El jet privado de la Famiglia Moretti sobrevolaba Europa, pero dentro de la cabina de lujo, el ambiente distaba mucho de ser la serena experiencia de viaje que Alessandro y yo habíamos planeado. Habían pasado tres meses desde que los gemelos empezaron a caminar, y parece que en ese tiempo desarrollaron una alergia incurable a quedarse sentados en un solo lugar.
—¡Kaelza, baja de ahí ahora mismo! —exclamé, tratando de mantener mi carisma intacto mientras mi hija intentaba trepar por el asiento de piel de Alessandro para alcanzar el panel de control de las persianas.
Alessandro, que intentaba revisar unos documentos sobre las rutas comerciales en el Adriático, soltó un suspiro pesado cuando Kaelzir decidió que las piernas de su padre eran el obstáculo perfecto para su nueva rutina de entrenamiento. El niño caminaba de un lado a otro del pasillo, chocando contra los muebles empotrados y riendo cada vez que el avión experimentaba una ligera turbulencia.
—Parece que el aire de las alturas les da superpoderes —gruñó Alessandro, aunque su mirada delataba que estaba más divertido que molesto. Cerró su carpeta y atrapó a Kaelzir por el mameluco justo cuando el niño iba a emprender una carrera hacia la cabina del piloto—. Quédate aquí, pequeño sargento. Ya casi llegamos.
El vuelo fue un ciclo interminable de jugos derramados, juguetes volando por la cabina y dos niños que descubrieron que caminar en un avión en movimiento es el deporte extremo más divertido del mundo. Kaelza, en un despliegue de su herencia Moretti, logró quitarle el reloj a Alessandro mientras él la cargaba, intentando saborear el platino antes de que yo se lo arrebatara.
—A mimir no es una opción para ellos, ¿verdad? —pregunté, dejándome caer en el asiento frente a Alessandro, sintiendo que el agotamiento del viaje ya me pasaba factura.
—Son Volkov y Moretti, nena —respondió él, dándole un beso en la frente a una Kaelza que ahora luchaba por bajarse de su regazo—. El descanso es para los débiles.
Cuando el piloto anunció el descenso hacia San Petersburgo, la temperatura emocional en el avión cambió. Me asomé por la ventanilla y vi el manto blanco infinito que cubría la tierra rusa. El hielo, la nieve y el gris plomo del cielo me recordaron quién era yo: la Tsaritsa de este imperio helado.
El jet aterrizó con una suavidad experta en la pista privada de los Volkov. En cuanto las ruedas tocaron el suelo ruso, el caos de los gemelos pareció aplacarse, como si sintieran el cambio de energía.
La puerta del avión se abrió y un ráfaga de aire gélido, capaz de cortar la piel, invadió la cabina. Alessandro se puso su abrigo largo de lana negra y yo me envolví en mi piel de zorro blanco, ajustando los gorritos de lana de los niños.
Bajamos la escalerilla y allí estaba él.
Nathaniel Volkov, el Tsar de Rusia, permanecía inmóvil al pie de la pista. No llevaba gorro, y el viento agitaba su cabello cano mientras sus manos estaban cruzadas a la espalda. A su alrededor, una fila de hombres de la Bratva, armados hasta los dientes y con los rostros cubiertos por pasamontañas, formaban un pasillo de honor.
Alessandro caminaba a mi lado, cargando a Kaelza, mientras yo llevaba de la mano a Kaelzir, quien caminaba con una firmeza asombrosa sobre el suelo metálico, mirando todo con curiosidad gélida.
Al llegar frente a mi padre, el silencio fue absoluto, solo roto por el aullido del viento siberiano. Nathaniel ignoró a Alessandro y a mí por un segundo, bajando su mirada hacia sus nietos.
Kaelzir, sintiendo la intensidad de la mirada de su abuelo, soltó mi mano. Dio un paso adelante sobre la pista fría, se cuadró frente al hombre más temido de Rusia y lo miró directamente a los ojos, sin parpadear.
—Abuelo... —balbuceó Kaelzir, aunque lo que realmente sonó fue un "Buelo" cargado de autoridad infantil.
Nathaniel se arrodilló en la nieve, ignorando la humedad y el frío. Extendió sus manos grandes y callosas hacia el niño. Kaelzir caminó hacia él con pasos decididos, sin tambalearse, y se refugió en los brazos del Tsar.
—Han crecido —dijo Nathaniel con voz ronca, levantándose con Kaelzir en brazos mientras miraba a Kaelza, que le tendía los brazos desde los hombros de Alessandro—. Y caminan como si este suelo siempre hubiera sido suyo. Bienvenidos a casa, hijos míos.
El encuentro no fue de lágrimas, sino de reconocimiento de poder. Rusia nos recibía con el frío de siempre, pero con un fuego nuevo ardiendo en los ojos de los herederos.
Aterrizar en el helipuerto privado de la mansión Volkov en San Petersburgo fue como descender directamente al corazón del invierno ruso. El frío no era una molestia, era un muro físico que te golpeaba en el rostro, pero para mí, era el olor de casa. Tras el reencuentro con Nathaniel en la pista, nos subimos a la caravana de SUVs blindados negros que nos llevaría al complejo familiar, blindado como una fortaleza militar.
Los gemelos, curiosamente silenciosos tras el encuentro con el Tsar, observaban el paisaje monocromático de nieve y abetos plateados a través de los cristales ahumados. Alessandro me tomó la mano, apretándola con firmeza. Sabía que para él, entrar en el dominio de Nathaniel Volkov era entrar en territorio ajeno, pero yo estaba a su lado, y él era el Capo de Italia. No había nada que temer.
Al llegar a la mansión principal, una estructura imponente de piedra y madera oscura que había pertenecido a mi familia durante generaciones, las puertas dobles se abrieron de par en par. La calidez del interior, cargada del aroma a leña de abedul y té ruso, nos envolvió de inmediato.
Y allí, en el centro del gran recibidor de mármol siberiano, estaba ella. Dasha Volkov, la Tsaritsa, mi madre. Llevaba un vestido de lana larga de color azul zafiro y su cabello plateado estaba recogido en una trenza impecable. Su expresión gélida, la misma que usaba para intimidar a los embajadores y a los generales de la Bratva, se derritió por completo en cuanto sus ojos se posaron en los niños.