Rosas de Acero

23

El aire gélido de Rusia me golpea el rostro al bajar las escaleras del jet, y por primera vez en horas, siento que puedo respirar. En la pista, bajo la luz grisácea del amanecer de San Petersburgo, nos esperan dos figuras que imponen respeto con solo su presencia: Nathaniel Volkov, mi padre, con su semblante de piedra, y Dasha, mi madre, cuya elegancia gélida oculta una mente tan letal como la mía.

​—Bienvenidos a casa —dice Nathaniel con voz grave, dándole un apretón de manos firme a Alessandro y un beso en la frente a mí—. Los hombres me informaron del ataque en Sicilia.

​—Es peor de lo que parece, papá —respondo mientras subimos a los todoterreno blindados de la familia.

​Llegamos a la mansión Volkov, una fortaleza que conozco palmo a palmo. Sin perder tiempo en saludos protocolares, nos dirigimos directamente a la sala de reuniones, una habitación blindada acústicamente donde se han decidido los destinos de media Rusia. Dasha cierra la puerta con un clic metálico y nos mira con esos ojos que no dejan pasar un solo detalle.

​—Ahora —dice mamá, cruzándose de brazos—, explíquennos quién tiene el deseo de morir tan grande como para atacar a un Moretti y a una Volkov en su propia noche de bodas.

​Alessandro se pone en pie, apoyando las manos sobre la mesa de caoba.

​—Es Magnus Moretti —suelta Alessandro, y veo cómo Nathaniel enchina los ojos, reconociendo el apellido—. Mi padre.

​Mis padres intercambian una mirada rápida. Nathaniel se inclina hacia adelante, entrelazando sus dedos.

​—Magnus... —murmura mi padre—. Creíamos que ese viejo zorro se había retirado a las sombras después de la purga en los noventa. Si ha salido de su escondite para cazarlos, es porque está desesperado o porque tiene un ejército más grande de lo que imaginamos.

​—Me encerró tres años en un calabozo cuando era adolescente solo por querer volver con Amarantha —añade Alessandro con una frialdad que hace que incluso mi madre se tense—. No va a detenerse hasta que uno de los dos caiga.

​Dasha se acerca a la mesa y despliega un mapa digital de las rutas comerciales entre Italia y Rusia.

​—Si Magnus quiere una guerra con los Volkov, la tendrá —sentencia mi madre con una sonrisa gélida—. Pero aquí, en mi terreno, él no es un Capo. Es solo un objetivo.

El aire gélido de Rusia me golpea el rostro al bajar las escaleras del jet, y por primera vez en horas, siento que puedo respirar. En la pista, bajo la luz grisácea del amanecer de San Petersburgo, nos esperan dos figuras que imponen respeto con solo su presencia: Nathaniel Volkov, mi padre, con su semblante de piedra, y Dasha, mi madre, cuya elegancia gélida oculta una mente tan letal como la mía.

En la sala de reuniones, el aire se vuelve denso, cargado de esa estrategia letal que solo los Volkov saben ejecutar. Mi padre, Nathaniel, se gira hacia su terminal de seguridad con un gesto autoritario.

​—Voy a poner a toda nuestra red de inteligencia a trabajar —dice Nathaniel, su voz resonando como un trueno—. Si Enzo está vivo y emitiendo cualquier señal, por mínima que sea, sus satélites lo encontrarán. No dejaré que un Moretti de la vieja escuela crea que puede silenciar a nuestra gente.

​Mientras mi padre inicia el rastreo masivo, mi madre, Dasha, se acerca a mí con una elegancia depredadora. Me pone una mano en el hombro y sus ojos brillan con una idea peligrosa.

​—Para cazar a un lobo viejo como Magnus, necesitamos un cebo que no pueda ignorar —dice Dasha, mirándome fijamente—. Y ese cebo eres tú, Amarantha. Él te desprecia, te llamó "estúpida niña". Nada le dolería más, ni le atraería tanto, que ver que esa niña es ahora la reina que camina libre por San Petersburgo mientras él se esconde.

​Alessandro se tensa al instante, golpeando la mesa con el puño.

​—¡No! No voy a usar a mi esposa como carnada —gruñe, con los ojos inyectados en sangre.

​Me pongo en pie y le tomo la mano, obligándolo a mirarme. Mi falta de paciencia con la espera se traduce en una determinación absoluta.

​—Alessandro, escúchame. Es la única forma de sacarlo de su agujero —le digo con firmeza—. Papá rastreará a Enzo para saber qué piezas tiene Magnus, y mientras tanto, yo me mostraré. Dejaremos que crea que tiene una oportunidad de atraparme.

​—Estaremos a tu sombra, Alessandro —añade Nathaniel, sin despegar la vista de las pantallas—. Nadie toca a una Volkov en Rusia y vive para contarlo. Magnus vendrá por ella, y cuando lo haga, cerraremos la trampa.

​Alessandro me mira, debatiéndose entre su instinto de protección y la lógica de la guerra. Finalmente, asiente con lentitud.

​—Bien. Pero si un solo pelo de su cabeza corre peligro, quemaré Rusia entera para llegar a ella.

​—No será en una gala —sentencio, ajustándome una chaqueta de cuero negro sobre mi equipo táctico—. Las galas son para las fotos. Si quiero que Magnus muerda el anzuelo, tengo que estar donde le duele: en el negocio. Iré a los muelles.

​Nathaniel asiente con orgullo. El puerto de San Petersburgo es el corazón de nuestro poder; un laberinto de contenedores de acero, grúas gigantescas y sombras donde la Bratva reina.

​Llegamos bajo una lluvia fina y gélida que cala hasta los huesos. Alessandro está posicionado con un rifle de precisión en lo alto de una de las grúas de carga, oculto en la oscuridad, vigilando cada uno de mis movimientos a través de la mira telescópica. Mi padre tiene a sus mejores hombres mimetizados entre los estibadores.

​Camino por el muelle principal con paso firme, dejando que las luces de sodio resalten mi figura. Llevo una carpeta de documentos y actúo como si estuviera supervisando un cargamento masivo de exportación hacia Italia. Mi comunicador emite un pequeño zumbido.

​—Estás en posición, loba —la voz de Alessandro suena en mi oído, tensa pero controlada—. Tengo tres objetivos sospechosos moviéndose entre los contenedores del sector B. Están armados.



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En el texto hay: romance, mafia ...

Editado: 29.01.2026

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