El techo daba vueltas y el sabor a metal en mi boca era insoportable. Sentía los brazos pesados, como si fueran de plomo, pero la rabia fue el motor que me obligó a moverme. Ignoré las voces que zumbaban a mi alrededor —la de mi padre, la de Alessandro, el llanto contenido de mi madre—.
Me arranqué la cinta médica del brazo con un tirón seco, soltando un siseo cuando la aguja salió de mi vena. Una gota de sangre corrió por mi piel, pero no me importó.
—Amy, no te muevas, estás débil... —empezó Alessandro, estirando una mano hacia mí.
—No me toques —le espeté con una voz que no reconocí, rasposa y fría como el invierno ruso.
Me obligué a sentarme en el borde de la cama. El mundo se inclinó, pero apreté los dientes. Me puse de pie tambaleante, apartando a Nathaniel de mi camino cuando intentó sostenerme. Caminé con pasos erráticos hacia el gran espejo de marco dorado del vestidor. Necesitaba verme. Necesitaba saber qué quedaba de mí.
Me detuve frente al cristal y lo que vi me devolvió el golpe.
Tenía las ojeras hundidas, la piel de un tono grisáceo enfermizo y los labios agrietados. Pero lo peor eran las muñecas: las marcas rojas y amoratadas de las cuerdas eran un recordatorio constante de mi humillación. Parecía una mujer rota, una sombra de la Zarina que había cruzado la frontera.
Toqué el cristal con la punta de los dedos, siguiendo la línea de mi mandíbula. Estaba demacrada. La "fuerza" que sentía días atrás se había evaporado, dejando solo un vacío desolador y una sed de venganza que me quemaba por dentro.
—Mírenme —susurré, sin dejar de mirar mi reflejo, mientras ellos me observaban desde la puerta—. Me ataron como a un animal. Me vaciaron.
Me giré lentamente hacia Alessandro, con los ojos inyectados en sangre y una sonrisa amarga que no llegó a mis ojos.
—¿Crees que esto me curó, Alessandro? Solo lograste que ahora recuerde perfectamente quiénes son mis enemigos... y el primero de la lista eres tú.
No aguanté más la presión de sus miradas sobre mi cuerpo demacrado. Me giré bruscamente, ignorando el mareo que casi me hace caer, y caminé hacia el baño de la suite. Cerré la puerta de un portazo y eché el seguro, dejando a Alessandro y a mis padres del otro lado.
Me deslicé por la pared hasta quedar sentada en el suelo de mármol frío. Y entonces, colapsé.
Las lágrimas empezaron a brotar, calientes y amargas, rompiendo la máscara de hierro que tanto me costó construir. Lloraba de rabia, de humillación, pero sobre todo de una culpa que me asfixiaba. En mi mente se repetían las enseñanzas de los Volkov: "Un líder nunca pierde el control", "La debilidad es una sentencia de muerte". Y yo… yo había roto todas las reglas. Me había convertido en una adicta a una fuerza falsa, en una carnicera sin estrategia que casi se mata a sí misma. Lo que hice estaba mal; iba en contra de mi sangre, de mi legado.
—¡Maldita sea! —sollocé, tapándome la boca para que no me escucharan.
Odiaba a Alessandro con cada fibra de mi ser por haberme amarrado, por haberme tratado como a una loca frente a mis hombres. Pero, al mismo tiempo, un sentimiento contradictorio y doloroso me oprimía el pecho. Sabía, muy en el fondo de mi orgullo herido, que él me había sacado de ese hoyo. Si no hubiera intervenido, mi corazón se habría detenido en ese casino o en mi escritorio.
Lo amaba tanto que me dolía, y precisamente por ese amor, no quería que me viera así: rota, llorando en el suelo de un baño, vacía de todo el poder que creí tener. No podía permitir que el hombre que más amo viera que la Zarina era, en realidad, una mujer que casi se destruye a sí misma por miedo a no ser suficiente.
Escuchaba su voz a través de la madera, ese tono bajo y roto que siempre lograba desarmarme. Cada palabra de Alessandro era un golpe a mi orgullo, pero también un bálsamo para el vacío que sentía en el pecho.
—Sé que me odias... pero no podía ver cómo te convertías en cenizas —decía él, y yo apretaba las manos contra mis oídos, aunque quería grabarme su voz en el alma.
Lo odiaba. Lo odiaba por verme caer, por ser el testigo de mi ruina y por tener el valor de detenerme cuando nadie más se atrevió. Pero mientras me limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano, la verdad me golpeaba: él era el único que me amaba lo suficiente como para dejar que yo lo odiara con tal de mantenerme viva.
Me puse de pie, apoyándome en el lavabo, y me miré una última vez. No iba a salir como una víctima. Me pasé agua fría por la cara, borrando el rastro del llanto, y recuperé el aliento.
—Alessandro —dije, pegando los labios a la puerta, mi voz ahora firme pero cargada de una advertencia—, saca a mis padres de aquí. Ahora mismo. No quiero que me vean así ni un segundo más. Saca a Nathaniel y a Dasha, y solo entonces abriré esta puerta.
No quería ser la "hija de la Bratva" en este momento. Solo quería ser la mujer de Alessandro, aunque tuviera ganas de matarlo por las marcas en mis muñecas.
Escuché el murmullo de pasos alejándose y el sonido pesado de la puerta de la suite cerrándose. El silencio que quedó era denso, cargado de una electricidad que solo nosotros dos compartíamos. Sabía que Nathaniel y Dasha se habían ido sin rechistar, no por obediencia a Alessandro, sino porque finalmente entendieron que en este momento ellos eran los extraños en mi mundo.
Giré la cerradura con dedos temblorosos. Al abrir la puerta, el vapor del baño y mi vulnerabilidad salieron al encuentro de Alessandro, que me esperaba de pie, con el rostro desencajado por la angustia.
No medié palabra. No hubo reclamos, ni insultos, ni la altivez de la Zarina. Me abalancé sobre él con la poca fuerza que me quedaba, rodeando su cuello con mis brazos y escondiendo el rostro en el hueco de su hombro.
Me quebré.
Lloré contra su pecho, empapando su camisa, mientras mis dedos se clavaban en su espalda. Era un llanto desesperado, de esos que duelen en los pulmones, soltando por fin toda la rabia de la humillación y el terror de haberme perdido a mí misma. Alessandro me rodeó con sus brazos, apretándome contra él como si intentara unir mis pedazos rotos, besando mi coronilla y susurrando cosas que no lograba procesar.