El jet aterrizó en la pista privada con un chirrido sordo. En cuanto la compuerta se abrió, el aire gélido de Rusia me golpeó el rostro, recordándome quién era antes de Alessandro. Allí, al pie de la escalinata, estaba mi padre. Se veía diez años más viejo que la última vez que lo vi.
—¿Qué haces aquí, Amarantha? —me soltó sin preámbulos, con la voz quebrada por la sorpresa y la desaprobación.
—No me dejaste otra opción, papá. Tu silencio fue un grito —respondí bajando con paso firme, ignorando a sus hombres.
Caminamos hacia el auto blindado. Mis ojos, entrenados para notar cada detalle, se fijaron en las ojeras profundas que le surcaban el rostro y en cómo sus manos temblaban ligeramente al encender un cigarrillo.
—Las cosas no están bien en Rusia, hija. El caos que se desató cuando Alessandro intentó llevarte... fue demasiado —confesó mientras el coche arrancaba—. Tu madre se descuidó. Entre el estrés y el miedo, dejó de seguir su tratamiento. Se hundió, Amarantha. Se puso muy mal.
El trayecto a casa fue un nudo en mi garganta. Al entrar a la mansión, el silencio era sepulcral, con ese olor metálico a hospital que tanto odio. Entré en su habitación y el corazón se me detuvo.
Mi madre estaba allí, casi fundida con las sábanas blancas. Estaba pálida, con la piel translúcida y conectada a varias máquinas que monitoreaban su débil pulso. Al verme, sus ojos se iluminaron con un brillo agónico e intentó apoyar los codos en el colchón para incorporarse.
—¡Amy...! —susurró, con un hilo de voz.
—No, mamá. No te levantes —le dije de inmediato, corriendo hacia ella y presionando suavemente sus hombros para que volviera a recostarse—. Quédate quieta. Ya estoy aquí.
Me senté al borde de la cama, tomándole una mano que se sentía tan fría como el hielo de afuera. Miré a mi padre, que se quedó en el marco de la puerta, y supe que la "anemia hereditaria" de la que habló el doctor en Italia no era nada comparado con la realidad que tenía frente a mis ojos.
Aparté las máquinas y el equipo médico lo suficiente para sentarme con comodidad. Tomé un cuenco con agua tibia y unos paños de algodón, comenzando a limpiar sus manos y sus brazos con movimientos lentos, casi rítmicos. Era una forma de mantener la cordura.
—En Italia hay un mercado de flores increíble, mamá —le decía en voz baja, intentando sonar carismática a pesar de la opresión en el pecho—. Deberías ver los girasoles, son casi tan altos como yo. Y la comida... bueno, Alessandro se asegura de que no falte nada, aunque sea un testarudo.
Mi madre esbozó una sonrisa débil, pero sus ojos estaban fijos en los míos con una lucidez que me inquietó.
—Me alegra que te cuiden, Amy —susurró, acariciando con un dedo mi muñeca—. Porque ahora que tu padre me contó lo de tu anemia, sé que necesitas ese cuidado más que nunca.
Me detuve en seco. El paño quedó suspendido en el aire. Giré la cabeza lentamente hacia la puerta, donde mi padre seguía parado. Le clavé una mirada letal, cargada de una molestia que no me molesté en ocultar. ¿En serio? ¿Le cargas con mis problemas cuando ella apenas puede respirar?
Mi padre bajó la vista, incapaz de sostener la furia en mis ojos, y se retiró al pasillo en silencio.
—No es nada, mamá —dije, volviendo mi atención a ella y suavizando el tono—. Es leve. El médico dice que en tres meses estaré como nueva. No es como lo tuyo... yo tengo fuerza suficiente para las dos.
—La anemia no es solo falta de hierro, hija —me dijo ella con voz pastosa—. Es falta de vida en la sangre. Prométeme que no dejarás que este mundo de hombres y pólvora te consuma como me pasó a mí.
—No lo hará —sentencié, apretando su mano con suavidad—. Yo no soy una víctima de la Bratva, mamá. Yo soy la que decide quién vive y quién muere en ella. Ahora descansa, que todavía tengo que contarte lo mal que baila Alessandro.
Pasé la noche en una silla junto a su cama, contando cada una de sus respiraciones superficiales. Solo cuando el sol empezó a teñir de gris el cielo de Rusia y ella finalmente cayó en un sueño profundo, me permití levantarme. Mis huesos crujían, pero mi determinación estaba más afilada que nunca.
Fui directa al despacho. Mi padre estaba desplomado en su sillón, con una botella de vodka a medio terminar y la mirada perdida.
—¿Por qué se lo dijiste? —solté, mi voz cortando el aire como un látigo—. Sabes perfectamente que no puede con más preocupaciones.
Él ni siquiera se inmutó. Solo pasó una mano por su rostro demacrado.
—Estoy cansado, Amarantha. Ya no tengo fuerzas para filtrar la realidad. Si quieres pelear, busca a otro. Yo ya no puedo más.
Lo observé en silencio. El hombre que una vez fue el terror de la Bratva estaba roto. Miré las carpetas acumuladas, los teléfonos que no dejaban de vibrar y el desorden de una gestión que se caía a pedazos. Tomé una decisión en ese mismo instante.
—Tienes razón. No puedes más —dije, caminando hacia su escritorio y cerrando la botella de golpe—. Así que esto es lo que va a pasar: me quedo. Me voy a quedar aquí los tres meses que dura mi tratamiento. Mi madre va a descansar y tú vas a dedicarte a cuidarla. Yo voy a asumir el poder de la Bratva durante este tiempo.
—Amy, tú no puedes... —intentó protestar, pero lo corté con un gesto frío.
—No acepto un no, papá. Rusia está en caos y no voy a permitir que la casa de mi familia se derrumbe mientras tú bebes para olvidar. Ve con ella. Ahora.
Él me miró, vio la llama implacable en mis ojos y, por primera vez, obedeció sin decir palabra. Salí del despacho y subí a mi antigua habitación. El olor a nostalgia me golpeó, pero no tenía tiempo para sentimientos. Saqué mi teléfono y marqué el número que me sabía de memoria.
Alessandro contestó al primer tono.
—Moretti —dije, sin esperar a que hablara—. Hubo un cambio de planes. No vuelvo la próxima semana. Me quedo en Rusia tres meses. Voy a tomar el mando aquí. Prepárate, porque cuando regrese a Italia, no seré solo tu mujer, seré la mujer que puso en orden a la Bratva sola.