alessandro Moretti perder la compostura.

​—Te lo advertí —le dije, llegando al último escalón y quedando a centímetros de él—. Dije que ni tú mismo podrías quitarme los ojos de encima. ¿Cumplí mi promesa?

​Él dejó la copa en una mesa lateral sin dejar de mirarme, su respiración se volvió pesada. Me tomó de la cintura con una fuerza que me hizo jadear, pegándome a su cuerpo.

​—Has cumplido con creces, Amarantha —gruñó cerca de mi oído, su voz vibrando de deseo—. Estás tan malditamente hermosa que me dan ganas de quemar ese restaurante ahora mismo solo para no dejar que esos viejos decrepitos te pongan un ojo encima.

​—No seas celoso, Moretti. Solo quiero que vean lo que perdieron por subestimarme —le susurré, dándole un beso corto pero intenso que lo dejó con ganas de más—. Ahora, vamos. Tenemos una cena que arruinar.

El viaje hacia el restaurante fue una tortura silenciosa para Alessandro. Sus ojos no dejaban de desviarse hacia mis piernas, que se asomaban por las aberturas laterales de mi vestido negro cada vez que me movía. Cuando las camionetas se detuvieron frente a la entrada de mármol, el aire se volvió eléctrico.

​Alessandro bajó primero y me tendió la mano. En cuanto puse un pie fuera, el murmullo de la calle se desvaneció. Los fotógrafos y curiosos bajaron sus cámaras; no era una simple mujer bajando de un auto, era una declaración de guerra envuelta en seda.

​Caminamos hacia el salón privado. Al abrirse las puertas dobles, el impacto fue inmediato:

El tintineo de las copas de cristal y las risas de los capos se cortaron en seco. Cincuenta hombres de la mafia siciliana, acostumbrados a ver desfilar a las mujeres más bellas, se quedaron estupefactos ante mi presencia.Los ojos de los ancianos "Don" se clavaron en el escote cruzado y el atrevido recorte central de mi vestido, bajando luego por las aberturas que dejaban al descubierto mis muslos. Algunos incluso olvidaron la comida que tenían en el tenedor.

Alessandro apretó su agarre en mi cintura, emitiendo un aura tan fría que el ambiente pareció bajar diez grados. Él disfrutaba de su envidia, pero odiaba sus deseos.

​Caminé con la cabeza en alto, sintiendo cómo mi cabello corto rozaba mi nuca, dándome ese toque rebelde que contrastaba con la elegancia letal del negro. Me detuve frente a la mesa principal, donde los líderes más poderosos me miraban como si fuera un espejismo oscuro.

​—Buenas noches, caballeros —dije con una voz suave pero que resonó en todo el salón—. Espero que mi presencia no haya interrumpido sus negocios... aunque, por sus caras, parece que acaban de ver a su perdición.

​Alessandro soltó una risa seca y me acercó la silla, asegurándose de que todos vieran cómo me servía como si fuera su única prioridad.

​—Cierren la boca antes de que me vea obligado a cosérselas —gruñó Alessandro a la mesa, mientras se sentaba a mi lado con una suficiencia absoluta.

El ambiente estaba tan cargado que se podía sentir la electricidad estática. Entre el humo de los puros y el olor a vino caro, un capo joven, herencia de una de las familias menores, se levantó con una confianza estúpida. Se acercó a nuestra mesa, ignorando la mirada de muerte de Alessandro, y me hizo una reverencia.

​—Señora Moretti, es un pecado que una mujer tan espectacular pase la noche sentada. ¿Me concedería una pieza? —preguntó, extendiendo su mano.

​Alessandro dejó el cubierto sobre el plato con un sonido seco que resonó en toda la mesa. Sus ojos se volvieron dos rendijas de hielo.

​—No —soltó Alessandro, con una voz que prometía un entierro antes del amanecer.

​Yo le puse una mano en el brazo para calmarlo, sonriendo con esa sizaña que tanto me caracteriza.

​—Tranquilo, Alessandro. Nuestra relación es muy segura, no tiene nada de malo que vaya un rato con el amable señor —dije, dándole una palmadita suave—. Solo es un baile.

​Me puse de pie, sintiendo cómo todas las miradas se clavaban en mí. Al levantarme, debido al corte tan arriesgado de mi vestido, la tela se subió un poco de más por mis muslos. Alessandro, sin decir una palabra, se levantó de inmediato y, con una delicadeza posesiva, bajó la seda del vestido para cubrirme adecuadamente antes de que el otro hombre pudiera ver de más.

​—Gracias, amor —le susurré con un guiño, antes de caminar hacia la pista de baile con el imprudente invitado.

​Mientras yo me movía al ritmo de la música siciliana, uno de los Don más viejos se inclinó hacia Alessandro, intrigado por su calma.

​—¿No te molesta, Moretti? —preguntó el viejo—. Que otro hombre toque la cintura de tu esposa delante de todos nosotros... es un gesto atrevido.

​Alessandro se recostó en su silla, encendió un cigarro y soltó el humo lentamente mientras no me quitaba la vista de encima.

​—No me molesta en absoluto —respondió Alessandro con una sonrisa arrogante—. Disfruto ver a mi esposa feliz. Además, me encanta que la gente se le quede viendo a lo que es mío. Todos pueden mirar, pero solo yo sé cómo se siente esa piel cuando las luces se apagan. Que miren... así saben exactamente lo que nunca podrán tener.



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En el texto hay: romance, mafia ...

Editado: 29.01.2026

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