Rosas de Acero

37

El miedo, que apenas me había durado un suspiro, fue reemplazado por una llamarada de odio puro. La indignación me quemó la garganta y la mano que tenía en el pecho bajó para apretar el puño con fuerza.

​—¡Eres un animal, Alessandro! ¡Un maldito animal posesivo! —le grité, y esta vez mi voz no tembló—. ¿Quién te crees que eres? ¿Mi dueño? ¡No soy una de tus armas que puedes guardar bajo llave cuando te da la gana! Eres un cobarde que solo sabe romper cosas porque no soportas que alguien me trate como a un ser humano y no como a un mueble.

​Él, que se estaba alejando, se detuvo en seco. Se giró lentamente, levantándose con toda su imponente estatura, y su sombra pareció cubrir toda la sala. Sus ojos eran dos pozos de petróleo ardiendo. Dio un paso hacia mí, con una lentitud que prometía castigo.

​Me puse recta, inflé el pecho y le sostuve la mirada con un desafío suicida.

​—¿Y ahora qué? —le solté, dando yo el paso hacia adelante hasta que mi pecho casi chocaba con el suyo—. ¿Ahora me vas a pegar? ¡Atrévete! ¡Ponme una mano encima, Alessandro Moretti!

​Le señalé con el dedo, mi rostro a milímetros del suyo, ardiendo de rabia.

​—Tócame y te juro que yo también respondo. No soy la niña asustada que conociste en Rusia. Si quieres una guerra dentro de esta casa, ya la tienes. Pero no vuelvas a pensar, ni por un segundo, que vas a doblarme con tus amenazas de macho herido. ¡Pégame si tienes lo que hay que tener!

​El silencio que siguió fue tan pesado que se podía cortar con un cuchillo. Los bebés sollozaron bajito, pero yo no aparté los ojos de los suyos.

Alessandro no respondió con palabras. Su reacción fue un movimiento brusco, casi animal. Me tomó de la nuca con una mano y de la cintura con la otra, tirando de mí con una fuerza que me dejó sin aire, y estrelló sus labios contra los míos. No era un beso de amor; era un reclamo, una colisión de rabia, posesión y ese deseo oscuro que siempre había sido nuestro lenguaje más destructivo.

​Por un segundo, el impacto me dejó aturdida, pero la furia reaccionó antes que mi cuerpo.

​Me separé de él de un empujón violento, aprovechando el milímetro de espacio para levantar la mano y descargar toda mi rabia en su mejilla. El sonido de la cachetada resonó en toda la sala, dejando la marca roja de mis dedos sobre su piel de piedra. Jadeaba, con los ojos inyectados en odio.

​—¡No vuelvas a tocarme así! —le grité, con la voz rota por la indignación.

​Pero Alessandro ni siquiera se inmutó por el golpe. Solo giró la cara lentamente hacia mí, con una sonrisa torcida y peligrosa, mientras sus ojos brillaban con una intensidad aterradora. Antes de que pudiera retroceder, volvió a atraparme. Esta vez fue más firme, más dominante. Me apretó contra su cuerpo y volvió a besarme, pero esta vez con una determinación absoluta, silenciando mis gritos y obligándome a sentir que, aunque lo odiara con cada fibra de mi ser, seguía bajo su control.

Hice un esfuerzo desesperado por separarme, empujando sus hombros con todas mis fuerzas, pero fue inútil. Alessandro era como una muralla de puro músculo y voluntad que no cedía ni un milímetro. Me arrastró hacia atrás con una urgencia dominante hasta que mi espalda volvió a chocar contra la pared fría, dejándome atrapada entre el muro y su cuerpo.

​Sus manos se cerraron a los lados de mi rostro, manteniéndome fija en su lugar mientras me besaba con una intensidad que me robaba el juicio y el aire. Cuando finalmente se separó, no se alejó. Pegó su frente contra la mía, ambos jadeando, con las respiraciones mezclándose en un aire cargado de electricidad y conflicto.

​Sus ojos, oscuros y dilatados, me escudriñaron con una posesividad que me erizó la piel.

​—Eres mía —siseó con una voz ronca que vibraba contra mi frente—. Mi esposa. La madre de mis hijos. Mi mujer.

​Me sostuvo ahí, obligándome a reconocer la verdad de sus palabras dentro de este mundo de sombras. No era una declaración de amor, era un recordatorio de propiedad, un sello que intentaba borrar cualquier rastro de Gabriel o de mi libertad en Venezuela. Su cercanía era asfixiante, pero al mismo tiempo, la energía entre nosotros era tan fuerte que el resto de la mansión parecía haber desaparecido.

Alessandro no soltó la presión sobre mis sentidos. Deslizó su mano desde mi nuca hasta mi mentón, apretándolo con una firmeza que me obligaba a sentir cada uno de sus dedos. Sus ojos buscaban los míos, exigiendo una rendición total que mi orgullo aún intentaba proteger.

​—¿De quién eres, Amarantha? —preguntó con esa voz profunda, casi un susurro, pero cargada de una autoridad que no aceptaba el silencio como respuesta.

​Giré la cabeza con un movimiento brusco hacia un lado, negándome a darle el gusto, intentando escapar de esa mirada que me desnudaba el alma y me recordaba mi cautiverio. Pero él no lo permitió. Con un movimiento seco y decidido, volvió a girar mi rostro hacia él, obligándome a mirarlo de frente, a escasos centímetros de sus labios.

​—Mírame —ordenó, y su voz vibró en mi pecho—. Te he hecho una pregunta. ¿De quién eres?

​Sentí cómo el aire me faltaba y cómo la rabia se mezclaba con la derrota en mi garganta. Sabía que no me dejaría ir hasta escucharlo. Sus ojos me quemaban, reclamando cada pedazo de mi voluntad.

​—Tuya... —susurré finalmente, las palabras saliendo como una confesión forzada mientras mis ojos se empañaban de pura impotencia—. Soy tuya, Alessandro. De nadie más.

​Una chispa de triunfo oscuro cruzó su mirada al escuchar mi rendición. Me sostuvo ahí un momento más, saboreando su victoria, dejando claro que el nombre de Gabriel acababa de ser borrado por la fuerza de su presencia.

Me separé de él con un movimiento seco, ignorando el triunfo que brillaba en sus ojos. No me quedé a esperar un abrazo ni una palabra más. Caminé hacia el tapete con el corazón todavía galopando en mi garganta, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda como una marca de hierro.



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En el texto hay: romance, mafia ...

Editado: 16.02.2026

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