Rosas de Acero

29

Entré en la habitación ignorando la mirada de Alessandro, que seguía ahí, de pie, como un fantasma procesando mis palabras. No le dije nada. Pasé de largo y me encerré en el baño, necesitando el silencio absoluto del mármol y los espejos.

​Me deshice del vestido rosa y me quedé frente al espejo de cuerpo entero. Suspiré. Mi abdomen no estaba completamente plano como antes del atentado; todavía conservaba esa pequeña curvatura, una pancita suave que recordaba que ahí dentro habían crecido dos guerreros. Sin embargo, mi estructura seguía ahí: esa diminuta cintura que siempre había sido mi sello de identidad.

​Y entonces la vi.

​La marca de la cesárea. Una línea roja, todavía reciente, que cruzaba mi piel como una frontera entre la mujer que fui y la madre en la que me había convertido. Era el mapa de su escape hacia la vida.

​Tomé el frasco de mi crema costosa y empecé a aplicarla sobre la cicatriz con movimientos circulares y lentos. Sentir la textura sobre la marca me hizo darme cuenta de que esa herida ya era algo invisible para el resto del mundo bajo la ropa cara, pero para mí era un recordatorio eterno de que casi no salimos de ese hospital.

​—Es el precio del imperio —susurré para mi propio reflejo, viendo cómo el carisma volvía a mis ojos.

​Me quedé allí un momento, acariciando la marca, sintiendo que cada centímetro de mi cuerpo ahora les pertenecía a ellos. La rabia contra Alessandro seguía ahí, pero al ver mi reflejo, entendí que Nathaniel tenía razón: yo soy la Tsaritsa, y si Alessandro no sabía estar a la altura del sacrificio de mi cuerpo y de la lucha de mis hijos, yo misma le enseñaría el camino de vuelta.

​Me puse una bata de seda negra, ajustándola a mi cintura, y salí dispuesta a enfrentarlo.

Al salir del baño, lo vi. Alessandro estaba sentado en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza hundida entre las manos. El hombre que hacía temblar a media Italia parecía, en ese momento, aplastado por el peso de sus propios errores.

​No dije nada. Pasé por su lado en silencio, el roce de mi bata de seda negra apenas haciendo ruido, y me dirigí directamente a la incubadora de Kaelzir.

​Con movimientos expertos y una ternura que solo él lograba sacarme, desconecté lo necesario y lo tomé en brazos. Era tan pequeño, tan frágil en apariencia, pero su corazón latía con la fuerza de un gigante. Era mi pequeño guerrero, el niño que se negó a morir cuando todo estaba en su contra.

​Me acerqué a Alessandro, cargando a nuestro hijo contra mi pecho. Me quedé de pie frente a él hasta que sintió mi sombra y levantó la vista. Sus ojos estaban rojos, cargados de una culpa que no intentó esconder.

​—Míralo, Alessandro —le dije con una voz suave pero cortante como el hielo—. Mírale las manos. Son iguales a las tuyas, pero él ha pasado los últimos tres meses usándolas para aferrarse a la vida mientras tú usabas las tuyas para sostener un teléfono.

​Alessandro soltó un suspiro entrecortado, estirando una mano temblorosa hacia el bebé, pero sin atreverse a tocarlo.

​—Amy, yo... creí que si aseguraba todo afuera, ellos estarían a salvo —susurró con la voz rota.

​—Ellos ya están a salvo porque yo estoy aquí —sentencié, acomodando la cabecita de Kaelzir en el hueco de mi cuello—. Pero si quieres que algún día este niño te reconozca como algo más que el hombre que viene de visita una vez a la semana, vas a tener que decidir ahora mismo qué tipo de Moretti vas a ser. Mi padre se perdió tres meses de mi vida por el poder y es algo que aún le pesa. No dejes que la historia se repita.

​Kaelzir soltó un pequeño suspiro, acomodándose en mis brazos, y por primera vez en semanas, el silencio en la habitación no era de tensión, sino de una tregua necesaria.

El silencio que nos envolvía se rompió con el sonido de la puerta. Dasha entró con paso firme, pero al vernos —a mí con el bebé en brazos y a Alessandro con el alma rota a mis pies— se detuvo un segundo. Su mirada clínica analizó la escena antes de centrarse en lo único que realmente importaba ahora.

​—Guarda las lágrimas para otro momento, Alessandro. Hay trabajo que hacer —sentenció mi madre, acercándose a nosotros con una pequeña sonrisa que casi nunca mostraba en la clínica.

​—¿Qué pasa, mamá? —pregunté, estrechando a Kaelzir contra mi pecho.

​Dasha revisó los últimos gráficos en la tableta y luego tocó suavemente la mejilla de mi pequeño guerrero.

​—Los niveles de saturación han sido perfectos las últimas seis horas y su temperatura es estable. He hablado con el equipo médico. Hoy vamos a intentar algo que llevamos tres meses esperando. Kaelzir va a pasar su primera noche fuera de la incubadora.

​Sentí un vuelco en el corazón. Alessandro se puso de pie de un salto, la culpa en su rostro siendo reemplazada instantáneamente por una esperanza feroz.

​—¿De verdad? —la voz de Alessandro sonó ronca—. ¿Se queda aquí, en la cuna con nosotros?

​—En la cuna, junto a su hermana —confirmó Dasha—. Es una prueba de fuego. Sus pulmones tienen que demostrar que pueden trabajar sin el apoyo del ambiente controlado. Si logra pasar la noche sin que suenen las alarmas, habremos ganado la batalla más importante.

​Miré a mi hijo. Parecía tan pequeño comparado con la inmensidad de la habitación, pero era un Volkov. Miré a Alessandro y vi que ya no estaba pensando en el teléfono ni en los negocios; sus ojos no se apartaban de Kaelzir.

​—Lo va a lograr —dije con una convicción gélida—. Porque su padre se va a quedar aquí sentado, vigilando cada uno de sus suspiros, ¿verdad, Alessandro?

​—No voy a cerrar los ojos en toda la noche, loba —prometió él, acercándose para poner su mano sobre la espalda del bebé, uniendo su calor al mío—. Ni un solo segundo.

La luz del amanecer se filtró por las persianas, bañando la habitación en un tono dorado. Mis ojos se abrieron de golpe, el instinto de alerta todavía encendido. No hacía falta que las máquinas pitaran; el silencio era la mejor noticia que podíamos recibir.



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En el texto hay: romance, mafia ...

Editado: 16.02.2026

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