Siete años han pasado desde que el hielo de San Petersburgo selló el destino de mi hija. Siete años en los que el tiempo ha corrido con la ferocidad de una ventisca, transformando a mis bebés en los pilares de una nueva era.
Nos mudamos. Alessandro, en un gesto que solo un hombre perdidamente enamorado de su familia —y consciente del poder de su linaje— podría hacer, trasladó nuestra base de operaciones principal al norte de Italia, al Valle de Aosta. Aquí, entre las cumbres nevadas de los Alpes que rozan el cielo y el aire puro que te corta los pulmones, los Moretti hemos construido nuestro propio reino. Una fortaleza de cristal y piedra donde el invierno nunca termina del todo.
Me encontraba en la tribuna privada de la pista de hielo que Alessandro mandó construir dentro de la propiedad. El sonido de las cuchillas cortando la superficie helada era rítmico, preciso, casi hipnótico.
Kaelza, a sus ocho años, ya no era la niña que se tambaleaba sobre el lago de su abuelo. Era una visión de gracia y fuerza. Vestida con un traje de entrenamiento negro que resaltaba su figura espigada, ejecutaba una secuencia de pasos bajo la mirada atenta de su maestra, una exmedallista rusa que Nathaniel envió personalmente.
—¡Más velocidad en la entrada, Kaelza! —le gritó la instructora.
Mi pequeña no respondió con palabras. Su rostro era una máscara de concentración gélida. Entró en un giro, ganando velocidad hasta que se convirtió en un borrón de seda y acero, para luego salir con un salto limpio que aterrizó sin un solo error. Al frenar, levantó la barbilla hacia mí; ese carisma Volkov estaba ahí, intacto, mezclado con la arrogancia elegante de los Moretti.
Pero el deporte era solo una parte de su vida. Sobre el banco, junto a sus protectores de cuchillas, descansaba una tablet con los informes de logística de la marca A.K. Moretti que ya empezaba a estudiar, y una pequeña Glock 43, personalizada con su nombre, que ya sabía desarmar y limpiar en menos de un minuto. Ella era la princesa del hielo, pero también la heredera de un imperio que no perdonaba la debilidad.
—Lo ha vuelto a hacer —dijo una voz profunda detrás de mí.
Me giré para ver a Alessandro. Los años solo le habían sentado bien; las canas empezaban a asomar en sus sienes, dándole un aire de autoridad aún más temible. Se sentó a mi lado, observando a nuestra hija con un orgullo que no podía ocultar.
—Tiene tu disciplina, Amarantha. Y mi falta de piedad —comentó él, rodeando mis hombros con su brazo—. Pero, ¿has visto a su hermano?
Dirigí la mirada hacia el gran ventanal que daba al patio de entrenamiento táctico, justo debajo de la pista. Allí, bajo la aguanieve que caía sin descanso, Kaelzir estaba sumido en su propia danza.
A sus ocho años, Kaelzir ya no era un niño; era el proyecto de un Capo. Estaba rodeado por tres instructores de combate de élite. No había juegos allí. Kaelzir practicaba defensa personal y manejo de cuchillo. Sus movimientos eran secos, eficientes, sin adornos innecesarios. Su mirada era la misma que la de Alessandro cuando tiene que tomar una decisión de vida o muerte: oscura, analítica, inescrutable.
—Nathaniel dice que es el mejor alumno que ha tenido la Bratva a esa edad —susurró Alessandro—. Ya entiende lo que significa ser el Capo di tutti capi. No juega con soldados de plástico, Amy; estudia mapas de rutas y estructuras de mando.
Kaelzir derribó a uno de sus instructores —un hombre que le doblaba el tamaño— usando una técnica de palanca perfecta. Se puso de pie, se limpió la sangre del labio sin pestañear y esperó la siguiente orden.
—Están creciendo en dos mundos, Ale —dije, apoyando mi cabeza en su hombro—. Uno de belleza y competencia, y otro de sangre y deber.
—Es el único mundo que existe para nosotros, loba —respondió él, besando mi sien—. Kaelza conquistará las pistas del mundo para que todos miren su luz, mientras Kaelzir se asegura desde las sombras de que nadie se atreva a apagarla.
En ese momento, Kaelza salió del hielo y Kaelzir terminó su sesión. Los dos hermanos se encontraron en el pasillo de cristal que conectaba ambas áreas. Se miraron, asintieron con ese respeto silencioso que solo ellos compartían y caminaron hacia nosotros. Eran el futuro. Eran los Moretti-Volkov. Y el Valle de Aosta era solo el principio de su conquista.
El Valle de Aosta nos ofrecía el refugio perfecto. Aquí, entre los picos nevados de los Alpes, el mundo de los Moretti se sentía impenetrable. Los gemelos, ahora de ocho años, eran la personificación de la perfección genética que solo la unión de dos imperios podía engendrar. Ambos eran rubios, de un tono platino que brillaba como el oro blanco bajo las luces de la mansión, pero ahí terminaban las similitudes superficiales.
Kaelzir era un enigma visual. Tenía las facciones afiladas de Alessandro, pero la mirada gélida y analítica que me pertenecía a mí. Sus ojos eran un reflejo del invierno ruso, una herencia de los Volkov que te hacía sentir que estaba leyendo tus pecados más profundos. En cambio, Kaelza era, sencillamente, la versión femenina de su padre. Una máscara de Alessandro Moretti: misma mandíbula decidida, misma arrogancia elegante y esos ojos oscuros, profundos como el café más fuerte, que destellaban con una inteligencia depredadora cuando patinaba sobre el hielo.
Kaelza salió de la pista de hielo, secándose el sudor con una toalla, mientras Kaelzir entraba al vestíbulo con la ropa de entrenamiento táctico todavía puesta. Se encontraron a mitad de camino y, como hacían siempre, intercambiaron una mirada que valía más que mil palabras. Ser gemelos no era solo nacer el mismo día; para ellos, era compartir un sistema nervioso.
—¿Dónde está? —preguntó Kaelza, su voz clara y autoritaria, mirando a Alessandro y a mí mientras nos acercábamos.
—¿Papá lo volvió a hacer? —añadió Kaelzir con una media sonrisa ladeada, idéntica a la de su padre.