Rosas de Acero

31

A las 5:00 a. m. en punto, mis ojos se abrieron con la precisión de un reloj suizo. Alessandro seguía profundamente dormido a mi lado, así que me deslicé fuera de las sábanas con cuidado. Mi determinación estaba intacta: hoy iba a dar un paso más hacia mi meta.

​Me puse un conjunto deportivo de alta costura que se ajustaba a mis curvas y me recogí el cabello rubio en una trenza impecable. Me apliqué mis cremas y un toque de bálsamo, viéndome en el espejo cada vez más como la Tsaritsa que nunca debí dejar de ser. Terminaba de ajustar mis zapatillas justo cuando el reloj marcó las 6:00 a. m. y, como si fuera una señal, el llanto agudo y mandón de Kaelza rompió el silencio del alba.

​—Ya voy, mi pequeña loba —susurré.

​Fui hacia ella y la tomé con delicadeza. Kaelza tenía esa energía de los Moretti desde temprano. La llevé al cambiador del baño para darle su primer baño matutino. Con el agua a la temperatura perfecta, la lavé con sumo cuidado, disfrutando de cómo sus manitas salpicaban el agua con la misma rebeldía que mostraba en la capilla. Le cambié el pañal y la vestí con un mameluco de algodón suave.

​En cuanto terminé con ella, Kaelzir se despertó, pero a diferencia de su hermana, él solo me observaba con sus ojos grises, esperando pacientemente. Repetí el proceso con él, disfrutando de su calma gélida mientras lo dejaba impecable.

​Bajé con ambos en brazos, sintiéndome poderosa. Al llegar a la cocina, el silencio de la mansión era reconfortante. Me senté y los alimenté a ambos, sintiendo la conexión única que solo la maternidad me brindaba, mientras el sol empezaba a iluminar los jardines de los Moretti.

A las 7:30, el sonido suave de unos pasos elegantes anunció la llegada de mi madre. Dasha apareció en la cocina, impecable como siempre, con ese aire de frialdad rusa que solo se derretía un poco al ver a sus nietos.

​—Ya estoy aquí, Amarantha. Ve —dijo, tomando a Kaelza en brazos mientras Kaelzir terminaba de alimentarse—. Yo me encargo de que estos dos mantengan la disciplina mientras tú recuperas la tuya.

​Justo en ese momento, el timbre de la zona de seguridad anunció la llegada de Elena. Mi entrenadora entró al gimnasio con su puntualidad militar, dejando su bolso y preparando las ligas de resistencia y el Reformer.

​—Buenos días, señora Moretti. Hoy no tendremos piedad con ese abdomen —me saludó con una sonrisa profesional.

​Me puse de pie, sintiendo el carisma volver a mi cuerpo al mismo ritmo que la energía. Le di un beso rápido a la frente de cada bebé y subí hacia el gimnasio. Al entrar, el olor a limpieza y el brillo de las máquinas me dieron la bienvenida. Me coloqué en posición, sintiendo cómo mis músculos se tensaban, lista para las próximas horas de dolor y resultados.

​—Empecemos, Elena. Quiero que para cuando Alessandro baje, ya no reconozca a la mujer que salió de la clínica —le ordené, mientras me concentraba en la primera serie de Pilates.

Cuatro horas de Pilates y resistencia me dejaron los músculos ardiendo, pero el alma en su sitio. Me despedí de Elena con un asentimiento —ya ni siquiera me temblaban las piernas al caminar— y subí a ducharme. Me quité el sudor, me apliqué mis aceites y me vestí con un conjunto de seda color crema que acariciaba mi piel, dejando mi melena rubia suelta y brillante.

​Cuando bajé al gran salón, me encontré con una escena que me detuvo el corazón. Alessandro estaba sentado en el sofá con ambos bebés; tenía a Kaelza apoyada en su hombro y a Kaelzir sobre sus piernas. El Capo más temido de Italia parecía un hombre completamente distinto bajo la luz de la mañana.

​—Dámelo, Ale —le dije con una sonrisa cargada de carisma, acercándome a él.

​Le quité a Kaelzir con cuidado y me acomodé a su lado en el gran sillón, hundiéndome en el cuero y en el calor de mi esposo. Alessandro me rodeó con un brazo, manteniendo a la niña a salvo, mientras yo me concentraba en mi pequeño heredero.

​—Hola, mi vida... hola, mi pequeño Zar —susurré, empezando a jugar con sus manitas.

​Kaelzir, que siempre era el más serio y gélido, me observaba con esos ojos grises que tanto me recordaban a mi padre. Empecé a llenarlo de muchísimos besos: en las mejillas, en su naricita, en sus manos diminutas. Le hice cosquillas suaves en la barriga y, de repente, sucedió lo que todos esperábamos.

​El pequeño soltó una carcajada cristalina y pura, una risa que iluminó toda la habitación.

​—¡Se rió! —exclamé, girándome hacia Alessandro con los ojos brillantes, sin dejar de besar a mi hijo—. Mira esa cara, Ale, tiene tu fuerza pero mi encanto.

​Alessandro soltó una risa ronca, apretándome más contra él mientras contemplaba la escena. En ese momento, las guerras en Latinoamérica y los viejos decrepitos de la mafia no existían. Solo estábamos nosotros, recuperando el tiempo y la risa que nos habían robado.

La tarde transcurrió en una burbuja de paz que parecía casi irreal para una familia como la nuestra. El sol de la tarde entraba por los ventanales de la mansión, bañando el salón con una luz dorada mientras nos quedábamos allí, en el sofá, simplemente siendo nosotros cuatro.

Alessandro se relajó de una forma que rara vez se permitía. Dejó de lado sus tres teléfonos y se dedicó a observar cómo yo jugaba con los gemelos. Kaelza, al ver que su hermano se llevaba toda la atención con sus risas, empezó a reclamar su lugar con pequeños balbuceos autoritarios, lo que nos sacó más de una sonrisa.

​—Tiene tu fuego, Amarantha —comentó Alessandro, mientras dejaba que la pequeña agarrara uno de sus dedos con una fuerza sorprendente—. No va a aceptar un "no" por respuesta de nadie.

​—Es una Moretti-Volkov, Ale. ¿Qué esperabas? —respondí, acomodando a Kaelzir sobre mi pecho mientras él se quedaba tranquilo, observando el techo con esa mirada analítica que me ponía los pelos de punta por lo mucho que se parecía a mi padre, el Tsar.



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En el texto hay: romance, mafia ...

Editado: 16.02.2026

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