El viaje a casa fue un silencio sepulcral, solo interrumpido por el motor rugiendo. En cuanto el auto frenó en seco frente a la mansión, Alessandro bajó y rodeó el vehículo como un huracán. Abrió mi puerta con una brusquedad que casi arranca la bisagra.
Yo estaba mareada, la mezcla de los tragos de Evaniel y la adrenalina me tenían la cabeza dando vueltas. Intenté bajar con dignidad, pero entre los tacones de infarto y el equilibrio perdido, casi me voy de frente. Alessandro no tuvo paciencia: me tomó por la cintura, me cargó al hombro como un saco de papas y subió las escaleras ignorando mis quejas.
—¡Suéltame, animal! —le grité golpeándole la espalda, pero él no se detuvo hasta llegar a nuestra habitación.
Me soltó de golpe sobre la alfombra. Estaba fuera de sí, con los ojos inyectados en sangre.
—¿En qué demonios estabas pensando, Amarantha? —rugió, señalando la puerta—. ¡Casi mato a ese imbécil frente a todo el mundo! ¿Te divierte ponerme a prueba?
Yo, con esa valentía borrosa que te da el alcohol, ni siquiera lo miré. Me tambaleé directo al baño, soltando la torera de peluche en el piso.
—¡Te estoy hablando! ¡Préstame atención cuando te reclamo algo! —gritó siguiéndome hasta el marco de la puerta del baño.
Me apoyé en el lavamanos y agarré una toallita desmaquillante, concentrada en quitarme el rímel como si mi vida dependiera de ello.
—¿Qué quieres que te diga, Alessandro? —respondí arrastrando las palabras, mirándolo a través del espejo—. Me arruinaste la fiesta. Estaba pasando un buen rato y llegaste tú con tu complejo de sicario a espantar a todo el mundo.
—¿Que yo te la cagué? —se rió con sarcasmo, dando un paso hacia mí—. ¡A ti se te olvidó que estabas casada! Te dejaste manosear por un muerto de hambre frente a mis narices.
—¡En ningún momento se me olvidó! —me giré, con el rostro a medio limpiar y los ojos encendidos—. Jamás se me acercó más de lo debido. Estábamos hablando, Alessandro. Hablando.
—¡Te tocó, Amarantha! ¡Ese infeliz te puso la mano encima! —su voz retumbó en las paredes de mármol.
Me pasé la mano por la frente, el mareo me estaba ganando y ya no quería pelear más.
—Ya cállate mejor, amargado —le solté, dándole la espalda para seguir con mi rutina—. No dejas vivir a nadie. Arruinaste mis 21 y ahora quieres que te pida perdón. Déjame tranquila.
Me ignoró por completo que le pidiera silencio. Alessandro se plantó en la entrada del baño, bloqueándome la salida, con los brazos tensos y una vena marcándosele en la frente.
—¡No me voy a callar! —rugió, su voz rebotando en los azulejos—. Primero te pusiste a bailar con un carajito cualquiera en la pista y después te fuiste a la barra a darle alas a ese infeliz. ¡Te estabas comportando como si fueras soltera, Amarantha! ¡Como si no tuvieras un anillo en el dedo y un hombre que te respalda!
Me pasé el algodón por el ojo con una calma que lo estaba sacando de sus casillas. Me sentía pesada por el alcohol, pero con la lengua lo suficientemente afilada para cortarlo.
—¡Ay, ya deja de fastidiar, por Dios! —le solté, tirando el algodón sucio al bote de basura—. No me creía nada. Estaba disfrutando mi cumpleaños, algo que tú claramente no sabes hacer.
Me giré para encararlo, sosteniéndome del lavamanos porque el piso se me movía un poco.
—Deja de ser tan amargado, Alessandro. Nada más tienes 26 años, ¡26! Te comportas como si tuvieras ochenta y fueras el dueño del mundo. Deja de joder por una noche y deja que la gente respire.
Eso fue la gota que derramó el vaso. Alessandro dio un paso violento hacia adelante, invadiendo mi espacio hasta que sentí el frío del mármol en mi espalda. Estaba exaltado, su respiración agitada golpeándome la cara.
—¡No son mis años, es mi respeto el que estaba en juego en ese club! —exclamó, golpeando la pared con la palma de la mano—. ¡No soy un amargado, soy el hombre que tiene que limpiar tus desastres porque tú decides que "ser libre" es coquetear con medio mundo! ¿Crees que esto es un juego? ¿Crees que mis 26 años me quitan la sangre fría para acabar con cualquiera que te mire como ese tipo lo hizo?
Alessandro dio un paso más, acorralándome contra el lavamanos. Sus ojos eran dos pozos de furia pura.
—¡Y no creas que no vi el papelito, Amarantha! —rugió, su voz vibrando en mi pecho—. ¿Qué demonios le diste a ese imbécil? ¿Qué carajo escribiste ahí?
—¡Ay, Alessandro, supéralo! —le grité, intentando empujarlo, aunque mis brazos se sentían como gelatina—. Simplemente me pidió el Instagram y ya. No es para tanto.
Él se quedó helado un segundo, procesando mis palabras, antes de que su cara se pusiera roja de la rabia.
—¿Se lo diste? —preguntó en un susurro que daba más miedo que sus gritos—. ¿Le diste tu Instagram a un barista de quinta en mi propia cara?
—¡Le di una cuenta que ni uso! —exclamé, tambaleándome mientras trataba de recuperar mi equilibrio—. Es una cuenta vieja, una que casi nunca abro. No le di mi perfil principal, así que deja de exagerar.
—¿Que deje de exagerar? —Alessandro golpeó el mármol con el puño, haciéndome saltar—. ¡Es una cuenta que tú manejas! ¡Un perfil donde ese tipo te puede escribir, mandarte fotos, hablarte! ¡Le diste una vía de entrada a tu vida! ¡Me importa una mierda si es la principal o la secundaria, le diste acceso a ti!
Estaba fuera de sí, caminando en círculos en el corto espacio del baño, pasándose las manos por el cabello como si quisiera arrancárselo.
—¡Es un canal de comunicación, Amarantha! —continuó gritando—. ¡Mientras yo estaba ahí cuidándote las espaldas, tú le estabas abriendo la puerta a un desconocido! ¿Acaso no te das cuenta de quién eres? ¡No eres "Kaylani", eres mi mujer y la hija de un hombre que mata por menos de lo que hiciste hoy!
Me quedé mirando un punto fijo en la pared, con la mente procesando a paso de tortuga por culpa del alcohol. Lo miré con una seriedad cómica, como si acabara de descubrir el secreto del universo.