Rosas de Acero

27

​El salón murmura con una excitación contenida. El impacto de mi embarazo ha sido el golpe maestro de la temporada, pero el juego apenas comienza. Todos los invitados, incluyendo a mis padres, me miran con una mezcla de adoración y respeto.

​—Es una niña preciosa, estoy segura —comenta una de las esposas de la Bratva, acercándose con cautela—. El mundo necesita una nueva Tsaritsa.

​Sonrío con esa carisma gélido que tanto me caracteriza. Nadie en esta sala, excepto Alessandro y yo, sospecha que bajo este vestido de A. K. Moretti laten dos corazones distintos. Para el resto de los invitados, solo hay una pequeña Moretti-Volkov en camino.

​—Que comiencen los juegos —anuncio, haciendo una seña a los organizadores mientras me acomodo en mi trono, sin soltar la mano de Alessandro.

​Los juegos del baby shower empiezan bajo la atenta mirada de los hombres de seguridad. Son actividades diseñadas para nuestra clase: apuestas de alto nivel sobre la fecha del parto, el peso de la "bebé" y, por supuesto, adivinanzas sobre su carácter. Alessandro se inclina hacia mi oído, su aliento cálido rozando mi cuello.

​—Si supieran que Kaelzir y Kaelza ya se están peleando por el espacio ahí dentro... —murmura con una voz ronca que solo yo puedo oír.

​—Déjalos que apuesten por una sola niña —le respondo en un susurro, mientras observo a mi madre Dasha y a mi padre Nathaniel participar en el juego de "medir la barriga" con una cinta de seda—. El shock cuando se enteren de que el apellido Volkov se duplica será mi parte favorita de la noche.

​Nathaniel se acerca para entregar su apuesta, mirando mi vientre con una intensidad protectora. Sigue convencido de que solo custodia a una pequeña nieta. Me divierte verlo así, tan seguro de su intuición, mientras yo acaricio la zona donde sé que mi pequeño varón, el futuro guerrero, está descansando.

​—¿Te diviertes, loba? —me pregunta Alessandro, dándome una fresa bañada en chocolate.

​—Mucho. Pero mi paciencia tiene un límite, Alessandro —le digo con una sonrisa corta y concisa—. Quiero ver quién de estos "aliados" se atreve a sugerir un nombre que no sea el que ya grabamos en nuestra pared.

El silencio tras el comentario del idiota es tan denso que se podría cortar con un cuchillo. Siento cómo la sangre me hierve; mi poca paciencia ha llegado al límite. Alessandro nota la rigidez de mi cuerpo y, antes de que yo pueda soltar una de mis respuestas mordaces, él se adelanta.

​Se levanta con una parsimonia que hiela la sangre. No necesita gritar; su sola presencia vacía el aire de la habitación. Se acerca al hombre, que ahora intenta esconderse tras su copa de vodka, y le pone una mano en el hombro. La presión debe ser dolorosa, porque el tipo empieza a temblar.

​—Vuelve a repetir lo que dijiste sobre el apellido de mi mujer —sisea Alessandro con una voz gélida que silencia hasta la música de fondo.

​—Capo, solo decía que una niña... que la sucesión... —balbucea el hombre, palideciendo.

​—Tú no dices nada —lo corta Alessandro, acercando su rostro al suyo—. En esta casa, el apellido Volkov es sagrado. Y mi mujer, la Tsaritsa, tiene más poder en su dedo meñique que tú en toda tu miserable existencia. Si vuelves a abrir la boca para cuestionar el futuro de mi linaje, te arrancaré la lengua y se la daré de comer a los perros.

​Yo me levanto con elegancia, apoyando una mano en mi vientre de seis meses mientras mantengo el equilibrio perfecto sobre mis tacones. Miro al hombre con un carisma venenoso.

​—Fuera de mi vista —sentencio con frialdad—. Ahora mismo. Y agradece que estoy de buen humor, porque si fuera por mí, no saldrías de esta mansión caminando.

​Alessandro hace una seña y dos de sus hombres arrastran al tipo hacia la salida mientras los invitados apartan la mirada, aterrados. Él regresa a mi lado y me rodea con su brazo, volviendo a ser mi muro protector.

​Mi padre, Nathaniel, asiente con una chispa de aprobación en los ojos. Aunque él también cree que solo viene una niña, respeta la ferocidad con la que Alessandro defiende nuestro nombre.

​—Nadie más tiene nada que decir sobre el futuro de la familia, ¿verdad? —pregunta Alessandro barriendo el salón con una mirada letal.

​Nadie se atreve a respirar. El secreto de que son gemelos —y que el varón, Kaelzir, está ahí dentro listo para heredar el imperio— sigue a salvo entre nosotros dos. Para el mundo, solo hay una heredera en camino; el shock de la verdad será nuestro mejor arma más adelante.

Mi paciencia se ha evaporado por completo tras el incidente. Aunque el silencio respetuoso ha vuelto al salón, el peso de mis seis meses de embarazo y la altura de mis tacones empiezan a pasarme factura. Alessandro, que me conoce mejor que nadie, nota el ligero cambio en mi postura y la rigidez de mi mandíbula.

​—Es suficiente por hoy, loba —murmura en mi oído, su mano firme en mi cintura—. Ya les diste el espectáculo que necesitaban. Ahora volvemos a nuestro refugio.

​Sin esperar mi respuesta, Alessandro hace una seña a mis padres. Dasha me lanza una mirada de comprensión y apoyo, mientras que Nathaniel, el Tsar, asiente con esa solemnidad que indica que él se encargará de que la fiesta termine sin más contratiempos.

​Alessandro me guía fuera del salón. En cuanto las puertas se cierran tras nosotros y el ruido de la música se amortigua, suelto un suspiro largo. Caminamos por los pasillos de la mansión negra hasta llegar a nuestra habitación. Una vez dentro, él cierra la puerta con seguro y me ayuda a sentarme en el borde de la cama.

​—Esos tacones son tu armadura, pero ya es hora de quitártelos —dice Alessandro, arrodillándose frente a mí.

​Me desabrocha las correas con una delicadeza que contrasta con la furia que mostró hace unos minutos. Cuando mis pies tocan la alfombra, siento un alivio casi celestial. Él no se detiene ahí; empieza a masajear mis tobillos mientras yo me recuesto contra las almohadas, sintiendo a Kaelzir y Kaelza moverse con calma, como si ellos también agradecieran el fin del ruido.



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En el texto hay: romance, mafia ...

Editado: 16.02.2026

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