Rosas de Acero

Epílogo

El frío del Valle de Aosta nunca me ha molestado; al contrario, es lo único que me hace sentir que mis pulmones están realmente vivos. Desde el balcón principal de nuestra fortaleza de piedra y cristal, observaba los picos nevados que rodeaban la propiedad. Aquí, el aire no solo huele a pino y nieve virgen, huele a poder absoluto. Los años han pasado, pero mi reflejo en el cristal sigue mostrándome a la misma mujer que una vez tacleó a su hijo en un parking para salvarlo de una bala. Sigo siendo la Tsaritsa, sigo siendo una Volkov, y este territorio es mi reino.

​Sentí el calor de Alessandro antes de que sus manos se posaran en mis hombros. A pesar del tiempo, su contacto seguía provocándome esa chispa de adrenalina que solo él lograba encender. Sus dedos masajearon mi cuello, relajando la tensión que siempre cargaba por costumbre.

​—El convoy de Moscú acaba de cruzar la frontera del valle, Amarantha —murmuró su voz ronca cerca de mi oído—. Tu padre no quería perderse la cena de aniversario.

​—Nathaniel nunca pierde la oportunidad de recordarnos que el linaje ruso es el que mantiene los cimientos firmes, Alessandro —respondí, girándome entre sus brazos para mirarlo de frente. Él seguía siendo el hombre más imponente que había conocido; las líneas de expresión en su rostro solo eran mapas de las batallas que habíamos ganado juntos—. ¿Están todos listos?

​—Nuestros hijos nacieron listos —sentenció él con una sonrisa ladeada, esa que solo me reservaba a mí en la intimidad de nuestra habitación.

​Bajamos juntos las escaleras de mármol negro hacia el gran comedor, donde el fuego de la chimenea crepitaba con una fuerza salvaje. Al entrar, el silencio se apoderó de la sala por puro respeto. Mis hijos estaban allí, y verlos me recordaba por qué cada gota de sangre derramada había valido la pena.

Kaelzir, mi heredero de 18 años, estaba de pie junto al ventanal. Había crecido para ser una versión más joven y quizás más fría de Alessandro. Su postura era impecable, la de un hombre que sabía que el peso del imperio Moretti caería sobre sus hombros muy pronto. Al verme, inclinó la cabeza con una elegancia que me llenó de orgullo. Ya no quedaba rastro del niño asustado de aquella noche en el valle; ahora, él era el pilar.

​—Madre —dijo con voz firme—. He revisado los informes de la marca A. K. Moretti en Milán. El trimestre cerro con números récord, y la "limpieza" que sugeriste en el departamento de seguridad ha sido completada. No habrá más filtraciones. Jamás.

​—Buen trabajo, Kaelzir —le respondí, sentándome en la cabecera opuesta a la de Alessandro—. Un Moretti nunca deja cabos sueltos.

​A su lado, Kaelza se lucía con un vestido de nuestra propia firma que parecía esculpido sobre su cuerpo. Mi niña, mi guerrera de los patines, se había convertido en la mujer más codiciada y temida de Europa. Ella era el carisma, el rostro que el mundo adoraba, pero detrás de esa sonrisa perfecta en las pasarelas, yo sabía que escondía la misma daga que yo le enseñé a usar a los siete años.

​—El abuelo me llamó esta mañana, mamá —comentó Kaelza, mientras se servía una copa de vino con una mano y con la otra revisaba una tablet con datos encriptados—. Dice que el nuevo Tsar tiene un regalo para mí en Moscú. Parece que alguien intentó usar nuestro nombre para traficar en el puerto de Odessa y... bueno, el abuelo se encargó de que el mensaje de "propiedad privada" quedara claro.

​—Nada toca lo que es nuestro, Zaza. Ya te lo dije hace diez años —le recordé, y vi en sus ojos el mismo destello de ferocidad que mostró aquella noche en su habitación protegiendo a su gemelo.

​Y luego estaba Kaemir, que a sus 14 años era el más silencioso de todos. Estaba sentado al final de la mesa, observando a sus hermanos con una madurez que a veces me asustaba. Él no necesitaba hablar mucho; era el observador, el que conocía cada rincón de la fortaleza y cada punto ciego de la seguridad.

​—¿Qué hay de ti, pequeño lobo? —le pregunté con ternura.

​—El perímetro está tranquilo, mamá —respondió Kaemir sin levantar la vista de su plato, aunque sus ojos escaneaban la habitación por instinto—. Pero he reforzado los sensores térmicos en la ladera norte. Por si acaso alguien cree que la nieve puede ocultarlos.

​La cena transcurrió entre planes de expansión, informes de la Bratva y esa camaradería peligrosa que solo una familia como la nuestra puede entender. Alessandro y yo nos miramos a través de la mesa. Habíamos sobrevivido a Magnus, a los traidores y a los años de guerra. En este castillo de hielo en el Valle de Aosta, habíamos criado a tres monstruos hermosos y leales.

​Cuando los platos fueron retirados, Alessandro se levantó y alzó su copa.

​—Hace años, en este mismo valle, prometimos que nuestra sangre sería nuestro único contrato —dijo él, mirando a cada uno de sus hijos—. Hoy, veo que ese contrato es inquebrantable. Por la familia.

​—Por el Imperio —añadió Kaelzir.

—Por la marca —dijo Kaelza con una sonrisa letal.

—Por la sangre —susurró Kaemir.

​Yo me levanté última, sintiendo el peso de mi apellido y el orgullo de mi estirpe.

​—Por nosotros —sentencié, bebiendo el vino tinto que parecía sangre bajo la luz de las velas—. Porque en este valle, los lobos no nos cazan a nosotros. Nosotros somos los dueños de la noche.

​La noche cerró sobre el Valle de Aosta con una tormenta de nieve que ocultó la fortaleza del resto del mundo, pero dentro, el calor del fuego y el poder de los Moretti-Volkov era más brillante que nunca. Habíamos ganado. Y nuestro legado, apenas estaba comenzando.



#152 en Detective
#145 en Novela negra
#1204 en Novela romántica

En el texto hay: romance, mafia ...

Editado: 27.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.