Rosas de Acero

24

Dejo a Amarantha recuperándose y bajo a las mazmorras por última vez. Mis botas resuenan en el concreto frío con una finalidad absoluta. Ya no hay rabia, solo una fría determinación. Al abrir la celda, Magnus levanta la vista, deshecho, esperando el tormento diario que le prometí.

​Me detengo frente a él y lo miro como quien mira un residuo del pasado.

​—Cambio de planes, Magnus —digo con una voz gélida que corta el aire—. Me he dado cuenta de que no mereces que pierda ni un minuto más de mi nueva vida bajando a verte. Mi esposa y yo tenemos un imperio que restablecer y un futuro que construir, y tú no eres más que un estorbo en nuestra agenda.

​Saco el cuchillo táctico. Magnus intenta retroceder, pero sus fuerzas lo traicionan.

​—Te voy a dejar un último regalo —siseo, acercándome—. Te haré un corte profundo, lo suficiente para que la vida se te escape lentamente. Sin agua, sin comida y, por supuesto, sin ninguna unidad médica que venga a salvarte. Morirás en el silencio de este agujero, sabiendo que tu linaje continúa en manos de la mujer que despreciaste.

​Con un movimiento rápido y certero, trazo un corte largo en su costado. Magnus suelta un gemido ahogado mientras la sangre comienza a manchar su ropa. Me limpio el cuchillo en su propia manga, mirándolo a los ojos por última vez.

​—¿Sabes qué es lo que más me gusta? —le pregunto, guardando el arma—. Que mientras tú te desangras aquí solo, nuestros hijos aprenderán a hablar español, ruso, italiano e inglés. Serán todo lo que tú nunca pudiste ser: leales, fuertes y libres de tu veneno. Adiós, "padre". Espero que el silencio te resulte eterno.

​Me doy la vuelta y cierro la puerta de hierro con un estruendo definitivo. Camino por el pasillo sin mirar atrás, sintiendo cómo el aire se vuelve más ligero con cada paso. Al salir a la superficie, el frío de Rusia me recibe, pero ya no me quema.

Subo las escaleras del calabozo y encuentro a Amarantha terminando de vestirse. Ya no hay rastro de la duda en sus ojos; solo queda la reina que está lista para reclamar su trono.

​—Es hora de irnos, loba —le digo, extendiendo mi mano—. Ya no queda nada para nosotros en este sótano. Se acabó.

​Bajamos al gran salón de la mansión Volkov, donde Nathaniel nos espera con su habitual presencia imponente. Mi suegro me mira fijamente; hay un respeto silencioso entre nosotros, pero él sigue siendo un Volkov. Me ofrece la mano para un saludo firme, de hombre a hombre, pero lo hace con esa frialdad rusa, casi ignorando el hecho de que acabo de sentenciar a mi propio padre. Para él, es simplemente lo que se debía hacer.

​—Cuida lo que es nuestro, Alessandro —dice Nathaniel con voz grave, dándome un apretón que me dejaría los dedos entumecidos si no fuera porque ya estoy acostumbrado a su fuerza—. Italia te espera, pero San Petersburgo siempre será el muro que te cubra la espalda.

​—Lo sé, Nathaniel. Gracias por todo —respondo con un asentimiento corto y respetuoso.

​Amarantha se despide de su padre con un abrazo cargado de esa lealtad de sangre que los define, y caminamos hacia la salida. Afuera, el jet privado ruge en la pista, listo para llevarnos de vuelta a nuestro imperio.

​Subimos la escalinata del avión. Al entrar en la cabina de lujo, Amarantha se deja caer en uno de los asientos de cuero y yo me siento frente a ella, observando cómo las luces de Rusia empiezan a quedar atrás por la ventanilla.

​—¿Próxima parada? —pregunta ella, con esa chispa carismática que me vuelve loco.

​—Nuestra casa, Amarantha —respondo, mientras el jet despega—. Nuestra mansión negra, nuestro imperio y, algún día, nuestros cuatro idiomas resonando por los pasillos.

El rugido de los motores del jet se apaga y es reemplazado por el silencio imponente de los Alpes. Frente a nosotros, bajo la luz de la luna, se alza nuestra nueva realidad: la mansión de diseño negro. Es una estructura de líneas agresivas, cristal y acero oscuro que parece devorar la luz, un monumento a nuestro poder.

​No he terminado de bajar la escalinata cuando siento una ráfaga a mi lado.

​—¡Es perfecta, Alessandro! —grita Amarantha.

​Su falta de paciencia se convierte en pura adrenalina. Se olvida de la elegancia táctica y sale corriendo hacia la entrada, con su bata de seda ondeando al viento frío. Verla así, corriendo con esa alegría salvaje después de tantas pesadillas y sangre, me hace sentir que cada segundo en el calabozo valió la pena.

POV Amarantha

​¡Dios, es mejor de lo que imaginé! Empujo las pesadas puertas principales y mis botas resuenan en el mármol negro pulido. Corro por el salón principal, mis ojos escaneando los techos altos y los ventanales que muestran el abismo de las montañas.

​—¡Alessandro, ven a ver esto! —exclamo, subiendo las escaleras de dos en dos, recorriendo los pasillos que huelen a madera cara y a libertad.

​Entro en la habitación principal y me detengo en seco. Es inmensa, minimalista, bañada en sombras y lujo. Me lanzo sobre la cama king-size, riendo por primera vez en días. No hay fantasmas aquí, no hay rastro de los viejos Moretti. Este es nuestro territorio.

​Me pongo de pie y salgo al balcón justo cuando Alessandro entra en la habitación, caminando con esa calma suya, observándome con una sonrisa de suficiencia.

​—Te gusta, ¿eh, loba? —dice, apoyándose en el marco de la puerta.

​—La amo. Es oscura, es fría, es... nosotros —le respondo, volviendo a él y rodeando su cuello con mis brazos—. Aquí es donde vamos a enseñar esos cuatro idiomas. Aquí es donde nadie va a entrar si no lo permitimos.

​Lo beso con fuerza, sintiendo el aroma de la victoria. Ya no somos los peones de nadie.

La mudanza a la mansión de diseño negro no fue un retiro, fue la instalación de nuestro centro de mando. Mientras Amarantha se adueñaba de cada rincón de la casa, yo me encargaba de que el mundo supiera que el apellido Moretti ahora se escribía con la sangre de los que se atrevieron a traicionarnos.



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En el texto hay: romance, mafia ...

Editado: 29.01.2026

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