Rosas de Acero

18

Me reí a carcajadas al ver la cara de Alessandro mientras Petra lo bombardeaba con jerga venezolana a propósito. En realidad, tanto Petra como mi tío Erickson hablaban un ruso impecable —tenían que hacerlo viviendo donde vivían—, pero les encantaba aplicar la "joda" de hablarles así solo para ver cómo se les cruzaban los cables a los dos hombres más poderosos de la sala.

​—¡Ay, ya, no lo tortures más, tía! —dije en español, guiñándole un ojo a Alessandro, quien me miró con cara de "sácame de aquí".

​Erickson soltó una carcajada y, de un segundo a otro, cambió el chip. Se enderezó, recuperó su postura formal y se dirigió a mi padre en un ruso perfecto y fluido.

​—Es un placer verte de nuevo, Nathaniel. Gracias por enviar el jet, el vuelo estuvo excelente —dijo Erickson con una seriedad que dejó a Alessandro parpadeando por el cambio tan radical.

​Petra también cambió el tono, aunque no perdió su chispa. Miró a Alessandro y le habló en ruso, con ese acento ligero que la hacía sonar elegante pero peligrosa.

​—No te asustes, muchacho. Solo queríamos ver si el nuevo esposo de Amy tenía aguante —le dijo Petra, dándole una palmadita en la mejilla—. Pero ahora, hablando en serio, prepárate, porque esta noche no vas a tener descanso.

​Se giró hacia mi madre y hacia mí, y de inmediato volvió al español con esa naturalidad que solo nosotros teníamos.

​—¡Bueno, mis reinas! ¿Qué vamos a hacer? Yo me traje un vestido que va a dejar a todo el mundo con la boca abierta. Dasha, dime que ya tenemos la reserva, porque yo hoy no hago cola ni que me paguen.

​—Todo listo, Petra —respondió mi madre, también en español, mientras caminábamos hacia las camionetas—. Nos vamos a producir como Dios manda. Dejemos que estos dos sigan hablando de sus "negocios" en ruso, que nosotras tenemos una rumba que organizar.

​Subimos a los vehículos dejando a Alessandro y a Nathaniel intercambiando una mirada de resignación. Sabían que, cuando nos poníamos a hablar en español, ellos estaban oficialmente fuera de la conversación y que la noche iba a ser larga.

Erickson, ya impecable con una camisa que resaltaba su porte, nos lanzó un beso al aire y salió de la habitación. Sabía que se iba a "terracear" con los muchachos, probablemente a tratar de calmarles los nervios a Nathaniel y Alessandro con un buen vodka mientras nosotras terminábamos de producirnos.

​La habitación se convirtió en nuestro santuario. Había vestidos de seda por todos lados, tacones de infarto y el olor dulce de los perfumes mezclándose con el de las lacas de cabello.

​—¡Muchacha, pero ponme algo de música! —exclamó Petra mientras se aplicaba un labial rojo fuego frente al espejo—. ¿Cómo vamos a empezar a bebernos este vinito sin un buen ritmo?

​Dasha, que ya estaba casi lista con un vestido negro que le quedaba como una segunda piel, se sirvió una copa y se sentó en el borde de la cama, observándome con orgullo.

​—¿Cómo te sientes, Amy? —preguntó en español, con voz suave—. 21 años... parece que fue ayer cuando te tenía en ese búnker rezando para que no salieras antes de tiempo.

​—Me siento... completa, mamá —le respondí mientras me terminaba de ondular el cabello—. Siento que después de todo el caos, finalmente sé quién soy. Y tenerlas aquí, hablando así, como si el mundo de afuera no existiera, es el mejor regalo.

​—¡Ay, no se me pongan sentimentales que se me corre el rímel! —intervino Petra, dándonos una vuelta para lucir su figura—. Miren esta joyita. Yo lo que quiero saber es si Alessandro se va a poner muy tóxico en la discoteca o si lo tenemos bien dominado. Porque hoy, mi reina, tú vas a ser el centro del universo.

​Nos reímos las tres. Hablamos de todo un poco: de la clínica de Petra, de cómo Erickson se quejaba de la oficina, y de cómo Alessandro, a pesar de su fachada de tipo duro, caía rendido ante mis pies cada vez que yo le hablaba bajito. Era ese momento de complicidad femenina que tanto me hacía falta; sin rangos, sin jerarquías, solo la tía, la madre y la hija disfrutando de ser mujeres antes de salir a devorarnos la noche siciliana.

​—Salud por la Zarina de los 21 —dijo Petra levantando su copa—. ¡Y que se preparen esos hombres, porque hoy las que mandan somos nosotras!

Me di un último toque de labial, ajusté el colgante de cruz que descansaba en mi escote y me puse la torera de peluche negro. Me miré al espejo y sonreí: el animal print me hacía ver peligrosa y letal, justo como me sentía a los 21.

​Cuando abrimos la puerta y empezamos a bajar las escaleras, el silencio en el salón fue sepulcral. Erickson soltó un silbido de asombro, pero las miradas de mi padre y Alessandro eran pura lava. Alessandro se separó de la pared de un salto, bloqueando el final de la escalera.

​—No vas a salir así, Amarantha. Ni de broma —sentenció, con esa voz de mando que solía hacer temblar a sus soldados.

​Me detuve en el penúltimo escalón para quedar casi a su altura, apoyando una mano en mi cadera y sosteniéndole la mirada con un descaro absoluto.

​—¿Ah, sí? ¿Y quién me lo va a impedir? ¿Tú? —le solté con una sonrisa provocadora.

​Alessandro dio un paso al frente, invadiendo mi espacio personal, sus ojos oscurecidos por la posesividad.

​—Fíjate que sí. Soy tu esposo y te digo que así no sales a que medio mundo te devore con la mirada. No es negociable.

​Sentí la sangre hervir, pero no de miedo, sino de pura adrenalina. Me acerqué a su oído, rozando su mejilla con mis labios antes de hablarle con una frialdad que lo dejó helado.

​—Escúchame bien, Alessandro. Ya no soy la niña que amarraste en un cuarto. Hoy es mi cumpleaños, soy la hija del Tsar y la mujer que camina a tu lado, no debajo de ti. Voy a salir así, quieras o no. Así que o te apartas y disfrutas del espectáculo, o te quedas aquí solo contando las horas hasta que regrese.



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En el texto hay: romance, mafia ...

Editado: 29.01.2026

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