Rosas de Acero

22

Estoy profundamente dormida, refugiada en el calor de Alessandro, cuando un sonido seco y metálico me saca violentamente del sueño. No es un ruido normal de la casa; es el eco de algo rompiéndose cerca de la entrada principal.

​Siento cómo el cuerpo de Alessandro se tensa al instante. Antes de que yo pueda siquiera procesar qué pasa, él ya está sentado en el borde de la cama, con una mano alcanzando la Beretta que siempre guarda en la mesa de noche. Su mirada ya no tiene rastro del hombre tierno del balcón; ahora es el Capo, frío y letal.

​—Quédate en el suelo, detrás de la cama. Ahora —me ordena con un susurro que no admite réplica.

​Mi corazón late con fuerza contra mis costillas. Mi impaciencia habitual se transforma en pura adrenalina. Me deslizo al suelo mientras escucho el ruido de pasos rápidos en el pasillo y el sonido inconfundible de susurros en un idioma que no es italiano ni español.

​De repente, una explosión sorda sacude las paredes de la mansión. Las luces parpadean y se apagan, dejándonos en una penumbra azulada. Escucho a lo lejos los gritos de la guardia y el intercambio de disparos. Alguien ha tenido la osadía de atacar la fortaleza de los Moretti justo cuando estábamos bajando la guardia por la mudanza.

​—Son ellos, Amarantha —dice Alessandro, revisando el cargador mientras se acerca a la puerta de la habitación—. Los rezagados de Italia. Creyeron que podían sorprenderme aquí.

​Me quedo agazapada, sintiendo la rabia hervir. Si creen que van a arruinar mis planes de mudarme a la casa de diseño negro o el lanzamiento de A.K. Moretti, están muy equivocados.

​—Alessandro —le susurro con urgencia, sin moverme de mi posición en el suelo—. Pásame la que tienes en la gaveta de mi ropa interior. Ahora.

​Él no lo duda ni un segundo. Sabe que no soy una mujer que se queda de brazos cruzados esperando el rescate. Con un movimiento rápido y silencioso, abre el cajón, saca la pequeña pero letal pistola y me la lanza. La atrapo en el aire con la precisión de quien ha nacido en este mundo y me pego más a la base de la cama, ocultándome tal como él me ordenó.

​Siento el frío del metal en mi palma, y esa sensación, extrañamente, me devuelve la calma. Pero necesito información. No soporto estar a ciegas mientras mi casa se convierte en un campo de tiro.

​—¡Alessandro! —le sigo susurrando, mientras él se posiciona cerca de la puerta—. Comunícate con Enzo. Necesito saber qué demonios está pasando ahí fuera, cómo lograron burlar el perímetro y si los hombres están respondiendo.

​Él asiente, saca su radio de corto alcance con una mano mientras mantiene la Beretta apuntando a la entrada con la otra. Su mandíbula está apretada, y en sus ojos veo la promesa de que nadie que haya cruzado ese muro hoy saldrá con vida.

​—Enzo, informe. Ahora —gruñe Alessandro por el dispositivo, esperando la respuesta de su mano derecha mientras el sonido de los cristales rotos y las ráfagas de disparos se intensifican en la planta baja.

El silencio en la radio de Alessandro es lo más aterrador que he escuchado en toda la noche. Él presiona el botón de nuevo, su mandíbula marcada por la tensión, pero solo hay estática. Se gira hacia mí, y la determinación en sus ojos me dice que los planes han cambiado.

​—Enzo no responde —gruñe, y por primera vez detecto una pizca de urgencia real en su voz—. Olvida lo que te dije de quedarte aquí. Si algo he aprendido de todo lo que ha pasado, es que por más segura que te deje, siempre encuentran la maldita forma de llegar a ti. No voy a dejarte sola en esta habitación para que te acorralen.

​Me levanto del suelo de un salto, empuñando con firmeza el arma que saqué de mi gaveta. Mis nervios de acero han reemplazado cualquier rastro de sueño. Alessandro se acerca a mí, me toma por la nuca y me da un beso rápido y feroz en la frente.

​—Ven conmigo, piccola. Mantente pegada a mi costado y cúbreme la espalda mientras bajamos —me ordena, con esa voz de Capo que no admite dudas—. Vamos a salir de este museo hoy mismo, aunque tengamos que quemarlo con ellos adentro.

​Salimos al pasillo, donde el humo de las granadas cegadoras empieza a colarse por debajo de las puertas. La mansión que tanto me aburría ahora se siente como un laberinto mortal, pero con Alessandro al frente y yo vigilando cada sombra detrás de nosotros, nos movemos como una sola entidad. Mi pulso es constante; no tengo paciencia para los errores, y mucho menos para los intrusos que intentan destruir nuestra paz.

Alessandro me guía con movimientos tácticos hacia una habitación oculta que sirve como nuestra armería privada en esta mansión. Al entrar, el olor a aceite de armas y metal me activa todos los sentidos. No hay tiempo para sutilezas.

​—Rápido, piccola —dice Alessandro mientras lanza un par de botas militares y ropa táctica negra hacia mí.

​Me deshago del pijama de seda en un segundo. Me pongo los pantalones reforzados y me ajusto las botas con una velocidad que solo la adrenalina te da. Alessandro ya se está colocando un chaleco y cargando un rifle de asalto, su mirada es puro fuego controlado.

​Mientras él llena las mochilas con municiones y granadas, mis ojos se desvían hacia un estuche de cuero desgastado en el fondo del armario. Lo abro y siento un escalofrío de familiaridad: son mis cuchillos, los que me acompañaron en mi pasado antes de la intoxicación y cagarme la. Los deslizo en sus fundas tácticas en mis muslos y antebrazos; el peso es perfecto, como si nunca los hubiera dejado.

​—¿Lista para recordar viejos tiempos? —me pregunta Alessandro, entregándome dos cargadores extra para mi pistola.

​—Nunca los olvidé, monumento —le respondo con una sonrisa gélida, ajustándome el cinturón—. Solo estaban esperando el momento adecuado para salir a jugar.

​Con el equipo puesto y las armas listas, nos vemos como lo que realmente somos: una pareja de guerra. La elegancia de la marca A.K. Moretti ha quedado guardada bajo llave; ahora solo importa sobrevivir para ver esa casa nueva de diseño moderno que nos espera.



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En el texto hay: romance, mafia ...

Editado: 29.01.2026

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