Rosas de Acero

38

En cuanto cruzamos el umbral de la mansión y los guardias cerraron las pesadas puertas, solté un suspiro de alivio. Bajé a los gemelos al suelo del gran salón, pensando que se quedarían tranquilos, pero fue como soltar a dos pequeños rayos.

​—¡Hey! ¡Despacio! —exclamé, pero fue inútil.

​Kaelzir salió disparado hacia el pasillo de la biblioteca con una velocidad asombrosa, mientras Kaelza, aprovechando que me giré hacia su hermano, emprendió una huida frenética en dirección contraria, hacia las escaleras principales. Corrí tras Kaelzir y logré atraparlo del mameluco justo antes de que se metiera bajo un mueble antiguo, pero en ese segundo, Kaelza ya había desaparecido de mi vista tras una de las columnas.

​—¡Kaelza! ¡No, por ahí no! —grité, sintiendo que el estrés de la fiesta, la tensión de afuera y el agotamiento me golpeaban de golpe.

​Me senté en el suelo, frustrada, tratando de sujetar a un Kaelzir que no dejaba de retorcerse para escapar de nuevo. La casa era demasiado grande y ellos demasiado rápidos.

​—¡ALESSANDRO! —grité con todas mis fuerzas, con un nudo en la garganta.

​Él entró corriendo al salón apenas unos segundos después, con la mano instintivamente cerca de su arma, con la mirada frenética buscando una amenaza. Al verme allí, sentada en la alfombra, despeinada y con un solo bebé en brazos, se detuvo en seco, confundido.

​—¿Qué pasa? ¿Estás herida? —preguntó jadeando, arrodillándose a mi lado y poniéndome una mano en el hombro.

​—¡Se me fue! —dije señalando el vacío—. Kaelza se fue gateando por allá y no puedo con los dos, Alessandro. ¡Ayúdame a buscarla antes de que llegue a las escaleras!

​Alessandro soltó un suspiro de puro alivio al ver que no era un ataque externo, pero al ver mi cara de desesperación, se puso en pie de inmediato. Me dio una mano para levantarme, me dio un beso rápido en la sien para calmarme y empezó a caminar conmigo por el salón.

​—Tranquila, no puede haber ido lejos —dijo él, agudizando el oído hasta que escuchamos un risita traviesa que venía de detrás de las cortinas de terciopelo.

Seguimos las risitas traviesas hasta el rincón detrás de las pesadas cortinas de terciopelo. Alessandro las apartó de un tirón y ahí estaba ella, sentada sobre su pañal, mirándonos con esos ojos brillantes y una expresión de victoria. Pero mi corazón se detuvo cuando vi lo que tenía entre sus manos… y en la boca.

​—¡Alessandro, el encendedor! —grité, señalando el objeto de metal dorado que Kaelza estaba intentando saborear.

​Alessandro reaccionó con la velocidad de un rayo. Antes de que la niña pudiera cerrar más la mandíbula sobre el metal o, peor aún, descubrir cómo accionarlo, él se lanzó al suelo y la tomó por las mejillas con una delicadeza firme.

​—¡No, Kaelza! ¡Suelta eso ahora mismo! —ordenó con una voz que mezclaba el mando del Tsar con el pánico de un padre.

​Le metió los dedos con cuidado en la boca y sacó el encendedor, que estaba todo babeado. Kaelza, indignada porque le habían quitado su "juguete" brillante, soltó un chillido de protesta y empezó a patalear en el suelo. Alessandro se puso en pie, todavía pálido, mirando el objeto en su mano como si fuera una granada activa. Era uno de sus encendedores de oro que algún descuidado debió dejar en una mesa baja.

​—¿Quién demonios dejó esto a su alcance? —rugió Alessandro, girándose hacia la puerta con los ojos encendidos de nuevo, mientras yo abrazaba a Kaelzir para que no se asustara.

​—¡Olvídate de eso ahora! —le dije, tratando de recuperar el aliento—. Solo asegúrate de que no haya nada más en el suelo. Te lo dije, Alessandro, estos niños son un peligro desde que gatean así de rápido.

​Él guardó el encendedor en su bolsillo superior, donde ella nunca llegaría, y tomó a la niña en brazos, quien seguía quejándose. La miró muy serio, aunque ella solo intentaba jalarle la corbata.

​—Eres igual que tu madre, pequeña Moretti —susurró él, suspirando mientras la pegaba a su pecho—. Buscas el peligro antes de saber caminar.

Subimos a la habitación principal en un silencio protector. Alessandro cargaba a Kaelza, que seguía algo inquieta, y yo llevaba a Kaelzir, que parecía el único consciente de que habían hecho una travesura.

​Nos pusimos manos a la obra con una coordinación que solo un año de práctica nos había dado. Cambiamos sus pañales sobre la cama grande entre risas y forcejeos, y luego los sentamos juntos en una de las cunas amplias. Los dos se miraron, ya planeando su siguiente escape, pero Alessandro y yo nos pusimos frente a ellos con expresión seria.

​—Escúchenme bien los dos —dije, señalándolos con el dedo de forma juguetona pero firme—. Tienen que portarse bien. Ya no pueden andar agarrando todo lo que brilla.

​Alessandro se inclinó sobre la barandilla, fijando su mirada en su hijo.

​—Y tú, Kaelzir —le dijo con esa voz profunda que los bebés siempre escuchaban con atención—. Eres el mayor. Naciste primero que ella, así que tienes que cuidarla. Tienes que ponerle un alto cuando intente hacer una locura, ¿entendido? Eres un Moretti, el hombre de la casa cuando yo no esté.

​Kaelzir nos miró a ambos, ladeó la cabecita y, de repente, con una claridad que nos detuvo el corazón, soltó una sílaba perfecta:

​—Mami...

​Me llevé las manos a la boca, sintiendo las lágrimas agolparse en mis ojos. ¡Había dicho su primera palabra! Pero Kaelza, que no soportaba no ser el centro de atención, miró a su hermano con el ceño fruncido, como juzgándolo por adelantado, y luego clavó sus ojos en Alessandro. Se esforzó tanto que hasta sus mejillas se pusieron rojas hasta que finalmente soltó un grito triunfal:

​—¡Papá!

​Alessandro se quedó de piedra. Su rostro se transformó por completo; el Tsar desapareció para dar paso a un hombre con el alma totalmente derretida. Se le escapó una sonrisa tan grande que iluminó toda su cara.

​—¿Escuchaste eso, Amy? —susurró él, sin quitarle la vista de encima a la niña—. Me ha llamado papá.



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En el texto hay: romance, mafia ...

Editado: 16.02.2026

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