Entré en la mansión con el pecho inflado de orgullo. El despliegue de poder en la entrada me había dejado vibrando, pero en cuanto crucé el umbral hacia la calidez del hogar, la Tsaritsa se quedó en la puerta y solo quedó la madre.
Caminé directo a la sala de estar, donde el gran tapete acolchado de A. K. Moretti ya estaba listo. Con suavidad, dejé a Kaelzir y a Kaelza sobre la superficie. Me deshice de mis tacones y me arrodillé frente a ellos, sintiendo la suavidad de la alfombra bajo mis manos.
—¿Quiénes son los bebés más hermosos de toda Italia y Rusia? —susurré con una voz que solo ellos conocían, cargada de una ternura infinita.
Empecé a jugar con ellos, haciendo ruiditos y cosquillas suaves en sus barriguitas. Kaelzir soltó una risita contenida, esa que iluminaba sus ojos grises de forma casi analítica, pero Kaelza... ella era otro nivel. La pequeña empezó a patalear con fuerza, soltando carcajadas ruidosas y agudas que llenaban cada rincón de la sala. Sus gritos de pura alegría eran tan contagiosos que no pude evitar soltar una carcajada sonora, una sonrisa de oreja a oreja que rara vez mostraba al mundo.
Me incliné y los llené de besos, aspirando ese aroma a bebé que me volvía loca. Estaba perdidamente enamorada de ellos; eran mi creación más perfecta, mucho más que cualquier imperio o cualquier victoria estratégica. Verlos reír así, después de la tensión de los disparos y el búnker, era mi verdadera recompensa.
—Nadie les va a quitar esta sonrisa —les juré en voz baja, mientras Kaelza trataba de agarrar mi melena rubia con sus manitas inquietas—. Mamá se encargará de que el mundo sea suyo, sin que nada les sople cerca.
Me quedé allí tirada en el tapete con ellos, disfrutando de la paz más absoluta, sintiéndome la mujer más afortunada del mundo a pesar de tener una guerra declarada en la puerta de mi casa.
Sentí el peso de la presencia de Alessandro antes de escucharlo. Se detuvo en el umbral, y aunque no me giré, pude percibir su fascinación; el silencio que lo rodeaba no era el de un Capo calculador, sino el de un hombre rendido ante lo que tenía delante.
Caminó lentamente y se sentó en el tapete, justo detrás de mí. Sus manos, que horas antes sostenían un arma con frialdad, se posaron en mi cintura con una delicadeza absoluta. Apoyó su mentón en mi hombro, rodeándome con sus brazos mientras yo seguía haciéndole muecas a los bebés.
—Podría quedarme mirándolos toda la eternidad, loba —murmuró, dejando un beso tierno en la base de mi cuello—. Mira a Kaelza... esa forma de gritar es pura herencia tuya. Tiene un carácter que va a incendiar el mundo si se lo propone.
Me acarició los brazos con suavidad, subiendo hacia mis hombros mientras observábamos a Kaelzir, quien ahora intentaba alcanzar el reloj en la muñeca de su padre con una seriedad cómica.
—Y el niño... —Alessandro soltó una risita baja, besando mi mejilla—. Él no grita, él observa. Está midiendo cada movimiento, igual que tú cuando planeas algo grande. Es aterradoramente inteligente para tener solo cinco meses.
Me eché hacia atrás, apoyando mi espalda contra su pecho sólido, sintiéndome protegida y amada. Alessandro entrelazó sus dedos con los míos, mientras ambos veíamos a nuestros hijos rodar por el tapete.
—Hicimos un buen trabajo, Amarantha —continuó él, su voz cargada de un orgullo genuino—. Son perfectos. Son la mezcla exacta de nuestra fuerza. Nadie, absolutamente nadie, se atreverá a tocar esta paz de nuevo. Te lo prometo por mi apellido.
Me quedé allí, envuelta en su calor y en las risas de mis bebés, disfrutando de ese carisma compartido que solo nosotros entendíamos.
El día del bautismo finalmente llegó, y la mansión se transformó en un santuario de elegancia y tradición. Aunque Alessandro no era un hombre de fe —su única religión era el poder y su familia—, respetaba profundamente la herencia de mi madre. Ella, con su sangre latina, siempre me inculcó que el bautismo no era solo un rito religioso, sino un escudo espiritual y una presentación ante la comunidad. Quería para mis hijos lo mismo que ella me dio a mí.
A las 10:00 a. m., yo estaba frente al espejo terminando de arreglarme. Llevaba un vestido de encaje blanco marfil, sobrio pero imponente, que resaltaba mi melena rubia peinada en ondas perfectas.
—Estás radiante, Tsaritsa —dijo Alessandro, entrando a la habitación mientras se ajustaba los gemelos de oro de su traje hecho a medida. Se acercó y me besó la frente—. Si esto es importante para ti y para tu cultura, entonces es importante para mí.
Bajamos a la pequeña capilla privada de la propiedad, que había sido decorada con cientos de flores blancas. El círculo era cerrado: solo Nathaniel, que había viajado desde Rusia en absoluto secreto, Enzo, que fungiría como padrino de Kaelzir, y un par de contactos de máxima confianza de la Famiglia.
Los gemelos lucían hermosos con sus ropones de seda y encaje hechos a mano por A. K. Moretti. Kaelza estaba inusualmente tranquila, observando las velas con fascinación, mientras que Kaelzir mantenía su porte regio, como si entendiera la solemnidad del acto.
El sacerdote, un hombre que conocía los secretos de los Moretti desde hacía décadas, comenzó la ceremonia. Cuando llegó el momento del agua bendita, sostuve a Kaelza con firmeza. Al sentir el contacto del agua fría, la pequeña soltó un balbuceo de sorpresa, pero no lloró; nos miró a Alessandro y a mí con esos ojos brillantes, como aceptando su destino. Luego fue el turno de Kaelzir, quien recibió el sacramento con una calma gélida, cerrando los ojos un instante como un pequeño guerrero recibiendo su primera bendición.
—Los bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo —sentenció el sacerdote.