Alessandro soltó una risa ronca tras el manotazo, pero sus ojos se oscurecieron con una intención que me hizo flaquear las piernas. El agua caliente nos golpeaba los hombros, pero el calor que emanaba de su cuerpo era mucho más intenso.
—Sé que tienes tu "regalo" mensual, piccola —susurró, pegando sus labios a mi oído mientras sus manos grandes bajaban por mi espalda hasta apretar mis glúteos, levantándome un poco para que sintiera lo mucho que me deseaba—. Pero eso no significa que yo no pueda divertirme contigo... ni que tú no vayas a suplicar mi nombre.
Me estremecí cuando sentí sus dedos expertos buscar el camino entre mis muslos, evitando la zona prohibida pero encontrando el punto exacto que me hacía perder la razón. Gemí, echando la cabeza hacia atrás mientras el agua me empapaba la cara. Alessandro me acorraló contra los azulejos fríos, creando un contraste delicioso con el fuego de su piel.
—Eres mía, Amarantha. Con periodo o sin él, cada centímetro de este cuerpo me pertenece —gruñó, empezando a succionar la piel de mi cuello, dejando una marca que gritaría a todo el mundo quién era mi dueño.
Sus manos no se detuvieron. Con una habilidad que solo él poseía, empezó a jugar con mi sensibilidad, llevándome al borde del abismo mientras sus labios devoraban mis pechos bajo el chorro de agua. Yo solo podía aferrarme a sus hombros anchos, enterrando mis uñas en sus cicatrices, sintiendo cómo la tensión subía y subía hasta que el mundo alrededor de la ducha desapareció por completo.
—Alessandro... por favor... —supliqué, con la voz rota.
—Dime qué quieres, piccola —se burló con arrogancia, aumentando el ritmo de sus caricias hasta que mis rodillas cedieron y tuvo que cargarme por completo para que no me cayera.
Una chispa de picardía se encendió en mis ojos a pesar de estar temblando por el placer que me acababa de dar. Si él creía que iba a ser la única en quedar sin aliento, estaba muy equivocado. El monumento tenía que aprender que yo también sé jugar sucio.
—No creas que te vas a quedar así, Alessandro —susurré con la voz entrecortada, bajando la mirada hacia donde su deseo seguía reclamando atención.
Me deslicé por su cuerpo, sintiendo la fricción de su piel mojada contra la mía, hasta quedar de rodillas sobre el suelo de mármol de la ducha. El agua caía sobre mi espalda, pero yo solo tenía ojos para él. Alessandro soltó un gruñido profundo, una mezcla de sorpresa y anticipación, mientras sus manos se enterraban en mi cabello empapado, guiándome.
—Piccola... —advirtió con una nota de desesperación que rara vez mostraba.
Lo miré hacia arriba, desafiante, antes de rodearlo con mis manos y empezar a devolverle cada gramo de la intensidad que me había dado. Usé mis labios y mi lengua con una lentitud tortuosa, disfrutando de cómo sus músculos abdominales se tensaban hasta parecer piedra y cómo su respiración se volvía un eco ronco en el baño.
Alessandro echó la cabeza hacia atrás, apoyando una mano contra la pared de la ducha para no perder el equilibrio. Sus dedos se apretaron en mi pelo, no con fuerza para lastimar, sino con la urgencia de quien está a punto de perder el control absoluto.
—Maldita sea, Amarantha... me vas a volver loco —rugió, mientras el vapor y el sonido del agua envolvían el momento más pecaminoso de la noche.
Me esmeré en cada movimiento, saboreando el poder que tenía sobre el gran Capo en ese instante, hasta que sentí que su cuerpo se tensaba al límite y supe que lo había derrotado en su propio juego.
Un líquido blanco explotó en mi boca y el levanto mi menton
—Tragalo todo piccola que para eso eres mi mujer. — rugio ajitado.
Eso hice lo trague, el con su dedo pulgar, limpió lo que quedó en mi barbilla y metió su dedo en mi boca haciéndome chuparselo con satisfacción.
Después de que Alessandro recuperara el aliento, no me dejó levantarme del suelo de la ducha por mi cuenta. Me tomó de los brazos con una delicadeza que contrastaba con la ferocidad de hace un momento y me puso de pie frente a él. El agua seguía cayendo, tibia y relajante, lavando cualquier rastro de la tensión del día.
Él me envolvió en un abrazo protector, pegando mi espalda a su pecho y dejando que el chorro de agua nos golpeara a ambos. Sus manos, todavía un poco temblorosas, se entrelazaron sobre mi vientre, dándome calor justo donde mis cólicos habían intentado arruinarme el día.
—Podría quedarme aquí toda la vida, piccola —murmuró contra mi coronilla, dejando un beso húmedo en mi cabello—. Después de todo el caos en Italia, esto es lo único que me devuelve la cordura.
—Pues el monumento hoy se portó bien —respondí con una sonrisa, cerrando los ojos y disfrutando del vaivén de su respiración—. Aunque casi matas a mi primo por un ataque de celos.
Él soltó una risita baja que vibró en mi espalda.
—Cualquier hombre en mi sala a las diez de la noche es un objetivo, Amarantha. No importa si es un López, un Volkov o el mismísimo Papa. Pero... supongo que puedo tolerar a Kael, solo porque te hizo reír cuando yo no estaba.
Nos quedamos en silencio, disfrutando del vapor que nos aislaba del resto del mundo. Alessandro empezó a enjabonarme la espalda con una lentitud mimosa, usando sus dedos para masajear los nudos de mis hombros. No había prisa por salir, ni por enfrentar la realidad de la mafia, ni por dormir. Solo éramos nosotros dos, el sonido del agua y la paz de estar, por fin, completos de nuevo.
Finalmente, el calor del agua nos dejó en un estado de relajación total. Alessandro cerró la llave y el silencio de la habitación nos envolvió de nuevo. Me pasó una toalla suave para secarme, pero no dejó que yo hiciera mucho esfuerzo; él mismo se encargó de quitarme la humedad con una delicadeza que me hacía olvidar que sus manos estaban manchadas de la sangre de sus enemigos.
Salimos al dormitorio, donde el aire fresco de la noche rozó mi piel. Alessandro fue directo a su ropero y sacó una de sus camisas de seda negra, la favorita de ambos por lo suave que es.