Rosas de Acero

28

Dasha se movía entre las incubadoras con una precisión que me dejaba sin aliento. Se detuvo frente a Kaelza y una pequeña sonrisa, la primera desde que llegó, apareció tras su mascarilla. La niña era un reflejo de su madre: inquieta, rebelde y llena de vida. Sus manitas diminutas se cerraban en el aire y sus piernas no paraban de agitarse, como si el encierro del cristal le molestara tanto como a Amarantha le molestaban los límites.

​Dasha introdujo sus manos por las aberturas de la incubadora y acarició con la yema del dedo la palma de la pequeña.

​—Esta pequeña loba está lista para morder el mundo —murmuró Dasha—. Sus pulmones están fuertes, Alessandro. Es una guerrera nata.

​Pero al girarse hacia la incubadora de Kaelzir, su rostro volvió a esa seriedad clínica que me helaba la sangre. El niño estaba mucho más quieto, su pecho subía y bajaba con un esfuerzo rítmico pero pesado, asistido constantemente por el respirador. Sus niveles en el monitor fluctuaban más de lo debido.

​Dasha examinó los informes, ajustó la mezcla de oxígeno y suspiró de forma casi imperceptible.

​—Kaelzir es el más débil de los dos —sentenció, sin apartar la vista del monitor—. Es el que más nos va a hacer sufrir estos días. Va a necesitar mucho más tiempo aquí dentro que su hermana. Sus pulmones aún no tienen la fuerza suficiente para procesar el aire por sí solos.

​Me acerqué al cristal de mi hijo. Verlo tan frágil, tan diferente a la energía desbordante de Kaelza, me hizo sentir un nudo en la garganta.

​—Dime la verdad, Dasha —le dije con voz ronca—. ¿Va a lograrlo?

​Dasha se giró y me miró a los ojos con esa carisma gélido de los Volkov, pero con una chispa de esperanza.

​—Es un Moretti-Volkov, Alessandro. Tenemos la mejor tecnología y ahora me tiene a mí. No voy a dejar que mi nieto se rinda. Pero prepárate, porque él será quien nos ponga a prueba de verdad.

Vi cómo el pánico le arrebataba el aire en cuanto sus ojos se abrieron. Sus manos, pálidas y temblorosas, buscaron desesperadamente ese vientre que ahora estaba plano y vendado. Verla así, tan vulnerable y rota, me quemaba por dentro más que las heridas de mi propia espalda.

​—¡No están! ¡Alessandro, no están! —su grito fue un desgarro que me atravesó el pecho.

​Me lancé sobre ella, sujetando sus hombros para que no se abriera la incisión de la cesárea. Sus ojos estaban desorbitados, buscando una respuesta que su cuerpo ya presentía.

​—¡Mírame, Amarantha! —le ordené, pegando mi frente a la suya para obligarla a anclarse a mi voz—. Están vivos. Los dos están vivos, loba. Respira, maldita sea, respira conmigo.

​Sentí cómo su cuerpo cedía poco a poco bajo mis manos, pasando del pánico a un agotamiento absoluto. Sus ojos se desviaron hacia el rincón de la habitación, donde la incubadora de Kaelza emitía un brillo tenue. Al ver a la niña agitando sus manitas, Amy soltó un sollozo de alivio que me hizo cerrar los ojos con fuerza.

​Pero el alivio duró segundos. Su mirada volvió a mí, cargada de esa inteligencia gélida que nunca la abandona, ni siquiera bajo sedantes. Escaneó el cuarto y vio el vacío junto a la cuna de cristal de la niña.

​—¿Y Kaelzir? —su voz bajó un octava, volviéndose peligrosa—. ¿Por qué no está aquí con su hermana? Alessandro, ¿dónde está mi hijo?

​Le acaricié la mejilla, tratando de transmitirle una seguridad que yo mismo apenas lograba sostener.

​—Él es un guerrero, pero nació con los pulmones más cansados que ella —le expliqué, bajando la voz—. Kaelza es pura dinamita, pero Kaelzir necesita más potencia de la que estas máquinas de habitación pueden darle. Está en la UCI central, bajo el mando de Dasha. Tu madre no se ha despegado de él ni un segundo, Amy.

​Ella cerró los ojos y apretó mi mano con una fuerza sorprendente.

​—Es el más débil... —susurró, y pude sentir su dolor de madre mezclado con ese orgullo Volkov que no tolera la fragilidad—. Mi pequeño zar está luchando solo entre tubos.

​—No está solo —le corregí, besando sus nudillos—. Tiene tu sangre. Y tú te vas a recuperar, porque ese niño no va a salir de esa incubadora hasta que escuche tu voz llamándolo a la guerra.

Me negué a dejarla sumida en esa angustia. Sabía que necesitaba verlo con sus propios ojos para no terminar de romperse. Hice una señal al guardia que estaba en la puerta y, en menos de un minuto, puso una tableta en mis manos.

​—No voy a dejar que te desesperes, loba —le dije, acomodando las almohadas detrás de su espalda con cuidado—. Mira.

​Encendí la pantalla. Gracias al sistema de cámaras de alta definición que instalé en la UCI neonatal, la imagen apareció nítida. Ahí estaba él. Kaelzir parecía una miniatura de porcelana rodeado de tecnología. Dasha aparecía en una esquina de la imagen, con su mano enguantada apoyada sobre el cristal, vigilando cada línea del monitor.

​Amarantha acercó sus dedos a la pantalla, acariciando la imagen del niño como si pudiera sentir el calor de su piel a través del cristal.

​—Es tan pequeño, Alessandro... —susurró, y su voz sonó cargada de una devoción que nunca antes le había escuchado—. Pero mira sus ojos, están cerrados con fuerza, está peleando.

​—Es un Moretti, Amy. No sabemos hacer otra cosa que no sea pelear —sentencié, rodeando sus hombros con mi brazo para darle mi calor—. Dasha dice que es el más débil, pero yo solo veo a un guerrero tomando fuerzas para su primera gran batalla. Míralo bien, porque un día ese niño será el que haga temblar a Italia.

​Nos quedamos en silencio, hipnotizados por la imagen de nuestro hijo luchando por cada aliento, mientras Kaelza, a pocos metros de nosotros en su propia incubadora, seguía reclamando atención con sus movimientos inquietos. Éramos una familia herida, pero viva.

La paz en la habitación duró lo que dura un suspiro en el infierno. La puerta se abrió de golpe, golpeando la pared con una violencia que hizo que Amarantha se tensara y yo pusiera mi mano instintivamente en el arma que ocultaba bajo mi chaqueta, a pesar de mis heridas.



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En el texto hay: romance, mafia ...

Editado: 16.02.2026

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