A la mañana siguiente, el aire en la habitación era denso. Me levanté con la disciplina de siempre, pero esta vez no tomé la jeringa. Me senté en el borde de la cama, le entregué el frasco de hierro y lo miré fijamente.
—Si tanto te duele verme así, hazlo tú —le dije con voz firme—. Demuéstrame que puedes cuidar de mí sin derrumbarte.
Alessandro me miró con una mezcla de sorpresa y reticencia, pero tomó la jeringa. Sus manos, acostumbradas a empuñar armas y decidir destinos, temblaron ligeramente al buscar la vena en mi brazo. Mientras la aguja entraba y él empujaba el líquido con una lentitud casi dolorosa, yo me tomé el suplemento oral de un solo trago, sin pestañear.
Era una escena cruda: el gran Capo de Italia, de rodillas frente a mí, enfrentándose a la fragilidad que él mismo ayudó a crear.
—Listo —susurró él, limpiando la gota de sangre con el pulgar.
—Buen trabajo, Moretti. Ahora, muévete. Tenemos un horario que cumplir.
Me arreglé con una elegancia impecable, ocultando cualquier rastro de cansancio bajo un abrigo de piel negro que gritaba poder. Salimos de la mansión en un silencio sepulcral, con mi padre observando desde el balcón como quien ve marcharse a una amenaza.
Llegamos al puerto de aviones privados. El motor del jet ya rugía, listo para devolverlo a su realidad en Italia. Nos detuvimos frente a la escalinata y me giré hacia él, ajustándole la corbata con una calma exasperante.
—Te quedan pocas semanas de soledad, Alessandro. Aprovecha para poner orden en Sicilia, porque cuando yo regrese, no voy a ser la mujer débil que dejaste en el hospital. Voy a ser la Zarina que viste este mes.
No esperé a que respondiera. Le di un beso corto, frío como el invierno ruso, y vi cómo subía al avión con la mirada perdida. El jet despegó y yo me quedé allí, en la pista, sintiendo el hierro correr por mis venas y el poder de Rusia bajo mis pies.
Llegó el último día del mes y la transformación era total. El tratamiento había terminado y yo me sentía imparable, con el fuego de los Volkov ardiendo en mis venas.
El 2 de diciembre, el frío de la pista de aterrizaje mordía las mejillas, pero yo ni siquiera me inmutaba mientras caminaba hacia el jet que me llevaría de vuelta a Italia. Mi padre y mi madre estaban allí para despedirme.
—Papá, escucha bien —le dije a Nathaniel, repasando mentalmente la lista de control por última vez—. Los casinos de Moscú tienen la seguridad reforzada y los informes de Cartacila están en tu escritorio, bajo llave. He purgado a los traidores de Ekaterimburgo, así que las rutas del este están limpias. No dejes que los subordinados se relajen ahora que vuelves tú.
Mi madre, Dasha, dio un paso adelante y me puso una mano en el hombro, sonriendo con esa dulzura que solo ella había recuperado.
—Tranquilízate, Amy —me interrumpió con voz suave—. Tu padre sabe lo que hace, y tú ya has hecho más de lo que nadie esperaba. Deja de ser la jefa por un momento y sé solo mi hija.
Me relajé un poco y suspiré, dejando que la máscara de hierro se agrietara solo por ellos.
—Tienen razón. Pero hablo en serio: cualquier cosa, por mínima que sea, me llaman de inmediato —les pedí, mirándolos a los ojos—. No me oculten nada más.
Me acerqué a mi padre y lo abracé con fuerza. Él me sostuvo como si no quisiera dejarme ir, orgulloso de la heredera que había forjado. Luego besé las manos de mi madre, agradecida de verla sana y de pie. Fue una despedida llena de amor y respeto, una unión que solo los que han sobrevivido a la tormenta pueden entender.
—Es hora de volver a Italia —susurré más para mí que para ellos.
Subí la escalinata del jet con paso firme, sin mirar atrás. Rusia estaba en orden, mi salud estaba perfecta y ahora le tocaba a Alessandro enfrentarse a la mujer en la que me había convertido.
El viaje de regreso fue el cierre de un ciclo. En cuanto aterricé en Italia, no perdí tiempo; me instalé en la mansión Moretti con la autoridad de quien nunca se fue. Apenas una hora después, el doctor personal de la familia ya estaba cruzando la puerta de mi habitación para el chequeo final.
Me mantuve tranquila mientras él revisaba mis niveles y me hacía las pruebas de rigor. Tras unos minutos de silencio, el médico bajó sus instrumentos y me miró con una sonrisa de alivio profesional.
—Buenas noticias, Amarantha. La anemia se ha ido por completo. Todo está en orden, tus niveles son los de una mujer sana y fuerte —dijo, anotando en su libreta—. Pero escúchame bien: no te descuides. No vuelvas a matarte de hambre por el trabajo ni a ignorar las señales de tu cuerpo. Debes ir dejando los suplementos y las jeringas poco a poco, de forma gradual, no de golpe.
Se detuvo y me miró fijamente, con tono inquisitivo.
—Dime la verdad... ¿abusaste de las dosis más de lo debido mientras estabas en Rusia?
—Solo cuando estaba demasiado cansada y el trabajo me exigía más de lo que podía dar —respondí con sinceridad, recordando las noches en vela en el despacho de mi padre—. Pero nada más allá de eso. Solo lo necesario para mantenerme en pie.
—Entiendo. Pero presta atención: ahora que tu cuerpo se acostumbró a ese impulso extra, vas a experimentar la necesidad de recurrir a ellos, como si te faltara energía. Es una trampa mental. No lo hagas. Tu cuerpo ya puede producir lo que necesita por sí solo. No vuelvas a esas jeringas a menos que yo lo ordene.
Asentí, guardando el último frasco en el cajón. Ya no era la mujer pálida que necesitaba ayuda para caminar; era Amarantha Volkov-Moretti, y estaba de vuelta en plena forma.
Entré en mi oficina de la mansión Moretti, el lugar donde el diseño italiano se encontraba con la frialdad de mi eficiencia. Me senté frente al escritorio y empecé a revisar los deberes acumulados; papeles de las navieras en Italia, reportes de los casinos en Moscú... era una montaña de responsabilidades que empezaba a pesar.