Rosas de Acero

42

El aire gélido del parking subterráneo de Turín olía a cemento húmedo y a peligro inminente. La euforia por la medalla de oro de Kaelza aún vibraba en el ambiente, pero para Alessandro y para mí, los sentidos estaban en alerta máxima. Caminábamos hacia la caravana de SUV blindados, con los gemelos flanqueándonos y Kaemir en brazos de uno de nuestros guardias de confianza.

​—Mantengan la formación —ordenó Alessandro en un susurro que cortaba como una navaja.

​Apenas terminaba de hablar cuando el tiempo se detuvo. El hombre del estadio emergió de entre dos columnas, con la frialdad de quien no tiene nada que perder. Su brazo se alzó con una rapidez mecánica, empuñando una pistola con silenciador. El cañón apuntaba directamente al pecho de Kaelzir.

​Pero yo soy una Volkov. Mi entrenamiento no fue en escuelas de etiqueta, fue en los campos de tiro de Nathaniel y en las sombras de la Bratva. Antes de que el dedo del atacante terminara de apretar el gatillo, mi cuerpo reaccionó por puro instinto de muerte.

​Con un movimiento fluido y violento, me lancé sobre Kaelzir, tacleándolo con todo mi peso hacia el suelo, justo detrás de la protección del chasis de nuestro vehículo. El proyectil pasó siseando por el espacio que el torso de mi hijo ocupaba milisegundos antes, impactando contra el cristal blindado con un chasquido sordo.

​—¡Al auto! ¡Ahora! —grité con una voz que no admitía réplicas, una voz que emanaba la autoridad de la Tsaritsa.

​Sin mirar atrás, agarré a Kaelza por el brazo y empujé a Kaelzir hacia la puerta abierta del SUV que ya estaba en marcha. Los niños, entrenados para esto desde que gateaban, no gritaron ni lloraron; se movieron con una precisión gélida. Metí a los tres dentro del habitáculo reforzado, cerrando la puerta pesada con un estruendo metálico que selló su seguridad.

​—Mamá, ¿y papá? —preguntó Kaelza, con sus ojos de café oscuro fijos en la ventanilla, su medalla de oro apretada contra el pecho.

​—Papá está haciendo su trabajo —respondí, sacando mi propia arma de la funda oculta en mi muslo, aunque no la necesité.

​A través del cristal a prueba de balas, vi a Alessandro Moretti transformarse. Ya no era el padre orgulloso de la pista de hielo. Era el Capo di tutti capi. No se cubrió. Caminó hacia el tirador con una calma aterradora, mientras sus hombres abrían fuego de cobertura.

​—Arranca —le ordené al conductor sin quitar la vista de Alessandro—. Saca a los niños de aquí. Llévalos a la zona segura. Yo me encargo de que lleguen a casa.

​—Pero señora... —empezó el conductor.

​—Es una orden —sentencié, con mis ojos brillando con el fuego de los Volkov.

​El SUV chirrió, saliendo disparado del parking. Mientras nos alejábamos, vi por el retrovisor cómo Alessandro alcanzaba al atacante. No lo mató de inmediato. Lo derribó con un golpe seco y puso su bota sobre el cuello del hombre, mirándolo con una promesa de dolor eterno antes de que la oscuridad del túnel de salida nos ocultara la escena.

​En el interior del auto, el silencio era absoluto. Kaelzir me miró, acomodándose la chaqueta de entrenamiento, con el rostro pálido pero la mirada firme.

​—Me salvaste, mamá —susurró.

​—Siempre lo haré, Kaelzir —dije, guardando el arma y tomando su mano fría—. A los tres. Ese es el trato de sangre de esta familia.

​Alessandro se encargaría de sacar la información necesaria sobre quién había enviado a ese hombre. Mientras tanto, yo tenía una misión más importante: mantener a salvo el futuro del imperio en el largo viaje de vuelta hacia las montañas del Valle de Aosta.

La fortaleza del Valle de Aosta se sentía más silenciosa que nunca esa noche. Tras el ataque, la seguridad se había triplicado, pero dentro de los muros de la habitación de Kaelzir, el ambiente era distinto. Las luces estaban bajas, iluminando apenas los bocetos que colgaban de las paredes.

​Kaelzir estaba sentado en el borde de su cama, todavía con la ropa con la que había huido del parking. Su postura, siempre tan rígida y madura, finalmente se quebró. Sus hombros cayeron y sus ojos, esos ojos gélidos que solían analizarlo todo, se llenaron de una humedad que solo yo tenía permitido ver.

​—Mamá... —su voz sonó pequeña, despojada de cualquier título o jerarquía—. ¿Por qué ese hombre me quería hacer daño a mí? Yo no le hice nada.

​Me acerqué a él con el corazón encogido, dejando de lado a la Tsaritsa para ser solo su madre. Me senté a su lado y lo atraje hacia mi pecho, rodeándolo con mis brazos. Sentí cómo su pequeño cuerpo temblaba ligeramente por la adrenalina que finalmente bajaba.

​—Escúchame bien, mi corazón —le dije, besando su sien mientras acariciaba su cabello rubio—. Eres especial. Al igual que tus hermanos, llevas un fuego que otros temen. Pero tú, Kaelzir... tú eres el mayor. Naciste minutos antes que Kaelza y años antes que Kaemir. Eres el primero de tu generación.

​Él levantó la vista, buscando respuestas en mis ojos.

​—Tú eres quien sigue al mando de papá —continué con voz firme pero dulce—. Algún día, cuando papá decida que es momento de descansar, tú serás el pilar. Hay gente afuera, gente cobarde y envidiosa, que no quiere que haya otro al mando con tu apellido. Piensan que eliminando al líder del futuro, ganarán la guerra.

​—Tengo miedo de que lo intenten otra vez —susurró, bajando la cabeza.

​—Nadie, Kaelzir, escucha bien lo que te digo: ni yo, ni tu padre, ni tus hermanos, ni nadie de esta familia permitirá que te toquen. Somos un escudo de carne y sangre a tu alrededor. Tus hermanos te adoran. Kaemir te ve como un gigante, y Kaelza... —hice una pequeña pausa, sonriendo con ternura—, Kaelza te ama con locura. Puede que ella sea orgullosa y no lo diga a cada rato, pero ella daría su vida por la tuya sin pestañear. Eres su mitad, su equilibrio.

​En ese momento, la puerta se abrió apenas un centímetro. Kaelza estaba allí, apoyada en el marco, con su medalla de oro todavía en la mano y el rostro serio. No dijo nada, pero caminó hacia la cama y se sentó al otro lado de su hermano, apoyando su cabeza en el hombro de él y apretando su mano con fuerza.



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En el texto hay: romance, mafia ...

Editado: 27.02.2026

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