Rosas de Acero

17

Alessandro asintió, comprendiendo mi punto. Su mirada se suavizó, y por un instante, vi al hombre que se coló en mi vida y la cambió para siempre.

​—¿Caminamos, Amy? —preguntó, extendiendo su mano—. Como antes.

​La calidez de su palma contra la mía fue un bálsamo. Salimos al jardín, donde el sol de la tarde pintaba el cielo con tonos naranjas y rosados. Caminamos en silencio al principio, disfrutando de la brisa y el aroma de las flores. Era una tregua silenciosa, una forma de reconectar sin palabras.

​—Sabes, los rebeldes no se atreverán a moverse si demuestras tu fuerza, no la ignorancia —dije finalmente, rompiendo la calma. No podía evitarlo, la Zarina siempre estaba ahí.

​Él me miró de reojo.

​—Lo sé. Y sé que mis palabras en la cena no fueron las correctas. Quería protegerte, pero olvidé que no eres una mujer que necesite ser protegida de esa manera.

​Nos detuvimos junto a una fuente de mármol, donde el agua caía con un sonido relajante. Alessandro soltó mi mano, y antes de que pudiera entender sus intenciones, se arrodilló frente a mí en la hierba.

​—Amarantha —dijo, y su voz estaba cargada de una emoción cruda que pocas veces le había escuchado—. Sé que he cometido muchos errores. Desde el primer día. Te he causado dolor, hemos tenido discusiones interminables, he traído la guerra a tu vida de formas que nunca debí permitir. Y lo más imperdonable... te amarré. Te quité tu libertad en un momento donde más la necesitabas.

​Sus ojos, que solían ser tan dominantes, ahora me miraban con una vulnerabilidad que me rompió el alma.

​—Por todo eso... por no hacerlo bien desde el día uno, por cada lágrima que has derramado por mi culpa, por cada cicatriz invisible que te he dejado, te pido perdón. Perdóname por no haber sido el hombre que merecías.

No dejé que se quedara allí solo, como un súbdito ante su reina. Me deshice de la rigidez de mi falda y me senté en la hierba frente a él, quedando a su misma altura, con nuestras rodillas rozándose. El sol poniente nos envolvía en una luz dorada.

​—Alessandro —susurré, buscando su mirada—, cuando te vi entrar por ese salón hace meses, después de doce o trece años sin vernos... mi corazón dio un vuelco. Esperaba encontrarme con ese niño de seis años que me hacía reír, o con el chico de doce que amaba y esperaba con locura. Pero no lo encontré.

​Acaricié su mejilla, sintiendo la aspereza de su barba.

​—Encontré a un hombre frío, a un extraño que me aterraba. Y me llené de odio, Alessandro. Te odié por haber matado al niño que yo recordaba, por convertirte en esta nueva persona implacable. Pero mientras sanaba estas semanas, entendí algo que mi orgullo no me dejaba ver: tú no tuviste mi suerte.

​Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero no de debilidad, sino de una empatía profunda.

​—Yo crecí rodeada del amor de Nathaniel y Dasha, protegida por un muro de afecto. A ti te tocó un mundo distinto. Te tocó sufrir, adaptarte a la fuerza a la oscuridad que te rodeaba para poder sobrevivir. No podías ser aquel niño y ser el Capo al mismo tiempo. Entiendo que te hiciste duro porque el mundo fue duro contigo.

​Le tomé las manos, apretándolas con suavidad.

​—Te perdono, Alessandro. No solo por amarrarme, sino por ser el hombre que tuviste que ser para que hoy estuviéramos aquí.

Alessandro no respondió de inmediato; se quedó mudo, procesando que finalmente yo veía las cicatrices de su alma y no solo los errores de su presente. Sus manos temblaron levemente entre las mías.

​—Amy... —susurró, y en esa sola palabra se desmoronó cualquier rastro de la frialdad del Capo.

​Me acerqué a él lentamente, eliminando la poca distancia que quedaba. Alessandro tomó mi rostro entre sus manos con una veneración casi religiosa, como si tuviera miedo de que, de ser un sueño, yo pudiera desvanecerme entre sus dedos.

​Nos unimos en un beso que sabía a todo lo que habíamos pasado: a la rabia de los últimos meses, al dolor de las cadenas, pero sobre todo, a la redención. Fue un beso lento, profundo y bello, de esos que detienen el tiempo y hacen que el resto del mundo —las guerras, los rusos, los rebeldes— deje de existir.

​Bajo el cielo encendido de Sicilia, sobre la hierba fresca, nos sellamos de nuevo. Ya no era un pacto de sangre o de negocios; era el beso de dos personas que, después de haberse perdido en la oscuridad, finalmente encontraban el camino de vuelta a casa en los labios del otro.

Entramos a la mansión de la mano, con una paz que parecía irreal después de tanta tormenta. Pero la burbuja estalló en cuanto cruzamos el umbral. Enzo nos esperaba en el vestíbulo con el semblante serio y el teléfono en la mano; su sola presencia ya gritaba "negocios".

​—Alessandro, tenemos cosas que atender —dijo Enzo con tono urgente—. Es sobre las rutas del sur. No puede esperar.

​Alessandro suspiró, pero esta vez no había tensión en sus hombros. Se giró hacia mí, me tomó del rostro con una dulzura que hizo que Enzo desviara la mirada y me depositó un beso largo y tierno en la coronilla.

​—Descansa, Amy. Volveré en cuanto termine con esto —susurró antes de alejarse con paso firme junto a su mano derecha.

​Me quedé observándolo hasta que desapareció por el pasillo del despacho. Luego, me giré hacia mi padre, que estaba sentado en su sillón de siempre, observando la escena con esa mirada de halcón que nunca descansaba. Me acerqué a él y me senté en el brazo de su silla.

​—Papá —le dije, rompiendo el silencio—, has estado aquí mucho tiempo cuidándome. ¿Qué pasa con Rusia? No puedes dejar el trono vacío tanto tiempo. ¿Quién está controlando la Bratva mientras el Tsar está en Sicilia?

​Nathaniel dejó su vaso de cristal sobre la mesa y me dedicó una sonrisa de medio lado, cargada de esa confianza absoluta que solo él poseía.

​—No te preocupes por el norte, Zolotse —respondió con voz profunda—. Rusia está en buenas manos. Dmitry se está encargando de todo. Sabe perfectamente lo que tiene que hacer si alguien intenta pasarse de listo mientras yo no estoy. Mi prioridad ahora eres tú.



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En el texto hay: romance, mafia ...

Editado: 29.01.2026

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