Sentía que la sangre me hervía mientras recorría el despacho de Nathaniel. Cada paso que daba era una punzada de rabia pura. Estrellé el vaso de cristal contra la chimenea, disfrutando por un milisegundo el sonido del estallido antes de que el silencio de esta maldita mansión volviera a burlarse de mí.
—¡Me importa un carajo que seas el Tsar! —le rugí, plantándome frente a él—. Amarantha Moretti es mi esposa. Mis hijos, Kaelzir y Kaelza, son mi sangre. Se supone que este es tu territorio, se supone que tus hombres vigilan hasta el aire que respiran aquí en Rusia. ¡¿Y ahora me sales con que no sabes dónde están?!
Nathaniel no se inmutaba, lo cual me daban ganas de saltarle al cuello. Mantenía esa calma glacial que me resultaba un insulto.
—Si crees que puedes llevarte a mis hijos y desaparecer así como así, estás muy equivocado —dije, más para mí mismo que para él, recordando la voz de Amarantha en el teléfono.
Me incliné sobre su escritorio, invadiendo su espacio, con las manos temblando por el deseo de romper algo más.
—Escúchame bien, Nathaniel. Si no me das una ubicación en las próximas horas, voy a considerar que tú las tienes escondidas. Y te juro por mi apellido, Moretti, que no me va a temblar el pulso para traer a la Famiglia y reducir este lugar a cenizas. No voy a descansar hasta encontrar a mi mujer.
Nathaniel se levantó lentamente, y por fin vi una grieta en su máscara.
—No me amenaces, Alessandro. Si Amarantha Volkov huyó, fue porque la asfixiaste con tu control.
—¡No me hables de control! —le interrumpí, sintiendo el vacío que me dejaba saber que ella estaba en manos de quién sabe quién en una oficina de migración, lejos de mi alcance.
Salí del despacho sin esperar respuesta. No necesitaba al Tsar. Si ella creía que podía dejarme con la palabra en la boca y apagar el teléfono, no me conocía. Amarantha podrá tener toda la astucia de los Volkov, pero yo soy un Moretti, y no hay rincón en el mundo donde pueda esconderse de mí por mucho tiempo.
Siete días. Siete malditos días sin ver a mis hijos, sin saber qué cara tiene el hombre que se atrevió a interrogar a mi esposa. Me pasé la mano por la cara, sintiendo la barba de varios días y el peso del insomnio. Mi oficina en la mansión Volkov parecía el centro de una guerra que no terminaba de estallar.
Caminé hacia el salón principal, donde Nathaniel revisaba unos informes con esa calma que me daban ganas de golpearlo.
—¡Ya basta de este juego, Nathaniel! —le grité, tirando los expedientes de su mesa de un manotazo—. Ha pasado una semana. No me vengas con que el "Tsar" no puede localizar un vuelo o una transacción bancaria. Las estás escondiendo. ¡Dime dónde está Amarantha!
Nathaniel dejó el bolígrafo con una lentitud exasperante y se levantó. Sus ojos eran dos pozos de hielo, y por primera vez, vi que el cansancio también marcaba sus facciones.
—Baja el tono, Alessandro. No te conviene gritarme así en mi propia casa, ni como socio, ni como yerno —su voz salió como un susurro peligroso—. ¿Crees que soy un imbécil? Mi esposa, Madelyn López, también se fue. Estoy exactamente igual que tú: con la cama vacía y sin saber en qué parte del mundo están.
Se acercó a mí hasta que nuestras frentes casi se tocaron.
—Dasha conoce cada uno de mis movimientos. Ella misma entrenó a los hombres que se supone deberían haberlas detenido. Si no las hemos encontrado, es porque ellas no quieren ser encontradas por nosotros. Así que deja de actuar como un animal herido y usa la cabeza, Moretti.
Me aparté de un empujón, sintiendo una impotencia que me asfixiaba. Amarantha me había ganado esta ronda. Estaba en algún lugar, probablemente riendo mientras yo me consumía en esta nieve maldita. Pero se le olvidaba algo: yo no soy un hombre que acepta la derrota.
—Si no las encuentras tú, Nathaniel, lo haré yo a mi manera —le sentencié antes de salir del salón—. Y cuando las encuentre, no habrá poder humano que me impida llevarme a mis hijos de regreso a Italia.
Me pasé la mano por el pelo, frustrado. Amarantha conocía mis métodos demasiado bien; antes de desaparecer, configuró su teléfono para que el rastreo fuera imposible, bloqueando incluso mis accesos directos. Pero cometió un error: Amarantha Moretti no sabe vivir sin sus lujos, y tarde o temprano tendría que usar una de sus cuentas.
Llegué a una zona industrial en las afueras de San Petersburgo, donde el frío te cortaba la cara. Entré en un sótano oscuro que olía a café rancio y circuitos quemados. Allí me esperaba Lev, el mejor hacker que el dinero de los Moretti puede comprar.
—No me digas que no puedes —le solté antes de que abriera la boca, lanzando un fajo de billetes sobre su mesa—. El teléfono está muerto, ella misma lo bloqueó. Necesito que entres en los servidores de seguridad bancaria. Busca el último movimiento de las tarjetas personales de Amarantha Volkov.
Lev no dijo nada, sus dedos empezaron a volar sobre el teclado, la luz azul de los monitores reflejándose en sus gafas.
—Es difícil, Alessandro. Ella está usando cuentas puente... —balbuceó, pero mi mirada lo calló en el acto.
—No te pago por excusas, Lev. Encuéntrala.
Después de unos minutos que parecieron siglos, una notificación roja saltó en la pantalla principal. Lev se echó hacia atrás, sorprendido.
—Aquí está. Un gasto hace menos de una hora. No es una tienda de lujo, es un supermercado. "Automercados Plaza's".
—¿Dónde? —mi voz salió como un rugido contenido.
—Ubicación confirmada: La Guaira, Venezuela.
Sentí que una sonrisa torcida se dibujaba en mi rostro. Venezuela. La tierra de su madre. Así que ahí es donde te escondes, loba. Cree que el sol del Caribe la va a proteger de mi sombra, pero se equivoca.
Salí del sótano y saqué mi teléfono, marcando a mi piloto privado mientras caminaba hacia el auto.