Rosas de Acero

15

Ver a Amarantha atada a esa silla fue la decisión más difícil de mi vida, pero no iba a dejar que se matara frente a mis ojos. Su mirada era puro veneno, una mezcla de euforia química y odio real que me atravesaba el pecho.

​—Señor Moretti —me dijo el médico, mientras ella seguía forcejeando con una fuerza inhumana—, esto es una toxicidad sistémica. Sus niveles de hierro son neurotóxicos ahora mismo. Su cerebro no está funcionando, solo está reaccionando. Está al borde de un colapso cardíaco.

​Me pasé la mano por la cara, sintiendo un peso insoportable. Ella me gritaba cobarde, me juraba que me mataría, pero yo solo podía ver a la mujer que amaba destruyéndose por una perfección inexistente.

​—Hazlo ya —le ordené al doctor cuando vi que el pulso en el cuello de Amarantha latía con una violencia aterradora.

​Me acerqué a ella mientras el médico clavaba el sedante. Quise tocarle la mejilla, pero ella me lanzó un escupitajo de rabia.

​—Me traicionaste, Alessandro —susurró con la voz quebrada justo antes de que sus ojos empezaran a cerrarse—. Esto no te lo voy a perdonar nunca.

​La vi desplomarse contra las cuerdas, finalmente en paz, aunque fuera una paz inducida. En cuanto se quedó profundamente dormida, ordené a los hombres que la desataran con cuidado. La cargué en mis brazos; pesaba tan poco que me maldije por no haber intervenido antes. La llevé a nuestra cama y me quedé allí, observando cómo su respiración se estabilizaba mientras el equipo médico instalaba las vías para limpiar su sangre.

​Me senté en el suelo, apoyado contra la cama, con las jeringas que le quité todavía en mi bolsillo. Sabía que cuando despertara, la verdadera guerra comenzaría, pero al menos estaría viva para pelearla conmigo.

​Me quedé de pie junto a la cama, observando cómo el equipo médico conectaba las vías. Ver la sangre de Amarantha circular por esos tubos para ser purificada me revolvía el estómago. Saqué mi teléfono y marqué el número privado de Nathaniel Volkov. Sabía que esto era encender una mecha en un barril de pólvora, pero la rabia me superaba.

​—¿Qué quieres, Moretti? —la voz de Nathaniel sonó profunda y cargada de esa autoridad rusa que suele helar la sangre.

​—¿Qué quiero? Quiero saber qué demonios le hicieron en Rusia —le solté, caminando de un lado a otro frente al cuerpo sedado de su hija—. Amarantha está en una cama, Nathaniel. Sedada, intoxicada y después de haber matado a un socio por un impulso químico. ¡Abusó de cada suplemento y jeringa que le dieron allá!

​Hubo un silencio pesado al otro lado de la línea.

​—Ella quería ser fuerte, Alessandro. Ella exigió estar a la altura —respondió él con una calma que me enfureció aún más.

​—¡No me vengas con eso! —le grité, aunque bajé la voz al ver que ella se movía levemente en sueños—. La dejaron irse por el borde. Casi se le para el corazón hoy en mi oficina. La tuve que amarrar a una silla para que el doctor pudiera tocarla. Si su plan era devolverme a una máquina de guerra sin control, felicidades, lo lograron. Pero ahora es mi mujer y yo voy a limpiar este desastre.

​—Ten cuidado con cómo me hablas, muchacho —advirtió Nathaniel—. Si ella buscó ese refugio es porque en Italia no se sentía lo suficientemente segura.

​Colgué sin despedirme. No tenía paciencia para sus juegos de poder. Me senté al borde de la cama y tomé la mano de Amarantha, la que no tenía la vía puesta. Estaba fría. Me quedé ahí, viendo cómo su sangre se filtraba, odiando el hecho de que para ser la mujer que todos esperaban, ella sintiera que tenía que dejar de ser humana.

No habían pasado ni seis horas desde mi llamada cuando el rugido de unos motores en la entrada me puso en alerta. No esperaba visitas, y mucho menos a esta hora. Bajé las escaleras a paso rápido, pero antes de llegar al vestíbulo, las puertas dobles se abrieron de par en par.

​Allí estaban. Nathaniel Volkov entró como si fuera el dueño de toda Sicilia, con ese abrigo largo negro y una mirada que prometía un funeral. A su lado, Dasha, impecable y con una frialdad que hacía que el aire de la mansión se congelara al instante.

​—¿Dónde está mi hija? —preguntó Nathaniel, sin saludos, sin preámbulos. Su voz retumbó en las paredes de mármol.

​—Está arriba, sedada. El doctor le está limpiando la sangre —respondí, plantándome frente a ellos—. Les dije que no estaba bien.

​Dasha dio un paso al frente, sus ojos clavados en los míos.

—Me dijiste que la tenías amarrada, Alessandro. A una Volkov no se le amarra como a un animal —dijo ella con un tono que era una amenaza directa—. Hazte a un lado.

​Los tres subimos a la habitación en un silencio sepulcral. Al entrar, Nathaniel se quedó de piedra al ver las vías conectadas al brazo de Amarantha y las marcas de las cuerdas que aún se notaban ligeramente en sus muñecas. Se acercó a la cama y le acarició la frente con una ternura que solo reservaba para ella, mientras Dasha revisaba los informes médicos que el doctor había dejado sobre la mesa.

​—Esto es culpa de la presión que tú le pusiste en Moscú, Nathaniel —le solté en un susurro furioso—. La convertiste en esto.

​Nathaniel se giró lentamente, sus ojos grises cargados de una furia gélida.

—Yo le enseñé a sobrevivir. Tú, se supone, debías cuidarla. Y la encuentro atada y canalizada en una cama. Si ella despierta y decide que ya no quiere estar aquí, se regresa a Rusia hoy mismo.

​La guerra ya no era solo interna; los suegros habían llegado para reclamar a su "máquina de guerra" y la tensión en el cuarto era una bomba a punto de estallar.

Nathaniel me miraba como si fuera un estorbo en mi propia casa, pero no iba a permitir que me intimidara. Di un paso hacia adelante, acortando la distancia hasta quedar frente a frente con el Tsar.

​—Ella no se va a ninguna parte, Nathaniel —sentencié con una voz que no dejó espacio a la duda—. Es mi esposa, la dueña de esta casa y la mujer que elegí. No es un soldado que puedas retirar del frente cuando te plazca.



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En el texto hay: romance, mafia ...

Editado: 29.01.2026

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