A las seis de la mañana, la luz grisácea del amanecer ya se colaba por los pasillos de la mansión. Kaelza no necesitaba alarmas; su llanto puntual y autoritario resonaba por toda la suite, exigiendo atención inmediata.
Me levanté con la agilidad que solo una madre —y una Volkov— puede tener tras una noche de sueño interrumpido. Alessandro roncaba levemente, agotado por su guardia nocturna, así que decidí dejarlo descansar. Con cuidado extremo, tomé a los dos bebés en brazos. Kaelzir se mantenía en ese estado de calma gélida, observando el techo con sus ojos grises mientras su hermana, a su lado, agitaba los puños con los ojos azules empañados por el berrinche.
Bajé al comedor, donde el silencio de la casa me envolvía. Dejé a los dos en la pequeña cunita de día que habíamos instalado cerca de la mesa y me dirigí a la cocina. Saqué las mamaderas con la leche que me había extraído en la clínica; era oro líquido para su desarrollo.
—Paciencia, pequeña loba, ya viene —susurré, aunque ella no parecía muy dispuesta a negociar.
Decidí empezar por Kaelzir. Aunque él no lloraba, sabía que su cuerpo pequeño de "cero meses" necesitaba la energía tanto como ella, y su paciencia merecía una recompensa. Me senté y le ofrecí la mamadera. Él bebió con una pausa metódica, fijando sus ojos grises en los míos, como si estuviéramos cerrando un trato silencioso de lealtad absoluta.
Kaelza, al ver que su hermano comía primero, subió el volumen de sus quejas.
—Tu turno, dramática —le dije con una sonrisa de suficiencia cuando terminé con el niño.
La tomé a ella y, en cuanto sintió el calor de la leche, se hizo el silencio. Bebía con una voracidad que me recordaba a la ambición de los Moretti. Mientras los veía ahí, en la paz del comedor, me di cuenta de que este era mi nuevo imperio.
En ese momento, escuché unos pasos firmes. Nathaniel apareció por el umbral, ya vestido de traje impecable, observando la escena con una mezcla de orgullo y nostalgia.
—Se ven más fuertes cada hora que pasa, Amarantha —dijo mi padre, acercándose para rozar la frente de Kaelzir—. Tienen tu temple.
—Y el hambre de poder de los Moretti —añadí, viendo a Kaelza terminar su toma con un suspiro de satisfacción.
El comedor estaba impregnado del aroma a café recién hecho y pan tostado. Me senté a la mesa con una elegancia natural, disfrutando de mi desayuno mientras observaba a mis padres. Dasha ya estaba allí, impecable como siempre, analizando unos informes médicos en su tableta entre bocado y bocado.
En un rincón de la sala, los gemelos descansaban en su cunita. Nathaniel se levantó, dejando su taza de porcelana sobre la mesa, y caminó hacia ellos con esa presencia imponente que hacía que hasta el aire pesara más. Con una suavidad que solo reservaba para su sangre, tomó a Kaelza y a Kaelzir, uno en cada brazo, permitiendo que mi madre desayunara tranquila.
—Se están adaptando bien al aire de la mansión —comentó Nathaniel, mirando los ojos grises de Kaelzir y el azul vibrante de Kaelza.
—Son fuertes, papá. Tienen a quién salir —respondí, bebiendo un sorbo de café con carisma.
Mi padre se quedó en silencio unos segundos, observándolos, antes de volverse hacia mí con una expresión seria, de esas que indicaban que el deber llamaba.
—Amarantha, hay asuntos en Rusia que requieren mi presencia inmediata —soltó sin rodeos—. El trono del Tsar no se cuida solo y hay hilos que debo tensar personalmente. Parto mañana a primera hora.
Dejó a los bebés con cuidado de nuevo en la cuna y se acercó a la mesa. Se inclinó sobre mí y me dio un beso firme en la frente, un gesto que para nosotros significaba protección y bendición.
—Cuida a mis nietos. Si algo se tuerce, solo tienes que dar la orden —sentenció.
Luego se giró hacia mi madre. Sin importarle quién estuviera mirando, la tomó por la nuca y le plantó un beso cargado de posesión y fuego en la boca. Dasha le correspondió con la misma intensidad antes de que él se separara y saliera del comedor con paso firme, dejando tras de sí el aura de poder que siempre lo acompañaba.
—Rusia siempre reclama a su dueño —susurró Dasha, recomponiéndose con una sonrisa de suficiencia mientras volvía a su café.
Me quedé mirando a mi madre, sintiendo por primera vez el peso real de la maternidad sobre mis hombros, y no solo el orgullo de haber sobrevivido. Me pasé la mano por el rostro, notando la textura de la piel cansada y esas ojeras que ni el mejor carisma podía ocultar.
—Mamá, escúchame bien —le dije, dejando la taza de café con firmeza sobre la mesa—. Yo no puedo seguir así. No quiero pasarme la vida en pijama, oliendo a leche y con el pelo recogido de cualquier manera. Puede que ya sea mamá, pero no quiero ser solo una mamá. Quiero ser una "mamacita".
Dasha arqueó una ceja, manteniendo esa elegancia gélida suya que tanto me intimidaba y me inspiraba a la vez.
—Quiero recuperar mi cuerpo, mamá. Mi figura, mi cintura... todo —continué, bajando la voz mientras señalaba a los gemelos—. Pero con los gemelos Kael es físicamente imposible. Kaelza no me da tregua y Kaelzir, aunque es tranquilo, me absorbe cada minuto. No me dejan hacer nada. Necesito que me ayudes, que te encargues de ellos unas horas al día porque necesito volver al gimnasio, necesito tiempo para maquillarme, para tapar estas ojeras y volver a ponerme mis vestidos.
Me puse de pie, sintiendo el impulso de la Tsaritsa que siempre fui.
—No voy a permitir que el mundo piense que Amarantha Volkov se descuidó. Quiero que Alessandro me mire y vea a la mujer de la que se enamoró, pero más poderosa. Necesito tu ayuda para no perderme en medio de pañales. Quiero estar lista, arreglada y en forma.
Dasha me observó durante un largo silencio, y finalmente, una pequeña sonrisa de complicidad apareció en sus labios.