Me quedé hipnotizada por la pantalla mientras los protagonistas se despedían bajo la lluvia con una música de piano de fondo que me partía el alma. Las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas sin que pudiera detenerlas; el alcohol residual me tenía las emociones a flor de piel y la historia era demasiado perfecta.
—¡Es que es tan injusto! —sollocé, sorbiendo por la nariz mientras me limpiaba la cara con la manga de su camisa.
Alessandro, que hasta hace un j momento parecía estar a punto de quedarse dormido de puro aburrimiento, se tensó al escucharme llorar. Dejó el control a un lado y me miró con una mezcla de ternura y desconcierto.
—Piccola, no llores... —susurró con esa voz profunda que siempre me erizaba la piel—. Es solo una película, amor. Solo son actores.
No le hice caso. Necesitaba sentirlo más cerca, así que me moví con torpeza y me subí a su regazo, horcajadas sobre él, escondiendo mi cara en su cuello mientras mis hombros temblaban por el llanto. Alessandro soltó un suspiro pesado, pero sus manos se posaron de inmediato en mi cintura, sujetándome con esa firmeza que me hacía sentir que nada malo podía pasarme.
—Mírame —me pidió, pero como no lo hice, él mismo me obligó a levantar la cara.
Empezó a besarme por todas partes. Besó mis ojos húmedos, mis mejillas calientes, mi nariz y mi frente. Eran besos suaves, protectores, que me hicieron olvidar por completo el drama coreano.
—Ya está, deja de sufrir por gente que no existe —murmuró contra mi piel antes de buscar mis labios.
Me dio un beso profundo, de esos que te roban el aliento y te hacen olvidar hasta cómo te llamas. Sus manos apretaron mi cintura y yo me enredé en su cuello, respondiéndole con la misma intensidad. En ese momento, en esa cama y bajo su cuerpo, el mundo exterior —los bares, los celos y los dramas— simplemente dejó de existir.
El beso se fue volviendo lento, perdiendo la urgencia pero ganando en una entrega absoluta. El calor de su cuerpo contra el mío, sumado al efecto de la pastilla y el cansancio emocional de la mañana, empezó a pasarme factura. Mi respiración se sincronizó con la suya y el llanto de la película quedó como un eco lejano.
Alessandro rompió el beso apenas unos milímetros, rozando su nariz con la mía. Me miraba con una intensidad que ya no quemaba, sino que me daba paz.
—Duérmete, piccola —susurró, su voz vibrando en mi pecho—. Ya fue suficiente por hoy.
Me acomodé sobre él, hundiendo mi rostro en el hueco de su cuello, aspirando ese aroma a madera y seguridad que solo él emanaba. Él se recostó un poco más en las almohadas sin dejarme bajar de su regazo, envolviéndome con sus brazos como si fuera un escudo. El televisor seguía encendido, mostrando los créditos finales de la serie coreana, pero para nosotros el mundo ya se había apagado.
Sentí sus dedos acariciando rítmicamente mi espalda, un movimiento hipnótico que terminó de cerrar mis párpados. Alessandro también exhaló un suspiro largo, relajando los hombros por primera vez en veinticuatro horas. La pelea, los celos y los gritos de anoche quedaron enterrados bajo esa sábana.
Poco a poco, el silencio de la habitación nos envolvió y el sueño nos venció a ambos, quedándonos fundidos en un solo abrazo, en medio de la paz que solo llega después de la tormenta.
Abrí los ojos muy despacio, sintiendo el cuerpo pesado pero extrañamente relajado. La habitación estaba sumergida en una luz naranja cálida; el sol ya se estaba ocultando. Lo primero que sentí fue el pecho firme de Alessandro bajo mi mejilla y sus brazos, que no me habían soltado en todo este tiempo.
Eché un vistazo al reloj de la mesa de noche: las 5:00 PM. Me había quedado fundida.
—Vaya, al fin despiertas, bella durmiente —su voz retumbó en mi oído, profunda y con un rastro de sueño todavía.
—¿Qué hora es...? —balbuceé, restregándome los ojos como una niña pequeña, todavía a horcajadas sobre él.
—Son las cinco de la tarde, piccola. Dormiste muchísimo —dijo Alessandro, dándome unas palmaditas suaves en la cadera—. Te saltaste el almuerzo y ya casi es hora de la cena. Tienes que bajar a comer algo nutritivo de una vez, no puedes seguir solo con esa sopa.
Asentí soñolienta, apoyando mi frente en su hombro. No tenía fuerzas ni para poner los pies en el suelo; la resaca se había ido, pero el cansancio me tenía dopada.
—No quiero caminar... —murmuré contra su cuello.
—Lo sé, no me lo tienes que decir dos veces —respondió él con una media sonrisa.
Se incorporó en la cama conmigo encima, demostrando esa fuerza que siempre me dejaba boba, y me cargó con facilidad. Salimos de la habitación y bajamos las escaleras; yo iba aferrada a su cuello, disfrutando del vaivén de sus pasos mientras atravesábamos la mansión hasta llegar a la cocina.
Todavía aferrada al cuello de Alessandro y con la mente algo nublada por el sueño, entramos a la estancia principal antes de llegar a la cocina. Me quedé helada al ver el movimiento: mi padre y mi madre estaban allí, junto a Petra y Erickson, rodeados de maletas perfectamente alineadas.
—¿Ya se van? —pregunté con la voz pastosa, asomando la cabeza por encima del hombro de mi esposo.
Mi padre, el Tsar, me miró con esa mezcla de autoridad y cariño que solo reservaba para mí. Esbozó una sonrisa de lado, ajustándose el reloj.
—Ya es hora, pequeña. Rusia me llama y los negocios no se cuidan solos —respondió con su voz profunda—. Además, parece que tú ya estás en buenas manos.
Me bajé de encima de Alessandro algo aturdida, sintiendo el suelo frío bajo mis pies descalzos por primera vez en horas. Caminé hacia ellos con un nudo en la garganta. El drama de anoche y la paz de la tarde me tenían sensible. Abracé a Petra y a Erickson, y luego me hundí en los brazos de mis padres, dándoles un beso a cada uno.
—Los voy a extrañar muchísimo... —les susurré, sintiendo que la casa se iba a sentir demasiado grande sin su caos habitual.