Rosas de Acero

36

—Cuidado con cómo te refieres a ella, Alessandro. Esa mujer es mi madre y tiene nombre —le solté, cruzándome de brazos para no dejar que viera cómo me temblaban las manos—. Y deja de actuar como si hubieras descubierto una traición de estado.

​Caminé hacia él, desafiando esa energía pesada que siempre trae consigo. No iba a dejar que me intimidara en mi propia tierra.

​—A Gabriel lo conocí en el supermercado hace unos días —continué, manteniendo la voz firme y fría—. Coincidimos por casualidad dos veces entre los pasillos de comida. Hoy me invitó a almorzar y acepté. Eso es todo. No hubo besos, no hubo secretos, solo una comida frente al mar con alguien que no me mira como si fuera una propiedad o una pieza de porcelana.

​Alessandro soltó una risa seca y dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco que me hizo dar un respingo.

​—¿Coincidencia? —se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal hasta que pude oler el rancio aroma del tabaco y el perfume caro—. ¿Dos veces en un supermercado y terminas en una cita romántica en una terraza? No me tomes por estúpido, Amarantha. Mientras yo movía cielo y tierra buscándote, tú estabas dándole tu número a un tipo que no sabe ni cómo te llamas realmente.

​—¡Me llamó Amy! —le grité, perdiendo la poca paciencia que me quedaba—. Y me hizo reír, algo que tú no has hecho en meses. Si te molesta tanto que haya tenido un almuerzo normal, quizás deberías preguntarte por qué tuve que huir hasta otro continente para tenerlo.

—Me importa una mierda si te hizo reír —soltó Alessandro, su voz era un susurro cargado de una furia que me calaba los huesos.

​Le di la espalda sin decir nada más. No podía seguir mirándolo a los ojos sin querer estallar. Caminé hacia la maleta que estaba sobre la cama y empecé a tirar mi ropa dentro, hecha un nudo, sin orden, solo con el deseo desesperado de terminar con esto. El silencio de la habitación solo se rompía por el sonido de las perchas chocando.

​—No me ignores, Amarantha —dijo él, y sus pasos resonaron en la alfombra, acercándose a mis espaldas—. Te estoy hablando.

​Seguí a lo mío, ignorando la presión que sentía en el aire. Estaba doblando un vestido cuando, de repente, sentí su mano cerrarse con fuerza alrededor de mi brazo.

​—¡Que me escuches, maldita sea! —rugió, tirando de mí con brusquedad.

​Me giró de un solo golpe, obligándome a quedar frente a él. Mis pies casi se levantaron del suelo por el impacto y mi cabello voló sobre mi cara. Sus dedos se hundían en mi piel, y su rostro estaba a milímetros del mío; podía sentir su respiración agitada y ver el fuego de posesión que quemaba en sus pupilas.

​—Crees que puedes huir, esconderte en este agujero, usar mi apellido y luego irte de cena con un cualquiera como si no fueras nadie —siseó, apretando más el agarre—. Me has tenido una semana viviendo en el infierno, y no voy a permitir que me des la espalda ahora. Mirame, Amy. Mírame y dime otra vez que ese infeliz te hizo olvidar quién soy yo.

​Me quedé ahí, atrapada entre sus brazos y su furia, sintiendo el dolor en mi brazo pero negándome a soltar una sola lágrima.

Me quedé inmóvil, sintiendo la presión de sus dedos quemándome la piel, pero no bajé la mirada. Le sostuve el pulso con toda la rabia que tenía acumulada en el pecho.

​—¿Y ahora qué, Alessandro? —le solté con la voz cargada de veneno, aunque me temblaba el labio—. ¿Ahora también me vas a pegar?

​Él tensó más la mandíbula, pero no me soltó. Su cercanía me asfixiaba, era como estar frente a un volcán a punto de estallar.

​—Después de todo lo que dijiste... —continué, sintiendo un nudo de amargura en la garganta—. ¿Ya se te olvidó? Dijiste que hubiera sido mejor dejarme en Rusia, que fue un error casarte conmigo. Me despreciaste, me hiciste sentir que sobraba en tu vida. Y ahora vienes aquí, a miles de kilómetros, a reclamarme como si fueras el dueño de mi aliento.

​Me sacudí el brazo con violencia, logrando que su agarre se aflojara por la sorpresa de mi reacción. Di un paso atrás, señalándolo con el dedo, con el carisma transformado en pura furia fría.

​—Si tanto te arrepientes de haberme hecho tu esposa, no entiendo qué haces aquí. Si soy un error, déjame ser un error lejos de ti. Pero no pretendas que me quede callada mientras me tratas como a uno de tus soldados. Soy una Volkov, Alessandro. Y soy la madre de tus hijos. No vuelvas a ponerme una mano encima con esa intención.

Mis palabras parecieron golpearlo, pero Alessandro no es un hombre que pida perdón. Vi cómo sus ojos se entrecerraban y su postura se volvía de nuevo rígida, recuperando esa máscara de frialdad que tanto odio. El orgullo le ganó la partida, como siempre.

​—Tienes razón —soltó él con una voz carente de toda emoción—. Solo regresamos por el honor del apellido Moretti. No voy a permitir que mis hijos crezcan como fugitivos ni que el mundo piense que mi esposa hace lo que le da la gana.

​Asentí con la cabeza, lenta y amargamente. Ya no había nada que discutir.

​—Bien —respondí con una calma que lo sorprendió—. Si es así, así será.

​Me di la vuelta y terminé de cerrar mi maleta con un movimiento seco. Me puse el bolso al hombro y me detuve frente a él, mirándolo con un desprecio que le devolvió toda la frialdad que él me había lanzado.

​—A partir de ahora, Alessandro, viviré contigo en Italia por simple obligación, porque sé que no tengo otra salida. Pero grábate esto: despídete de mí en tu cama. Despídete de los momentos en familia y de cualquier rastro de la mujer que alguna vez intentó amarte. Me quedaré a tu lado únicamente por mis hijos, que fueron lo único bueno que supiste hacer en tu insípida vida.

​No esperé a ver su reacción. Pasé por su lado golpeando su hombro con el mío y salí de la suite. El eco de mis tacones en el pasillo era lo único que llenaba el vacío que acababa de dejar entre nosotros. Bajé al lobby con la frente en alto, sintiendo cómo el corazón se me hacía de piedra.



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En el texto hay: romance, mafia ...

Editado: 16.02.2026

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