Rosas de Acero

25

El aire en el baño parece cristalizarse. Mis ojos están clavados en el mármol negro, recorriendo una a una las cuatro pruebas como si intentara descifrar un código imposible. Pero el mensaje es demasiado claro.

​En la prueba barata, dos líneas granates se marcan con una fuerza insultante. En las digitales, la palabra "EMBARAZADA" brilla en la pantalla de cristal líquido, y una de ellas incluso se atreve a marcar el tiempo: "+3 semanas".

​Me quedo sin palabras. Mi voz, esa que da órdenes que mueven ejércitos y cierran tratos millonarios, se ha extinguido por completo. Siento un hormigueo eléctrico que me recorre desde la punta de los dedos hasta el centro del pecho. El imperio, las pesadillas de la una de la mañana, la venganza contra Magnus... todo se reduce a este pequeño espacio entre Alessandro y yo.

​Alessandro, que me rodeaba con sus brazos, afloja el agarre lentamente, pero no se aparta. Siento cómo su cuerpo se tensa, convirtiéndose en una estatua de mármol a mi espalda. Su respiración, que antes era un susurro cálido en mi oído, se detiene en seco.

​A través del espejo, lo veo.

​El hombre más temido de Italia está en shock. Sus ojos, siempre analíticos y fríos, están fijos en las pruebas con una mezcla de asombro y una vulnerabilidad que me desgarra. No es el Capo recibiendo un informe; es un hombre dándose cuenta de que el mundo acaba de cambiar para siempre. Ninguno de los dos se mueve. Ninguno de los dos respira.

​Es un silencio absoluto, denso, cargado de la magnitud de lo que esto significa. Un heredero. Un Moretti-Volkov. La razón por la que mi cuerpo no me dejaba dormir y por la que mi mente me alertaba de una cuna.

​Finalmente, Alessandro baja la mirada hacia mi vientre y luego vuelve a encontrar mis ojos en el reflejo. Su mano, grande y llena de cicatrices, tiembla imperceptiblemente mientras la apoya de nuevo sobre mi abdomen, con una reverencia que nunca le ha tenido a nada ni a nadie.

​—Es verdad... —logro susurrar apenas, con la voz rota—. Está aquí, Alessandro.

El shock de Alessandro dura apenas un suspiro antes de transformarse en una eficiencia letal. Lo veo reaccionar; sus ojos recuperan ese brillo de mando, pero con una intensidad nueva, una ferocidad protectora que me hace sentir que el mundo entero podría arder y nosotros estaríamos a salvo.

​Sin soltarme del todo, Alessandro presiona el comunicador táctico que lleva siempre en el puño de la camisa. Su voz suena como un trueno contenido en el pequeño espacio del baño.

​—Aquí Moretti. Tripliquen la seguridad de la mansión de inmediato. Quiero un perímetro de tres kilómetros blindado, nadie entra ni sale sin mi código personal. Activen el protocolo de máxima alerta. Ahora —ordena, y escucho el eco de la confirmación inmediata de sus hombres a través del dispositivo.

​Me mira, tomándome por los hombros.

​—Nos vamos —sentencia—. No confío en ningún médico de por aquí. Vamos a la clínica de mi familia en Milán.

​—¿La de los Moretti? —pregunto, sintiendo cómo mi propio pulso se acelera.

​—La misma donde nací yo. La ginecóloga de mi madre todavía está al frente. Empezó su carrera muy joven, casi cuando mi madre me tuvo a mí, debe tener unos 48 años ahora. Es la única mujer en este país que sabe guardar un secreto de sangre y que tiene la habilidad que exijo para ti.

​Me guía fuera del baño con una urgencia que no admite réplicas. Bajamos las escaleras de la mansión negra a zancadas. Afuera, el despliegue es impresionante: hombres armados hasta los dientes ocupan posiciones estratégicas y los todoterrenos negros ya están con los motores rugiendo.

​Subimos al coche blindado. Alessandro no deja de apretar mi mano mientras el conductor sale a toda velocidad hacia Milán.

​—Nadie va a tocarte, Amarantha —me susurra al oído mientras volamos por la carretera—. Nadie va a acercarse a lo que es nuestro.

​Llegamos a la clínica privada, un edificio de cristal ahumado que parece una fortaleza. La doctora ya nos espera en la entrada lateral, alertada por la llamada de Alessandro. El ambiente es tenso, profesional y absolutamente privado. Entramos en el consultorio y el olor a antiséptico me devuelve a la realidad: esto está pasando.

El consultorio de la doctora es un oasis de luz blanca y tecnología de punta en medio de nuestra vida de sombras. La mujer, con esa elegancia profesional que solo dan los años, nos recibe con un asentimiento serio. A sus 48 años, emana una calma que, extrañamente, logra que mi falta de paciencia se disipe por un momento.

​—Túmbate, Amarantha. Vamos a ver qué está pasando aquí dentro —dice con voz firme pero amable.

​Me recuesto en la camilla y siento el gel frío sobre mi vientre. Alessandro está a mi lado, de pie, como una estatua de granito. No ha soltado mi mano ni un segundo, y sus ojos no se apartan de la pantalla del monitor.

​—Efectivamente —comenta la doctora mientras mueve el transductor—, aquí tenemos el saco gestacional. Todo coincide con lo que me dijeron: están en la tercera semana.

​El corazón me da un vuelco. Ver esa pequeña mancha en la pantalla lo hace real de una forma que las pruebas de la farmacia no pudieron. Pero la doctora frunce el ceño ligeramente, moviendo el aparato con más precisión. Una pequeña sonrisa asoma en sus labios.

​—Voy a activar el audio —nos advierte—. Prepárense para escuchar el primer sonido de su legado. Pero... creo que ustedes también se van a llevar una sorpresa.

​Alessandro da un paso más cerca, apretando mis dedos. La doctora presiona un botón y, de repente, el sonido rítmico y veloz de un corazón llena la habitación. Lubb-dupp, lubb-dupp, lubb-dupp. Es el sonido más potente que he escuchado jamás.

​Pero entonces, el sonido se duplica. Hay un eco, una sincronía perfecta de dos ritmos distintos que se entrelazan.

​—¿Qué es eso? —pregunta Alessandro, con la voz cargada de una emoción que apenas puede contener.



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En el texto hay: romance, mafia ...

Editado: 29.01.2026

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