Rosas de Acero

26

Estamos en el quinto mes, ese punto dulce donde el cansancio de los primeros días ha dado paso a una energía vibrante, aunque mi vientre ya es una curva prominente que Alessandro no deja de adorar. Afuera, la nieve cae con suavidad sobre los Alpes, pero dentro de nuestra habitación en la mansión negra, el ambiente es cálido y solo huele a nosotros.

​Estoy recostada contra los almohadones de seda, con un libro entre las manos que no estoy leyendo, porque mi atención está puesta en el hombre que tengo a mis pies. Alessandro, el Capo que hace que hombres adultos tiemblen con una sola mirada, está sentado en la alfombra, completamente concentrado en una tarea que se ha vuelto su ritual favorito: masajear mis piernas y mis pies con un aceite esencial que él mismo mandó traer de Sicilia.

​—¿Te duele aquí? —me pregunta en un susurro, presionando con sus pulgares el arco de mi pie con una delicadeza que me derrite.

​—Un poco… —miento solo para que siga, porque su contacto me quita hasta el último rastro de estrés.

​De repente, siento un golpe seco y firme desde adentro. No es una burbuja, es una patada clara. Y luego, un segundo después, otro golpe en el lado opuesto. Los gemelos están reclamando atención.

​Alessandro se congela. Sus ojos se abren de par en par y, sin que yo tenga que decirle nada, se incorpora y se sienta a mi lado en la cama. Desliza su mano grande, cálida y llena de cicatrices sobre la tela fina de mi camisón, justo donde se sintió el movimiento.

​—Están despiertos —dice él, y su voz suena quebrada por una emoción que nunca muestra en el despacho.

​—Parece que el varón quiere heredar tu fuerza —le digo con una sonrisa carismática—, y la niña no piensa quedarse atrás.

​Él apoya la mejilla sobre mi vientre, cerrando los ojos. Se queda ahí, en silencio, simplemente escuchando y sintiendo. Es un momento de una ternura tan pura que me duele el pecho. El hombre más peligroso de Italia está rindiéndole pleitesía a dos seres que aún no miden más de veinte centímetros.

​—Hola, cachorros —susurra Alessandro contra mi piel, y siento el vibrar de su voz—. Soy papá. Sé que están apretados ahí dentro, pero falta poco. Aquí afuera les tengo preparado un mundo entero. No tengan miedo, nadie va a tocar a su madre mientras yo esté aquí.

​Me paso los dedos por su cabello, acariciando su nuca mientras veo cómo su expresión de guerrero se desvanece por completo. En este rincón del mundo, no hay apellidos que mueran, ni deudas de sangre, ni imperios que defender. Solo somos nosotros cuatro.

​Me inclino y beso su coronilla, sintiéndome la mujer más afortunada del mundo a pesar de los riesgos que nos rodean.

​—Se parecen a ti —susurro—, no tienen paciencia para esperar a que termine el masaje.

​Él levanta la vista, me mira con un amor que me quita el aliento y me besa con una dulzura que me hace olvidar cualquier pesadilla.

Las semanas se han convertido en un refugio de terciopelo y sombras. A veces olvido que afuera hay un mundo exigiendo sangre, porque aquí dentro, Alessandro se ha encargado de que solo exista la paz.

​Es una tarde lluviosa y me encuentro en el gran salón de la mansión negra. He intentado trabajar en los bocetos de la nueva colección de A. K. Moretti, pero mi espalda me está pasando factura. Suelto un suspiro de frustración, esa falta de paciencia que me caracteriza cuando mi cuerpo no sigue el ritmo de mi mente.

​—Te dije que no te esforzaras, loba —la voz de Alessandro resuena desde la entrada.

​Aparece con una manta de cachemira y una taza de té. Se acerca, me quita el cuaderno de las manos y lo deja en la mesa de centro. Sin decir palabra, se sienta detrás de mí en el sofá, abriendo sus piernas para que yo me recueste entre ellas. Me rindo de inmediato, apoyando mi espalda contra su pecho sólido.

​—Tengo la mente llena de ideas y el cuerpo lleno de... personas —rezongo, pero me relajo cuando siento sus manos empezar a trenzar mi cabello con una torpeza adorable.

​Él no es un experto en peinados, pero se empeña en aprender. Sus dedos grandes y callosos se mueven con un cuidado extremo, como si temiera romper una sola hebra. Es el mismo hombre que rompe cuellos con esas manos, pero ahora solo busca hacerme sentir cómoda.

​—Descansa —me ordena con suavidad—. Los Moretti-Volkov no van a nacer hoy, y tu imperio de moda puede esperar a mañana.

​De repente, un antojo absurdo me golpea.

—Alessandro... quiero fresas. Pero con chocolate amargo. Y quiero que las cortes tú.

​Él suelta una risa baja que hace vibrar mi espalda. Me da un beso rápido en la sien y se levanta. Unos minutos después, regresa no solo con las fresas, sino que ha preparado una pequeña bandeja con todo el cuidado de un chef. Se sienta de nuevo y empieza a darme de comer una a una, limpiando con su pulgar cualquier rastro de chocolate en mis labios.

​—Estás muy consentidora hoy —le digo, mirándolo con un brillo carismático en los ojos.

​—Tengo que recuperar el tiempo perdido, Amarantha —responde él, poniéndose serio por un momento mientras acaricia la curva de mi vientre sobre la seda de mi pijama—. Pasaste mucho tiempo sola en Rusia. Mucho tiempo cargando con el peso de los Volkov tú sola. Ahora me toca a mí cargar contigo y con ellos.

​Me quedo mirándolo, conmovida. Alessandro ha dejado de ser solo mi aliado y mi amante para convertirse en mi santuario. Me acurruco contra él, escuchando el latido constante de su corazón, mientras los gemelos dan vueltas dentro de mí, como si ellos también aprobaran la devoción de su padre.

​—No me sueltes —susurro, cerrando los ojos.

—Jamás —responde él, envolviéndome con la manta y con sus brazos.

Me separo de su pecho con una lentitud deliberada, ignorando su mirada de confusión mientras me levanto del sofá. Mis movimientos son más pesados ahora, pero aún conservo esa elegancia de reina que nada puede arrebatarme. Camino hacia nuestra habitación, el refugio donde guardamos nuestra verdadera intimidad, y busco en el tocador el tarro de manteca de cacao pura que la doctora me recomendó para la piel.



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En el texto hay: romance, mafia ...

Editado: 29.01.2026

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