Sentí que la sangre me hervía. Con las manos temblorosas por la rabia, desbloqueé su número en un segundo. No iba a permitir que su ego destruyera la paz que tanto me había costado conseguir. Le marqué, y al segundo tono, escuché su voz, densa y cargada de una furia contenida que traspasaba el auricular.
—¿Decidiste que ya era hora de hablar, Amarantha? —soltó él, con ese tono de superioridad que me revolvía el estómago.
—¡Escúchame bien, Alessandro! —le grité, alejándome un poco de los bebés para que no se asustaran—. ¿Por qué mierda vas a hacer esa locura? ¡Enzo me lo contó todo! Si crees que puedes aterrizar en Rusia y llevarte a mis hijos por la fuerza, estás más demente de lo que pensé. Quédate quieto en ese avión y da media vuelta ahora mismo. Te lo advierto: si pones un pie en suelo ruso sin mi permiso, ¡no volverás a ver a los gemelos en tu maldita vida!
Hubo un silencio sepulcral del otro lado, solo roto por el sonido de las turbinas del avión.
—Demasiado tarde, cara —respondió con una frialdad absoluta—. Ya estoy sobrevolando espacio ruso. Y nadie, ni tú ni tu padre, me va a mantener alejado de lo que es mío
Pasé una mano por mi rostro, cerrando los ojos con fuerza mientras sentía una punzada de exasperación recorriéndome las sienes. Alessandro no entendía razones; su necesidad de control era más fuerte que su instinto de supervivencia.
—Bien —solté con una voz peligrosamente calmada, esa que usaba cuando ya no había vuelta atrás—. Tú lo pediste, Alessandro. Disfruta el frío de Rusia.
Le colgué en la cara antes de que pudiera decir una palabra más. Me giré hacia los gemelos, que me miraban con curiosidad desde el tapete. La adrenalina se apoderó de mí, pero mis movimientos eran precisos. Agarré la pañalera y empecé a meter lo más importante: documentos, leche, y un par de mudas. No necesitaba ropa lujosa, necesitaba desaparecer.
Salí de la habitación con un bebé en cada brazo y bajé las escaleras casi volando. Encontré a mi madre en la cocina y mi mirada le dijo todo antes de abrir la boca.
—Mamá, haz una maleta improvisada ahora mismo. Solo lo esencial —le dije con voz firme—. Alessandro está aterrizando en Rusia para armar una guerra y no voy a dejar que mis hijos estén en medio de su ego. Nos vamos a Venezuela.
Dasha no hizo preguntas innecesarias; ella sabía mejor que nadie cómo funcionaba la mente de un hombre obsesionado. Sus ojos brillaron con esa chispa de guerrera que siempre ha tenido.
—Dmitry nos llevará al aeropuerto internacional —respondió ella, ya moviéndose hacia su habitación—. No usaremos los jets de tu padre, rastreará el plan de vuelo en segundos. Nos iremos en un vuelo comercial, como civiles.
En tiempo récord, estábamos fuera de la mansión. Mientras subíamos a la camioneta, miré por última vez los bosques nevados. Alessandro llegaría buscando fuego, pero se encontraría con el vacío más absoluto. Él creía que el mundo era suyo, pero no contaba con que yo conocía los escondites de mi madre mucho mejor que él.
—Próxima parada, el calor de casa —murmuré, apretando a Kaelzir contra mi pecho mientras Dmitry aceleraba hacia el aeropuerto.
El aeropuerto internacional de Moscú estaba sumido en un caos de pasajeros y seguridad privada. Caminábamos a paso veloz por la terminal, con las gafas de sol puestas y el carisma intacto para no levantar sospechas. El corazón me latía con fuerza, pero mi rostro era una máscara de hielo.
Al llegar al control de migración, el oficial ruso, un hombre de mirada severa y uniforme impecable, tomó los pasaportes uno a uno. El silencio entre nosotras era eléctrico mientras él escaneaba los documentos y verificaba las identidades en su sistema:
—Kaelzir Moretti Volkov —pronunció con voz monótona, devolviendo el primer documento pequeño.
—Kaelza Moretti Volkov —continuó, sellando el segundo pasaporte sin apartar la vista de la pantalla.
Luego, tomó el mío. Se detuvo un segundo más de lo normal, analizando el apellido que unía a dos de las familias más peligrosas del mundo.
—Amarantha Kaylani Volkov López de Moretti.
Finalmente, extendió la mano para recibir el de mi madre, quien mantenía la espalda recta y la mirada fija en la puerta de embarque.
— Dasha Madelyn López de Volkov.
El oficial estampó el último sello y nos devolvió los documentos con un gesto seco. —"Buen viaje, ciudadanas".
—Gracias —respondí en un ruso perfecto, guardando todo en mi bolso mientras acelerábamos el paso hacia el túnel del avión.
Justo antes de entrar a la cabina, miré hacia atrás. Sabía que en algún punto de ese mismo cielo, el jet de Alessandro estaba descendiendo. Él aterrizaría buscando una esposa sumisa y unos hijos que reclamar, pero para cuando sus pies tocaran la pista, nosotras ya estaríamos a miles de metros de altura, rumbo al único lugar donde el apellido Moretti no significa absolutamente nada.
El trayecto fue agotador, pero la adrenalina me mantenía despierta. Tras cruzar el Atlántico, aterrizamos en Madrid para una escala de tres horas. Caminar por Barajas sin un séquito de guardaespaldas rusos o soldados de la Famiglia se sentía extrañamente liberador, casi como si estuviéramos borrando nuestro rastro en cada paso.
Nos movíamos entre la multitud como dos turistas más. Yo llevaba a Kaelza en el fular y mamá empujaba el carrito con Kaelzir, quien dormía ajeno a que estábamos cambiando de continente otra vez.
—Es bueno volver a ser normal después de 25 años, loba —me susurró Dasha, con una sonrisa relajada que le devolvía la juventud. Se detuvo frente a un escaparate de ropa española—. Sin escoltas, sin blindajes... solo nosotras y los niños.
—Disfrútalo, mamá —le respondí, ajustando las mantitas de los gemelos—. Porque en cuanto Alessandro se dé cuenta de que no estamos en Rusia, va a incendiar Europa buscándonos. Pero para entonces, ya estaremos muy lejos de aquí.